
Este texto se publica en mi columna "El barco ebrio", siempre con los cuestionamientos de la conciencia. La foto la tomé prestada de aquì.
Por: Alfredo Herrera Flores
En la esquina del jirón Lima con el parque Pino, en Puno, en la vereda donde se levanta un edificio de la Universidad, entre un ventanal y la puerta de una panadería, suele sentarse un anciano invidente, vestido con viejo pantalón de bayeta y chaqueta roída, quién sabe regalada por quien, a veces un perro se acomoda a su lado y lo acompaña. El anciano suele llegar a media mañana, nadie se da cuenta si alguna persona está para acomodarlo, y se va cuando la noche se ha apostado en la ciudad, y tampoco se ve que lo ayuden a irse. Mientras está sentado en esa esquina, el anciano pulsa una envejecida mandolina que derrama al aire huaynos tristes nacidos con el tiempo, esperando que algún transeúnte deje unas monedas en el recipiente de plástico que ha colocado en el piso. Un niño lustrabotas, con su caja de madera en el hombro, lo ve y se acerca, deja un momento su caja en el piso y busca en los bolsillos de su pantalón parchado unas monedas y sin contarlas las deja en el jarro de plástico. El ruido que provocan las monedas llama la atención del viejo, que deja de tocar las cuerdas para agradecer y soltar una bendición en un idioma ancestral.
La imagen de un niño pobre regalando sus monedas, que mucha falta le deben hacer, a un anciano pobre, no solo es una muestra de desprendimiento ejemplar, o una prueba de que el mundo aún guarda esperanza en cualquier esquina, o un oportuno suceso que nos permitiría analizar la dualidad de la condición humana (niño y viejo, unidos por una condición común –la pobreza–, que confunden sus realidades a través de un elemento que representa la riqueza –las monedas.) sino también es una clara representación de la realidad que se manifiesta en la calle, en cualquier calle de cualquier ciudad del mundo, y que nuestro cotidiano trajinar apurado e inconsciente no nos permite ver.
En particular, esa calle puneña que une dos plazas, delgada, de solo tres cuadras, con mosaicos en el piso y en la que hay tiendas de artesanía, bancos, instituciones públicas, restaurantes, farmacias, bodegas, agencias de viajes, cafés, discotecas, salas de arte, kioskos de periódicos, vendedoras de empanadas, tiendas de ropa, joyerías, locutorios, panaderías, licorerías, estudios contables, bufetes de abogados, exclusivas tiendas de ropa de alpaca, casas de cambio, cabinas de internet, casinos, librerías, hoteles, en determinado momento, y casi todos los días, se convierte en el centro del mundo.
No hay puneño que no haya pasado, paseado, posado y pisado esa calle en algún momento de su vida. Es el lugar apropiado para pactar reuniones e iniciar conversaciones, de ahí uno puede tomar cualquier punto cardinal para introducirse en algunas de esas puertas y resolver su vida inmediata, y esto ha sucedido desde hace muchos años. Pero lo más interesante de esta calle breve y concurrida es que se ha convertido con el paso del tiempo en la testigo principal de la vida social, cultural y política de la ciudad, particularidad que no la tienen las principales calles de las ciudades más importantes, o visto de otra manera, característica que no se presenta en otras ciudades.
Esta calle que desborda gente, donde se confunden razas, edades, idiomas, colores, sabores y hasta olores, es también el centro del espíritu del ser puneño. La ciudad tiene muchos otros lugares donde se puede disfrutar de su espacio, desde un lago de indescriptible belleza hasta un pequeño cerro de aire romántico, pasando por otras calles y plazas de rica tradición e historia, pero es por esta calle pequeña y humilde que pasa también, con pasos unas veces lentos y otras alegres, el alma de la ciudad.
El espíritu del ser puneño se manifiesta de muchas maneras, desde su emprendimiento comercial hasta su empeño y superación intelectual, pero se hace visible por su fervor, un fervor que se traduce en danza, en religiosidad y cultura. Aunque muchos digan que esto es solo una excusa para emborracharse, lo cierto es que en Puno se respira pasión, una emoción que no se contiene y es por ello que ya no llama la atención que cada día pase una danza, una procesión, un matrimonio o un cortejo fúnebre importante por esta calle que todo lo soporta.
Claro que hay fechas especiales, como el peregrinaje para homenajear a la Virgen de la Candelaria o las fiestas de carnavales, cuando el pueblo se concentra especialmente en esa calle, luego de abarrotar otras plazas y cuanto espacio público pueda usar, pero es cierto que en cualquier momento los transeúntes se ven sorprendidos por el paso de una comparsa, ya sea niños de un centro educativo que celebra su aniversario o de comuneros llegados de lejanos pueblos para resolver sus problemas con las autoridades. No hay actividad social en Puno que no pase por el jirón Lima y, lamentablemente, tampoco hay esquina de esta calle donde al amparo de las sombras no se venda alcohol o drogas. Pero eso es lo que pasa en el centro del mundo.
La calle es de todos, de las pandillas de carnavales, elegantes y finas; de las diabladas y waca wacas, soberbias y brillantes; de los mineros y campesinos, que la transitan como último tramo de sus marchas para reclamar sus derechos; de los estudiantes y maestros, que hacen retumbar su voz de protesta; de políticos y profesionales, que se escurren en sus bares para emprender la tertulia, el debate y la filosofía; de los músicos y poetas, que se abrigan en los cafés para cantar y recitar versos; y en todos estos espacios se confunden médicos, maestros, ingenieros, sacerdotes y hasta uno que otro militar culto o autoridad inteligente que no deja de ser del pueblo, de un pueblo que ha hecho de su calle parte de su identidad.
El jirón Lima tiene muchas más de las tres cuadras que van del parque Pino, donde están la iglesia de San Juan, morada de la mamita Candelaria, y el Glorioso Colegio San Carlos (dos muestras del espíritu del puneño) hasta la plaza de Armas, en cuyos cuatro flancos están la Catedral, la Municipalidad, el Poder Judicial, el Gobierno Regional y el club Kuntur (que representan el poder religioso, político y social de la ciudad), pero solo en este breve tramo se hace popular, cosmopolita, única y universal.
Y la calle está ahí y tal vez, usted, amable lector, también esté ahí, no en “la calle”, sino en el centro del mundo, celebrando a Puno.