
Desde hace unas semanas intentaba unos apuntes para escribir un texto con el que se podría celebrar los cien años de vida de Ernesto Sábato. La muerte, como siempre, cambió los planes. Pero no mucho. Hace unos años escribí un texto que titulé "La cercana e imposible muerte de Ernesto Sábato", lo reescribí y publiqué un par de veces, hoy compruebo que esa cercanía era real y más cierta la imposibilidad de la muerte del maestro Sabato. Hoy, que ando con mis propias penas a cuestas, por fin puedo sentarme a escribir unas brevísimas líneas en honor a ese "querido y remoto muchacho" que fue Sabato y que se hizo cercano hasta la intimidad a través de sus novelas y sus ensayos. Una vez más vuelvo a sus propias palabras para decir lo que yo quisiera decir. Pero eso ya no importa. Tampoco vale la pena repetir fechas y lugares para tenerlo presente. Hoy, que pienso en mis propias faltas, negligencias y frustraciones, no tengo mucho que decir sobre el viejo Sabato, el mismo que fue elegido por los universitarios argentinos como su presidente honorario (¡qué nonor!). Hoy, que a pesar de mi cargada nostalgia puedo acariciar la esperanza, también uso sus palabras y me consuelo. La muerte ha llegado tarde para reclamar a Sabato y se ha llevado un cuerpo, cuando todo Sabato ya era inmortal. En algún banco de parque, en el laberinto de Buenos Aires, Florencia debe estar sentada, pensando también en el maestro, esperando que alguien la abrace. Hoy que se va abril, vuelvo, entonces, a pesar de mis deudas, feliz, a las palabras del maestro ¡Biba la palavra!:
"También yo quise huir del mundo. Ustedes me lo impidieron, con sus cartas, con sus palabras por las calles, con su desamparo.
Les propongo entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso: salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno.
Algo por lo que todavía vale la pena sufrir y morir, una comunión entre hombres, aquel pacto entre derrotados. Una sola torre, sí, pero refulgente e indestructible.
En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte:
"Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra".
Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia, nos recuerdan que el hombre sólo cabe en la utopía.
Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido."
(Ernesto Sabato: Antes del fin, 1988)










