lunes 31 de mayo de 2010

Tres poemas de Reinaldo Arenas


Con el tiempo, el poeta cubano Reinaldo Arenas (1943 - 1990) se ha ido convirtiendo en un mito, tanto por su desaforada vida y su pensamiento político, que de unirse muy joven a la Revolución Cubana terminó en Miami agitando ideas contra Fidel, como por el contenido de su obra literaria. Poesía y narrativa de Arenas están cubiertos por un velo de tragedia y dolor, oscuros pensamientos con los que intenta entender a hombre como íntimos deseos de disfrutar el estar vivo desde el fondo de su solitario corazón. Ahora lo recordamos con tres de sus poemas.


SONETOS DESDE EL INFIERNO


Todo lo que pudo ser, aunque haya sido,
jamás ha sido como fue soñado.
El dios de la miseria se ha encargado
de darle a la realidad otro sentido.
Otro sentido, nunca presentido,
cubre hasta el deseo realizado;
de modo que el placer aun disfrutado
jamás podrá igualar al inventado.
Cuando tu sueño se haya realizado
(difícil, muy difícil cometido)
no habrá la sensación de haber triunfado,
más bien queda en el cerebro fatigado
la oscura intuición de haber vivido
bajo perenne estafa sometido.

(La Habana, 1972)


ULTIMA LUNA

Por qué esta sensación de ir a buscarte
hacia donde por mucho que vuele
no he de hallarte.
Qué terror sin tiempo ahora me impele
a por sobre tanto terror siempre evocarte.
No ha de encontrar sosiego nuestra pena
(que hallarlo sería comenzar otra condena)
y por lo mismo jamás cesaré de contemplarte.
Luna, una vez más aquí estoy detenido
en la encrucijada de múltiples espantos.
El pasado es todo lo perdido
y si del presente me levanto
es para ver que estoy herido
(y de muerte)
porque ya el futuro lo he vivido.
Ésa, indiscutiblemente, ésa es la suerte
que por venir del infierno arrostro.
Extraña amante,
sólo me queda contemplar tu rostro
(que es el mío)
porque tú y yo somos un río
que recorre un páramo incesante,
circular e infinito:
un solo grito.


TU Y YO ESTAMOS CONDENADOS

Tú y yo estamos condenados
por la ira de un señor que no da el rostro
para danzar sobre un paraje calcinado
o a escondernos en el culo de algún monstruo.
Tú y yo siempre prisioneros
de aquella maldición desconocida.
Sin vivr, luchando por la vida.
Sin cabeza, poniéndonos sombrero.
Vagabundos sin tiempo y sin espacio,
una noche incesante nos envuelve,
nos enreda los pies, nos entorpece.
Caminamos soñando un gran palacio
y el sol su imagen rota nos devuelve
transformada en prisión que nos guarece.

viernes 28 de mayo de 2010

Ernesto Sabato: 99 años

Este artículo se publica este fin de semana en diversos medios escritos en mi columna El barco ebrio

Por: Alfredo Herrera Flores


Probablemente no hayan ya muchas cosas nuevas que conocer de Ernesto Sabato, el escritor argentino que el 24 de junio cumplirá noventa y nueve años de edad, pues la amplia literatura que ha producido su interesante vida, sus extraordinarias novelas, sus razonados ensayos y su firme y ética posición política, ha indagado hasta en los rincones más íntimos de su biografía y en los resquicios más oscuros de su pensamiento. Sin embargo, para el común de los lectores y para comodidad de las reseñas, su vida se ha reducido a tres novelas, algunos ensayos, un pasado científico, su pasión por la pintura, su participación ejemplar en la lucha contra las dictaduras y su actual vida en soledad, casi orfandad.
Indudablemente, la fama literaria que alcanza Sabato en la década del sesenta se debe a sus dos primeras novelas, El túnel (1948) y Sobre héroes y tumbas (1961), y al fenómeno comercial conocido como el boom de la literatura latinoamericana, pero luego esa “fama” se convertirá en las siguientes décadas en respeto, en admiración, y hasta en cariño, gracias esta vez a su personalidad y a su actitud frente al poder. En el lapso entre su segunda novela y la tercera, Ababdon el exterminador (1974), Sabato publica una serie de ensayos sobre el existencialismo, filosofía contemporánea, política, cultura, periodismo, prólogos a libros de pintura y música y hasta letras para tangos, y sus primeras novelas se traducen a muchos idiomas, pero aún su prestigio se sostenía en su calidad literaria, su aguda observación de la realidad de su país y los mitos sobre su pasado científico.
En esta fecunda etapa, que alcanza a más de veinte títulos, se editan también discos con fragmentos de sus novelas y conferencias con la voz del propio Sabato, una actitud editorial pionera en América Latina, que luego también asumirían otros escritores como Jorge Luis Borges y Pablo Neruda. Hoy, esos discos, que han sido reeditados de manera casi íntima, son rarezas en el mercado editorial y, por supuesto en la lista de su producción intelectual.
Entre esas publicaciones casi desconocidas, hay un breve libro publicado al año siguiente de El túnel, titulado “Gésinus” (Ediciones Botella al mar, 1949), escrito junto al peruano Xavier Abril, que se refiere a pinturas del artista Bob Gésinus. Varios de los breves textos de esa época, por ejemplo, se escribieron para actos o situaciones especiales y se publicaron en ediciones limitadas, que luego no fueron reeditados y hasta resultaron ignorados para las ediciones completas de la obra del maestro argentino.
Una primera muestra de su actitud política y ética frente a los abusos del poder por parte de Sabato se manifestó en 1956, cuando los militares depusieron a Juan Domingo Perón que ya gobernaba por segunda vez (1946 – 1955). Siendo director de la revista Mundo Argentino escribió primero un texto titulado “El otro rostro del peronismo” (1956) y luego se publicó “El caso Sabato, torturas y libertad de prensa, carta abierta al general Aramburú” (1956), en el que se reúnen documentos sobre los abusos contra la libertad de prensa que culminaron con la renuncia de Sabato a la dirección de la revista. Este hecho político ya anunciaba a un Sabato íntegro que no callaría su voz ante los abusos del poder. Otras actitudes similares las asume cuando cumplía funciones públicas, a las que renunciaba cuando no compartía con decisiones trascendentes el gobierno de turno.
Precisamente esta actitud firme, coherente, moderna e inteligente de enfrentarse al poder, y la creciente fama e influencia que genera sus libros en todo el mundo –fue condecorado por los gobiernos de Francia, Italia, Alemania, entre otros y reconocido por los más importantes escritores y narradores europeos como Sartre y Camus, además de ser homenajeado por importantes universidades–, lo lleva a enfrentarse a una nueva etapa trascendental en su vida intelectual. En 1983, es nombrado por el presidente Raúl Alfonsín presidente de la Comisión Nacional Sobre Desaparición de Personas, la que luego de investigar los graves hechos producidos por el régimen militar instaurado en 1976 y recibir las denuncias sobre desaparecidos, publicó un dramático informe acerca de los resultados, que se tituló “Nunca más”, pero que se conoció finalmente como “El informe Sabato”.
Una impresión sobrecogedora de esta experiencia relata el propio Sabato en su libro “Antes del fin” (1998), un breve texto sobre sus memorias, que le permite reflexionar sobre la angustia que causa el abuso del poder en los pueblos, la necesidad de tener siempre una voz alerta y la urgencia de identificar nuevos líderes. El libro es, además, un emotivo testimonio suyo sobre el siglo veinte.
Desde entonces, la imagen de Ernesto Sabato se ha reafirmado no solo como un extraordinario escritor, capaz de internarse en el oscuro mundo de las mentes y los sentimientos de sus personajes que a la postre es cualquier ser humano, sino de un extraordinario actor de la vida política e intelectual de América Latina. Su pasado científico ha quedado atrás, a pesar de que por muchos años fue para él mismo una pesada carga emocional.
Vale la pena resaltar, aunque también es un hecho conocido, el enorme respeto y simpatía que genera Sabato en las generaciones jóvenes. A diferencia de los escritores de su generación, que han ido envejeciendo al ritmo de sus obras y su fama, Sábato ha recorrido el camino inverso, en 1994, por ejemplo, la Federación Universitaria de Buenos Aires lo nombra como su presidente honorario, una distinción que el escritor consideraría como una de las más importantes de su vida.
A pesar de soportar en los últimos veinte años el dolor de la muerte de su madre, luego de su esposa Matilde y su hijo Federico, Sabato no dejó de producir textos breves, como “La resistencia” (2000) en el que precisamente llama a los jóvenes a enfrentarse a los males del siglo veintiuno, expuso sus pinturas en diversas galerías, viajó por varios países a recibir premios, como el Premio Cervantes de Literatura y el Premio Jerusalen (1989), filmó documentales y asistió a eventos académicos. Sin embargo, muchos aún consideran que la visión de Sabato sobre el mundo es pesimista y fatalista.
En la actualidad, aunque hace un año fue noticia por el ingreso de unos ladrones a su casa, se sabe que vive apartado, al cuidado de una personas que cocinan y asean, que debe estar aún atormentado por sus fantasmas (él fue quien acuñó esa frase de “el escritor y sus fantasmas” en un ensayo así titulado en 1963), que pinta casi todo el tiempo, que ya no lee por un mal en la vista y que, en lo profundo de su corazón, deberá estar pensando cómo celebrar su cumpleaños número 100.

jueves 27 de mayo de 2010

Juan Gelman: 80 años,"aún soy muy joven"


Por Ericka Montaño Garfias (Tomado de La Vanguardia y Casa de las Américas)


Juan Gelman no desiste de su empeño en la vida, en la poesía, en la utopía, en la esperanza. Y así llega su nuevo libro, De Atrásalante en su Porfía, y a sus ochenta años de edad, cumplidos el 3 de mayo. “Dice el tango que veinte años no son nada, entonces ochenta años son cuatro nadas”, expresa el poeta y periodista argentino, acompañado por sus libros, su risa y el ruido del tráfico vehicular.

Lleva veintidós años viviendo en México y no ha pensado en regresar a vivir a Argentina, país que visita de tanto en tanto después de que concluyó su exilio en 1989. Tampoco lleva un diario ni piensa en escribir sus memorias, “porque soy muy olvidadizo”. “Algunos se me acercaron, pero les digo que soy muy joven para eso. He conocido un francés que escribió su autobiografía a los cuarenta y siete años, ¡qué pretensión!”.

Lee historia y filosofía; en literatura sus autores favoritos son Miguel de Cervantes y William Shakespeare, en especial la obra Ricardo III, porque cree que es la más lograda de lo que es la lucha por el poder, la crueldad, y habla inglés, italiano, francés, chapurrea el portugués y trata de hablar en castellano.


Pasión irrenunciable

Cuenta la leyenda que Gelman comenzó a escribir antes de los diez años de edad. A los once publicó su primer poema. Desde entonces “nunca he renunciado a la poesía, pero recuerdo una noche en la que intenté escribir un poema y no me salió. Me fui a acostar, tiré los zapatos contra la pared y dije: ‘vos no sos un poeta, Juan’. Esa fue la única vez, pero ahora ya no uso zapatos, ¿para qué despertar al vecino?”.

Autor de unos veinticinco libros de poesía —los más recientes son De Atrásalante en su Porfía y Bajo la Lluvia—, actualmente escribe otro del cual ya tiene “unos sesenta poemas aceptados por mí, aunque después pueden ser mucho menos. Hay que ver si es un libro, porque soy muy crítico conmigo mismo”.

Una de las cosas que distinguen la poesía de Gelman (Buenos Aires, 1930) son los neologismos. En el discurso que ofreció al recibir el Premio Cervantes en 2007, se refirió a ellos como uno de los tantos temas de los que se puede hablar sobre el autor de El Quijote. Tres años después añade: “La creación de neologismos y palabras nuevas es una tradición de la poesía española muy poco frecuentada. Ahí hay un soneto de Lope de Vega que dice: ‘siempre mañana y nunca mañanamos’; convierte el verbo en sustantivo, pero si esto no obedece a una necesidad expresiva ante los límites de la lengua no vale, porque se convierte en juego, y eso no es un juego”.

Varias décadas en la poesía y Juan Gelman, premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2005, sigue innovando, creando. “Yo sé que lo que me hace escribir es una obsesión”. “Son pocas las obsesiones; usted mencionó algunas, como el amor, la amistad, la muerte y la vida.
También están, el otoño, la infancia, la revolución social, que son temas infinitos que se vienen tratando en los años de poesía conocidos. Yo lo veo como una espiral: a partir de la obsesión eso se va abriendo (aquí un paréntesis para Sor Juana: la figuración de la belleza era la espiral, no el círculo); es como si cada vez yo me ubicara en un punto distinto. No tengo otra explicación. “Realmente repetir lo hecho no vale la pena; eso es incurrir en la maquinita; además es un peligro en cada libro porque se adquiere una cierta herramienta de expresión, y siempre la herramienta persiste y la obsesión ya se fue. Al final se escriben poemas que ya no obedecen a la obsesión, obedecen a la maquinita, y con eso yo tengo cuidado”. ‘Ser poeta no es una profesión’

En el caso del poemario De Atrásalante en su Porfía, coeditado por la UNAM y Era, “se hizo en poco tiempo; en general son meses, porque cuando la obsesión llega hay que agotarla antes de que me agoten. Dejo descansar los poemas, o la poesía me deja descansar a mí. Es una continuidad”. “Ahora estoy escribiendo nuevamente y son seis o siete poemas por noche, sin un horario fijo, porque eso es imposible: ni es todos los días ni es de siete a dos de la tarde; en general, claro, prefiero la noche, porque es más tranquila, menos ruido. Ahora estoy escribiendo en computadora, pero ¡me costó un trabajo! Porque primero escribí con lápiz, me costó mucho pasar a la pluma, me costó mucho más pasar a la máquina de escribir ¡y no le cuento lo que me costó pasar en la computadora!

“Escribo columnas periodísticas y eso me ha creado cierto hábito de manejar la computadora, pero siempre hago desastres con la computadora. ¡Siempre! Quiero decir la atasco, le cambio el color… no sé por qué, son bromas de la técnica”, dice entre risas. “Yo le confieso que en la noche escribo y en la mañana me levanto y no sé lo que hice, tengo que leerlo para saber qué pasó. Mi mujer dice que a veces salgo tambaleante del estudio”. Y otra confesión: “perdóneme lo que le voy a decir, pero no escribo para el público, escribo para mí, y publico, no porque me lo pidan, sino porque quiero comunicar todo eso. A lo mejor de modo imprudente, pretencioso, pero yo no puedo allanarme a lo que se supone que es una poesía para que la gente entienda; no puedo. Yo me doy cuenta de que las últimas cosas que estoy escribiendo son crípticas, otras son oscuras, pero, ¿qué puedo hacer?”.
¿De alguna manera el periodismo ha nutrido a la poesía, o viceversa?, se le cuestiona. “Las dos son, a mi juicio, formas de la literatura porque ambas emplean la palabra y la escritura, pero son expresiones distintas; yo puedo decir que la experiencia periodística, así como las amistades, la familia o lo que fuera, siempre me permitieron acceso a cosas que no conocía, cosas diferentes. Y cuando trabajé de cronista, que fue el trabajo que siempre me gustó más, iba a asambleas obreras en Argentina a las que iba mucha emigración, boliviana, paraguaya, de Chile, y cuando hablaban estos obreros, según su cosmovisión, usando firmas de expresión propias de cada país, a mí me encantaba porque ahí entendí que hay formas de mirar el mundo que tienen que ver, aparte de con la experiencia personal, con el paisaje, con la comida... Yo creo que periodismo y literatura son cosas distintas, son como vecinos que conviven sin molestarse”. “He conocido a algunos que dicen: ‘me mata el periodismo, no me deja escribir’. Eso no lo entiendo; si no pueden escribir será por otras razones, pero que no le echen la culpa al periodismo, que es una profesión noble, muy interesante, apasionante.”

“Ser poeta no es una profesión ni un oficio. Yo creo que es un mester, como se decía hace varios siglos”. Y en este mester “busco la expresión más desnuda, desde la obsesión: más desnuda y más sobria posible (…) he tirado muchos poemas. Pero eso no es perder, es ganar. Ha quedado lo que me parece que es más puro”.

Al parecer, la paz ha llegado a la obra de Gelman. “Bueno, en México hay un montón de vitamina T que ayuda mucho. Ha pasado el tiempo y digamos que las peripecias, o las heridas de las peripecias, no es que desaparezcan, pero se convive mejor con ellas, sobre todo con la ayuda de una de las vitaminas T. Y no es la torta, el taco tampoco, el tamal menos”.

miércoles 26 de mayo de 2010

Recordando a Luisito Hernández

En 1962 Luis Hernández presentó un breve poemario titulado Charly Melnik, en la colección El Timonel. Su poesía, breve como su vida (1941 - 1977), marcó toda una tendencia en los jóvenes del ochenta, luego de que tanto su poesía (especialmente la quedó desparramada entre sus enamoradas y sus amigos en cuadernos escolares) se publicara en sendas colecciones promovidas por sus amigos, envuelta en un halo de misterio y mito que hasta hoy perdura. La nostalgia de esos años y esos poemas se recuerdan a través de uno de sus poemas más emblemáticos.


Charlie Melnick





El estaba en todo
Ya no lo está mas
Maeterlinck





I
Como cuando vivía
Cantarás,
Aunque no vuelvas.



II
Ahora que no vuelves,
Charlie Melnik,
Mi viejo, mi antiguo
Compañero;
Cuando ni la marea más alta
Cubre esta sombra
De pena.
Los caminos cerrados, old cap,
Los caminos cerrados.



III
Quién, qué lluvia
Hará surgir el día.
Ahora que no regresas
Desde tu noche perfecta.

IV
Que poco encuentro ahora
De tus cantos
En la fuente cegada
Del océano;
Lo que entonces cantabas:
Lluvia viril tu voz
Antigua
Entre la hierba;
Tu viejo piano, compañero,
Derribando
Navíos derruidos en los días,
Ahora que no regresas,
El camino del mar
Hacia la casa
Lleva sólo la huella
De la imagen sin fin
De tus canciones.

V
Qué pena recoge, entonces,
La muda floración
De mi amargura.
Ahora que no vueles
Ni el ave, ni los rastros
Cuando el alba
Sólo la seca paz
Tendida
De tu cuerpo



LA CANCION DE CHARLIE

1
Puedo llegar al mar
Con la sola alegría
De mis cantos.



2
Mi voz altísima
En los bosques:
Las hojas intrincadas,
La fronda de las cañas
Derribando
La yerta soledad
De las ciudades



3
¡Solo el hondo sentido del estío!
Mi sombra triste,
Mis manos que rebalsan
El reflejo incesante
De las olas
Y el sonido sin paz
De los naufragios
Acudiendo
Al dolor de mis canciones.



VII
Mi sueño alerta
Entre los barcos,
Dolido y escrutando
La oscura paz,
Cubierta
De tus manos.

VIII
Las rocas enclavadas,
Tu viejo piano,
Tu viejo piano flotando,
El asfalto quebrado
Y las veredas.
El mar inmenso, perdido
A la herida cercana
De las cosas,
Lo poco de dicha que llevaban,
Lo poco de dicha que encontrabas
Con el agua ya lejana
De tus cantos.
La bruma de tu voz,
Tu antiguo piano,
Tus dedos silenciosos,
Compañero,
Las ruinas de las playas
¡Siempre el abismo sin forma de los días pasados!



IX
Como todo estaba en ti,
La forma de las cosas
Ha tomado
La perfecta oquedad
De tu descanso.
Ahora que no vuelves,
Cómo el viento del mar
Limpia las calles,
Qué ruta hermosa,
Quién puede ahora florecer
En el viaje no emprendido
De tus años.



X
Now,
I was young and
Easy under the apple boughs
Dylan Thomas



1
Qué afán limpio llevabas
Que no pueden mis manos
Recrearte.



2
Como todo es igual, nada turba
Entre tu ausencia
El reflejo de las ramas
Del manzano,
Sólo tus brazos, tu pura
Calma.
¡Cómo tu rostro se oscurece en el agua conmovida!
La antigua cuerda replegada,
La pobre hierba iluminando
El recuerdo excavado de los pozos.
Como es lo mismo todo:
Tu muerte bajo bosques
Perdida o recreada.
De qué alta raíz,
Qué ríos,
Brotó el olvido llamado
De tus cantos.

Y XI
Si regresaras
Qué habría de decirte.

lunes 24 de mayo de 2010

Un poema árabe: Adonis


Como Adonis es conocido el poeta sirio Ali Ahmed Said (1930), uno de los más prolíficos autores árabes del siglo xx. Actualmente reside en París, como exiliado, desde 1982. Aquí una brevísima muestra de su obra.



EL COLOR DEL AGUA



Tu color es el color del agua,

oh cuerpo del lenguaje

allí donde el agua es

levadura, rayo o fuego.



El agua se convierte en rayo, se convierte

en levadura y en fuego,

en nenúfar

que pide mi almohada

para dormir...

O río del lenguaje,

viaja conmigo dos días, dos semanas por la levadura de los secretos,

recogeremos mares, descubriremos madreperlas,

lloveremos rubíes y ébano,

aprenderemos que la magia

es un hada negra

que no se enamora más que de el mar.

Viaja conmigo, aparee aquí... desaparece allí...

y pregunta conmigo, oh río del lenguaje,

por la concha que muere para convertirse

en nube roja

de lluvia,

en isla

que camina o vuela,

pregunta conmigo, oh río del lenguaje,

por una estrella cautiva

en las redes del agua

que lleva entre sus pechos

mis últimos días.

Pregunta conmigo, oh río del lenguaje,

por una piedra de la que brota el agua,

por una ola de la que nace la roca,

por el animal del almizcle, por una paloma de luz.

Desciende conmigo por el tragaluz de las tinieblas

al lugar

donde habita el tiempo roto

para que el lenguaje sea

un poema que se viste con el rostro del mar.



Traducción de María Luisa Prieto

sábado 22 de mayo de 2010

Cincuenta años de El río, de Javier Heraud.

Este artículo se publica en diversos medios escritos, en mi columna El barco ebrio.
Cuando Javier Heraud publica su poema El río, tenía 18 años y una clara idea de lo que para él era la poersía. En 1960 aún se debatía en los salones oficiales y en los pasillos universitarios sobre la poesía social y poesía pura, se consolidaba el lirismo de poetas extraordinarios como Javier Sologuren, Washington Delgado, Juan Gonzalo Rose, José Ruiz Rosas, Pablo Guevara y Francisco Bendezú, se descubría la poesóa oscura y extrema de Martín Adánm se repasaba con Noistalgia a Vallejo, se ensayaba con el surrealismo de Emilio Adolfo Westphalen y Jorge Eielson, el país trataba de retornar una vez más a la democracia y el continente estaba entusiasmado con el triunfo de la revolución cubana.

Por entonces, según testimonios de amigos y, especialmente, sus hermanos, Javier Heraud empezaba a demostrar su inteligencia en los ámbitos universitarios y artísticos, no solo cuestionando la concepción poética y política de mitad de siglo sino proponiendo una nueva forma, simple y romántica, de escribir sobre belleza y política con la misma soltura y sinceridad, propia de un joven emocionado.

La amplia literatura existente sobre esta etapa de la vida del poeta más precoz de la década del sesenta, que luego tendría nombres destacadísimos, ya nos ha ilustrado sobre la cercanía que tuvo con escritores mayores, especialmente con Sologuren, quien junto a Luis Alberto Ratto, promovía la colección "Cuadernos de hontanar". El entusiasmo juvenil de Heraud respecto a la poesía no era usual entre los de su edad, pero tenía serios motivos para manifestarlo, pues ya tenía entre manos un extraordinario poema: El río.

Contagiados por entusiasmo de Heraud y sorprendidos por la calidad y novedad literaria que proponia su poema, Sologuren y Ratto publican el libro en 1960. La reacción emocionada y alturada de quienes lo leyeron fue inmediata. Se trataba de un texto que rompía con la tradición que se había impuesto entre los años 40 y 50 y más bien invitaba a una forma más auténtica, genuina y espontánea de manifestarse a través de la poesía, y al mismo tiempo demostraba una prematura madurez poética, comparable con el Martín Adán de la "La casa de cartón" o el Oquendo de Amat de "5 metros de poemas". Esta percepción se ratifica a finales de ese mismo año, al fallarse el Premio Poeta Joven del Perú a favor de Javier Heraud.

En río es un poema de nueve estrofas, en el que el poeta asume simbólicamente, a la manera de Arthur Rimbaud en "El barco ebrio", las características de un río y las personaliza para describirse a sí mismo. Se inicia con una frase sentenciosa y segura: "Yo soy un río", luego describe su nacimiento entre rocas y el inicio de su descenso hasta llegar en los últiomos versos a disolverse en el mar, donde esperará a que otros ríos se junten a sus "nuevas aguas apagadas".

El tema parece simple, sin embargo, guarda en sus estrofas una fuerza poética profunda, pues así como el río cambia de rumbos y es torrentoso en una etapa y tranquilo en otra, las palabras y los versos de Heraud imprimen un ritmo cambiante a la lectura, por momentos se hace rápida y después lenta, se hace dramática y se vuelve conmovedora, finalmente el poema culmina con un mensaje esperanzador a pesar que el fin es la desaparición del río. Algunos han querido forzar el mensaje de este poema a la visión política de Heraud, que como sabemos, era esperanzadora también, pero en realidad es un poema muy juvenil. Si para publicarse los primeros meses de 1960 Heraud ya lo tenía listo, quiere decir que lo debió haber escrito por lo menos un año antes, cuando el poeta acababa de salir del colegio, y por entonces, recién se formaba su concepción política.

En los últimos cincuenta años, el poema El río se ha convertido en imprescindible lectura no solo de quienes están interesados en la literatura, sino también de escolares y universitarios, y es tomado de modelo para demostrar, entre otras teorías, que sí es posible armonizar simpleza de lenguaje y complejidad del tema, mantener la tradición de la poesía española y a la vez ensayar rupturas formales a través del verso libre, asimilar y concentrar la influencia de la poesía contemporánea y manifestarla con una voz propia, todo esto a una edad casi adolescente.

Todos coinciden en que la proyección literaria de Jvier Heraud era, desde su primer libro, muy prometedora, no solo porque inauguraba con calidad literaria una generaci´ñon que tendría entre sus más renombrados miembros a poetas como César Calvo, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza o Luis Hernández, entre muchos otros más, sino que asumía un doble compromiso con una responsabilidad que ninguno de sus contemporáneos lo hizo, la política y la literatura.

Sabido es también que durante 1961 y 1962 Javier Heraud, además de publicar El viaje (donde están esos versos escalofriantes y premonitorios: "yo no me río/ de la muerte./ Simplemente/ sucede que/ no tengo/ miedo/ de/ morir/ entre/ pájaros y árboles") y ganar el primer premio de los juegos florales de la Universidad de San Marcos, definió su visión y posición política, que viajó por Europa y se fue a Cuba a estudiar cine y comprometerse con la revolución cubana, que desde entonces era la revolución latinoamericana.

Sus cartas desde Cuba a su familia son otro ejemplo de la seriedad con que asumía sus obligaciones y la ternura con la que se manifestaba, en ellas ya hablaba de sus ansias de pasar de la reflexión a la acción, y sin cambiar el tono de su poesía, la temática se hace más comprometida con su país, con su esperanza revolucionaria. De esa época es su bello poema que entre sus versos dice que a su patria la defenderá con una espada en aire. está, entonces, marcando su destino.

El resto es también historia conocida. Vuelve al Perú como miembro del Ejército de Liberación Nacional, ingresa por Bolivia y llega a Madre de Dios. En esa sofocante ciudad, por entonces cxompuesta por unas cuantas manzanas de casas de madera y calles de tierra, busca refugio y cuando la policía y habitantes son informados de que habían llegado unos subversivos tratan de cruzar el río Madre de Dios. Las primeras informaciones fue que la policía disparó con armas de cacería, pero con los años se fueron sincerando los pobladores que por entonces eran jóvenes testigos de la masacre y ahora se sabe que más bien fueron los empresarios madereros (algunos aún viven) quienes también dispararon temerosos de que los revolucionarios les irían a quitar sis propiedades. Javier Heraud es sepultado en el cementerio de la ciudad, hoy descuidado y cubierto por la maleza.

Han pasado pues cincuenta años desde que apareció ese memorable poemario y cuarenta y ocho años del asesinato de su autor, quien hace dos años emprendió de la mano de sus hermanos, después de cuarenta y cinco años de estar sepultado entre pájaros y árboles, su retorno a Lima. Probablemente se siga indagando en las líneas, versos y palabras de El río por el espíritu de Heraud, pero todos sabemos que su espíritu debe aletear solitario y feliz por sobre este país que lo extraña.

viernes 21 de mayo de 2010

Alberto Valcárcel (1944 - 2010)

La noticia es dolorosa: el poeta puneño Alberto Valcárcel ha fallecido en Arequipa. No hay mucho que decir ahora que no está entre nosotros, si no lo dijimos cuando su voz de pueblo nos susurraba o nos envalentonaba. Descansa en paz, Alberto. ¡BIBA LA POESÍA!

CANTAR DE SANGRAR

a Luis Felipe Angell de Lama,
hacedor del más grande soneto
que mis ojos no dejan
de rezar


I
Es Sangrar el claror
Que el pueblo extraña
LA VICTORIA MAS JUSTA
De esa talla la voz
Que arrulla "Hoy o Nunca"
Y que a la vez estalla.

II
Ya la razón sentencia
LA PATRIA ES LIMPIA
Y la queremos nuestra
Pero el truhán la agrede
Y de quebrantos muchos
El muy felón la invade.

III
Adiós lúgubres penas
Volad días oscuros
Ahora que ayer más vivo
Todavía su nombre crece
Y por el cielo alumbra
¡NUESTRA FERTIL BATALLA!

IV
Pongo una flor andina
Frente a la dura guerra
País de pétalos gentiles
Para que siempre en vela
CUIDEMOS JUNTOS EL AMOR
Y sin dudar tu suelo.


V
LA SAETA
¡Hoy o nunca
Retumba en lontananza!
¡Hoy o nunca
Abriga en los sentidos!
¡HOY O NUNCA
PROCLAMA EL BIEN AL MUNDO!


De: Cantos corales
Foto: Perfil del poeta en apunte de Víctor Humareda

jueves 20 de mayo de 2010

Dos poemas de Leopoldo Chariarse


AL FINAL DEL OTOÑO

¿Adónde llegarás, otoño, con tus tardes,
con tus glorietas tristes, con tu voz?
¿Adónde con tu amargo silencio,
con tus mañanas frías y rotas?
Doblándote, tropezando,
golpeándote contra las casas y árboles.
Como un niño escondido entre los pinos, tiemblas,
huyes a tus rincones sordos, tras la sombra
de paredes y huertos, o a los días
dados a mala muerte, con la lluvia,
con los vocablos súbitos, con todo
lo que el reflejo triste de un cielo retuviera.
Y comprendes, persistes y te miras llegar, cuán torpemente,
cuán desolado y turbio entre los veraneantes.
¿Cómo llorar, cómo salirte afuera y gritarlo?
Si tú, como un insecto en un vaso te debates,
bebes lo que no es tuyo, en silencio, y a la brisa
das tu mirada honda de amor mal avenido.
Quédate en calma, no prosigas
con tus cuatri paredes de espanto en todas partes.
Cede, deja al olvido
cuanto supiste día de sol, claro quebranto
y enseñanza de amor, en tu costado.




FUGAZ CREPUSCULO


No quiero ya ser más que instrumento en tus manos

tú que tañes una canción en la lluvia

pastor lejano ir contigo

conduciendo el rebaño solar de tus veleros

y beber de tus dedos la frágil luz

como un árbol temblando en el esplandor de la tarde

miércoles 19 de mayo de 2010

Padre Homero, un poema de Mario Vargas Llosa


Postergaba esta nota que me llamó la atención. El propio Vargas Llosa negó varias veces que había escrito poesía, salvo aquellas de su época adolescente y que provocaron las recriminaciones de su padre o le granjearon el apelativo de "poeta" en el colegio. El poema "Padre Homero" fue escrito en el 2008, en Chile, y se publica esta vez en el último número de la revista "Letras libres" y para muchos debe ser una rareza leer este tipo de texto del narrador peruano, que ha hecho teatro y ensayo con gran éxito.


Padre Homero

No sabemos si era uno o muchos.

Ni siquiera sabemos si existió

o lo inventamos

para dar un dueño y una leyenda

a los poemas que fundaron

el mundo en que vivimos.

Las cuencas vacías de sus ojos

iluminan como dos soles

las aguas, las islas y las playas

del Mediterráneo.

Tampoco sabemos si las historias

que cantó tuvieron raíces

en la historia real

o fueron fantaseadas

por su imaginación incandescente.

Yo lo adivino como un

viejecito bondadoso

y excéntrico

divirtiendo a niños y ancianos

con fabulosas aventuras

de guerreros y monstruos

en una época inusitada

en que hombres y dioses

andaban entreverados

y las batallas se ganaban

con caballos de madera,

elíxires y magias.

Lo diviso entre sombras y

chisporroteo de fogatas, en

aldeas con olor

a vino y aceite,

pulsando su lira

acompañado por el murmullo del mar

y la resaca,

rodeado de caras expectantes.

Su fantasía y su verba

embellecían las anécdotas

que traían los marineros de sus viajes:

las canciones voluptuosas

de las sirenas,

los mordiscos de Escila

y los soplidos de Caribdis

que hundían a los veleros

y los náufragos que se tragaba

Polifemo.

En el corazón de sus mitos

palpitaban

las chismografías de los ancianos,

las endechas de las viudas y

las letanías de las madres

cuyos hijos raptaron

los piratas

para convertirlos en remeros.

Imagino su cabeza como

un volcán que crepita no lava

ni fuego

sino historias,

una sinfonía de heroísmos,

apariciones, pesadillas,

bravatas, amores, hechicerías

y fastuosas celebraciones

de dioses y diosas

con hombres y demonios.

Nadie sabía de dónde venía

ni adónde iba.

Sus barbas eran blancas y

sus ojos, antes de vaciarse,

habían sido azules.

Su túnica tenía mil

remiendos

y sus sandalias

tan gastadas

habían dado la vuelta al mundo

y al trasmundo.

El encanto de su voz

la suavidad de sus palabras

el color y la fosforescencia

con que narraba

daban a sus historias

la fuerza contagiosa

de la danza y la música,

esa estela que perseguía

a sus oyentes

en el sueño

y los incitaba a aprender sus versos

de memoria

a repetirlos

de padres a hijos

de pueblo en pueblo

y de siglo en siglo,

hasta nosotros.

Gracias, abuelo,

inventor del Occidente.

Qué pobre sería nuestra historia

sin tus historias,

qué mediocres

nuestros sueños

sin tus sueños. ~

San Pedro de Atacama,

22 de febrero de 2008

martes 18 de mayo de 2010

Edoardo Sanguineti (1930 - 2010)


La noticia de la muerte del poeta italiano Edoardo Sanguineti, producida hoy en Roma, a los 79 años, ha causado consternación no solo en el mundo intelectual europeo, sino también latinoamericano, pues su poesía, aunque no influyó mucho en los poetas de este continente, sí fue un referente importante sobre le curso que tenía la literatura y, en especial, la poesía italiana de fin de siglo.
Los médicos han informado que Sanguineti había sido operado de urgencia por un aneurisma torácico abdominal, a pesar de que la intervención había resultado positiva, "un paro cardiaco le impidió despertar del quirófano", han dicho.
A Sanguineti se le recuerda por pertenecer al "Gruppo 63", en el que también participaron intelectuales como Umberto Eco y Antonio Porta, y que renovaron la crítica y teoría literarias de su país, hasta revolucionar la concepción y producción poéticas.
Autor de una poesía experimental, vanguardista, que se consolidó desde la década del sesenta del siglo pasado, Sanguineti era un incansable promotor de la integración ideológica a través de la literatura, la que trató de plasmar, por ejemplo, escribiendo de manera conjunta con Octavio Paz.
De muestra solo un botón:
cuando te nado dentro, en mi estilo libre (profesional, casi: medio
mixto, en cualquier caso), buceo, retengo mi aliento, y (entrecerrando,
cerrando mis ojos) abro mis brazos, separo mis piernas,
pelo mi plátano (y lo encapucho):
me hago el muerto, me encorvo, me balanceo:
todo aquí: (pentagonal y a estrella, si te parece, soy inscribible en mi propio cerco):

lunes 17 de mayo de 2010

Dos lecturas opuestas y necesarias

Este artículo se publica en diversos medios escritos en mi columna El barco ebrio


0
No hay mayores coincidencias entre los escritores Enrique Rosas Paravicino y Orlando Mazeyra Guillén, más bien hay muchas divergencias y oposiciones muy fáciles de reconocer. El cusqueño Rosas Paravicino (1948) y el arequipeño Mazeyra Guillén (1980) solo comparten el origen surandino, su clara pasión por la narrativa y la latente posibilidad de consolidarse como cabecillas, adalides, de sus respectivas generaciones literarias. Casi al mismo tiempo, han publicado dos interesantes libros, El ferrocarril invisible (Editorial San Marcos, 2009) y La prosperidad reclusa (Cascahuesos editores, 2009), respectivamente.

1
Rosas Paravicino

Ya reconocido como uno de los narradores representativos de la literatura andina, o neoindigenista, de la generación del setenta, Enrique Rosas vuelve con este conjunto de relatos que, sin salirse del patrón temático y ambiental de sus anteriores libros, experimenta con personajes urbanos de un Cusco cuyo supuesto cosmopolitismo lo convierte en una urbe ambigua y desordenada.
La historia de una mujer rifada por su padre y que finalmente concreta su venganza contra él y el hombre que la tiene como su propiedad, envenenándolos a ambos al mismo tiempo, recuerda una historia real que muchos cusqueños aún la cuentan en conversaciones de club social o de cantina, así como la de un muchacho venido de un pueblo a la ciudad y que por su dotes de charanguista termina enredado en extraños amoríos con una extranjera, es también, ahora, historia de todos los días en el Cusco urbano.
En estas, y en la mayoría de los relatos, es la ciudad la que se convierte en la protagonista de las ficciones, una ciudad que no acaba de despercudirse de la influencia pueblerina de las ciudades de la sierra, cosa que además no es para nada negativo sino todo lo contrario, pero que, en el caso de este imán turístico, se encuentra en la histórica encrucijada de dar pasos definitivos para consolidarse como una ciudad moderna, en servicios y en actitud social.
Hay otros relatos que merecen atención en este libro y son los que de una u otra manera asumen el tema de la violencia interna que vivió el país, lo que además ya es una constante en la narrativa que se escribe en los principales focos culturales del país y que se ha trasladado a la narrativa limeña con fines más comerciales que literarios, políticos o sociales. Esas historias, con más peso de realidad que de ficción, con el paso del tiempo y la fragilidad de la memoria colectiva, parecen ser, más bien, una invención, una quimera, una buena mentira urdida por la ingeniosa creatividad de los artistas.
El relato que da título al libro, El ferrocarril invisible, es una excelente muestra de cómo se teje una historia sin dar muchos rodeos a la anécdota ni sacrificar el fino y alegórico uso del lenguaje, combinando también el sentimiento andino de los protagonistas en un ambiente urbano, con sus males y desarreglos, en el que no dejan de aparecer terceros personajes, como los turistas, tan desorientados como todos aquellos que se ven envueltos en la confusa y enigmática ruta del ferrocarril a Machu Picchu.

2
Mazeyra Guillén

El segundo libro de este joven narrador reúne 23 relatos con una personalísima carga de violencia urbana y reflexión existencialista, un tono que nos lleva directamente a poner atención más en el autor que en el trasfondo de sus historias.
En una ciudad como Arequipa, ya metropolitana y encaminada a un futuro de caos urbano propio de aquellas urbes que se han hecho ganar por el crecimiento demográfico y la necesidad de servicios, la soledad es más dramática, la frustración puede tener desenlaces fatales y el infortunio será una constante entre los jóvenes, Mazeyra logra retratar esas primeras manifestaciones de la desgracia humana, del naufragio personal y el desengaño social.
Lo personajes de La prosperidad reclusa, incluido el propio autor como tal en varias de las historias, están envueltos en dos redes casi imposibles de desenvolver, sus propias vidas y la vida de la ciudad, en la que finalmente son anónimos y excluidos. Esas dos tramas, como dos telarañas que se superponen, marcan el ritmo de la lectura y transmiten en el lector el pavor al fracaso.
Hay en el cuento que presta el título al conjunto, una reflexión del autor sobre la necesidad de salir, de escapar, de buscar un resquicio por donde escurrir el alma para no terminar abatido por el peso de la realidad, y sus personajes tienen en la literatura una esperanzadora rendija:
“–¿Por qué lees tanto? –le pregunté el día anterior a su segundo intento de suicidio.
–Para salir de esta mierda –me dijo sin sacar los ojos de las páginas del libro.
–¿Volverás a intentarlo?
–Ya no –mintió mirándome de reojo, sabía muy bien que me refería al suicidio–. Estoy leyendo Los miserables. Me tomará al menos una semana terminar.”
Prosa dura y directa, humor sarcástico, ambiente sórdido, dudas existenciales, son algunos de los elementos que ha utilizado Mazeyra para ilustrarnos sobre ese drama humano se escurre por las páginas de este libro, a pesar de que en varios pasajes se nota aún la mano joven del autor, y que seguramente se irá afianzando mientras siga ensayando la mejor manera de retratarnos.

3
Epílogo

A pesar de que a primera vista pareciera que estos dos conjuntos de relatos van por caminos diferentes, finalmente se unen, por medio del lector, en un punto común: la encrucijada de la condición humana. A Rosas Paravicino hay que leerlo, ahora, en función del conjunto de su obra, mientras que a Mazeyra Guillén se le deberá poner debida atención porque de seguro nos sorprenderá con una obra también coherente y aleccionadora.


Fotos: arriba: Enrique Rosas. Abajo: Orlando Mazeyra


El río, Javier Heraud

Se cumplen cincuenta años de la publicación de El río, uno de los poemas más personales de Javier heraúd y uno de los más representativos de la poesía letinoamericana de la segunda mitad del siglo xx. En la foto, una vista del río Madre de Dios, donde precisamente el poeta fue asesinado.

1
Yo soy un río,

voy bajando por

las piedras anchas,

voy bajando por

las rocas duras,

por el sendero

dibujado por el viento.

Hay árboles a mi

alrededor sombreados

por la lluvia.

Yo soy un río,

bajo cada vez más

furiosamente,

más violentamente

bajo

cada vez que un

puente me refleja

en sus arcos.


2
Yo soy un río

un río

un río

cristalino en la

mañana.

A veces soy

tierno y bondadoso. Me

deslizo suavemente

por los valles fértiles,

doy de beber miles de veces

al ganado, a la gente dócil.

Los niños se me acercan de

día,

y de noche trémulos amantes

apoyan sus ojos en los míos,

y hunden sus brazos

en la oscura claridad

de mis aguas fantasmales.


3
Yo soy el río.

Pero a veces soy

bravo

y

fuerte,

pero a veces

no respeto ni la

vida ni la

muerte.

Bajo por las

atropelladas cascadas,

bajo con furia y con

rencor,

golpeo contra las

piedras más y más,

las hago una

a una pedazos

interminables.

Los animales

huyen,

huyen huyendo

cuando me desbordo

por los campos,

cuando siembro de

piedras pequeñas las

laderas,

cuando

inundo

las casas y los pastos

cuando

inundo

las puertas y sus

corazones,

los cuerpos y

sus

corazones.


4
Y es aquí cuando

más me precipito.

Cuando puedo llegar

a

los corazones,

cuando puedo

cogerlos por la

sangre,

cuando puedo

mirarlos desde

adentro.

Y mi furia se

torna apacible,

y me vuelvo

árbol

y me estanco

como un árbol,

y me silencio

como una piedra,

y callo como una

rosa sin espinas.


5
Yo soy un río.

Yo soy el río

eterno de la

dicha. Ya siento

las brisas cercanas,

ya siento el viento

en mis mejillas,

y mi viaje a través

de montes, ríos,

lagos y praderas

se torna inacabable.


6.
Yo soy el río que baja en las riberas,

árbol o piedra seca

yo soy el río que viaja en las orillas

puerta o corazón abierto

yo soy el río que viaja por los pastos

flor o rosa cortada

yo soy el río que viaja por las calles,

tierra o cielo mojado

yo soy el río que viaja por los montes

roca o sal quemada

yo soy el río que viaja por las casas

mesa o silla colgada

yo soy el río que viaja dentro de los hombres,

árbol fruta

rosa piedra

mesa corazón

corazón y puerta

retornados.


7
Yo soy el río que canta

al mediodía y a los

hombres

que canta ante sus

tumbas,

el que vuelve su rostro

ante los cauces sagrados.


8
Yo soy el río anochecido.

Ya bajo por las hondas

quebradas

por los ignotos pueblos

olvidados,

por las ciudades

atestadas de publico

en las vitrinas.

Yo soy el río,

ya voy por las praderas

hay arboles a mi alrededor

cubiertos de palomas,

los arboles cantan con

el río,

los arboles cantan

con mi corazón de pájaro,

los ríos cantan con mis

brazos.


9
Llegará la hora

en que tendré que

desembocar en los

océanos,

que mezclar mis

aguas limpias con sus

aguas turbias,

que tendré que

silenciar mi canto

luminoso,

que tendré que acallar

mis gritos furiosos al

alba de todos los días,

que clarear mis ojos

con el mar.

El día llegará,

y en los mares inmensos

no veré mas mis campos

fértiles,

no veré más mis árboles

verdes,

mi viento cercano,

mi cielo claro,

mi lago oscuro,

mi sol

mis nubes,

ni veré nada,

nada,

únicamente el

cielo azul

inmenso

y

todo se disolverá en

una llanura de agua,

solo serán un canto o un poema más

solo serán ríos pequeños que bajan,

en mis nuevas aguas luminosas,

en mis nuevas

aguas

apagadas. (Lima 1960)

viernes 14 de mayo de 2010

Oda a los números: Neruda



Qué sed

de saber cuánto!

Qué hambre

de saber

cuántas

estrellas tiene el cielo!

Nos pasamos

la infancia

contando piedras, plantas,

dedos, arenas, dientes,

la juventud contando

pétalos, cabelleras.

Contamos

los colores, los años,

las vidas y los besos,

en el campo

los bueyes, en el mar

las olas. Los navíos

se hicieron cifras que se fecundaban.

Los números parían.

Las ciudades

eran miles, millones,

el trigo centenares

de unidades que adentro

tenían otros números pequeños,

más pequeños que un grano.

El tiempo se hizo número.

La luz fue numerada

y por más que corrió con el sonido

fue su velocidad un 37.

Nos rodearon los números.

Cerrábamos la puerta,

de noche, fatigados,

llegaba un 800,

por debajo,

hasta entrar con nosotros en la cama,

y en el sueñolos 4000 y los 77

picándonos la frente

con sus martillos o sus alicates.

Los 5

agregándose

hasta entrar en el mar o en el delirio,

hasta que el sol saluda con su cero

y nos vamos corriendo

a la oficina,

al taller,

a la fábrica,

a comenzar de nuevo el infinito

número 1 de cada día.

Tuvimos, hombre, tiempo

para que nuestra sed

fuera saciándose,

el ancestral deseo

de enumerar las cosas

y sumarlas,

de reducirlas hasta

hacerlas polvo,

arenales de números.

Fuimos

empapelando el mundo

con números y nombres,

pero

las cosas existían,

se fugaban

del número,

enloquecían en sus cantidades,

se evaporaban

dejando

su olor o su recuerdo

y quedaban los números vacíos.

Por eso,

para ti

quiero las cosas.

Los números

que se vayan a la cárcel,

que se muevan

en columnas cerradas

procreando

hasta darnos la suma

de la totalidad de infinito. Para ti sólo quiero

que aquellos

números del camino

te defiendan

y que tú los defiendas.

La cifra semanal de tu salario

se desarrolle hasta cubrir tu pecho.

Y del número 2 en que se enlazan

tu cuerpo y el de la mujer amada

salgan los ojos pares de tus hijos

a contar otra vez

las antiguas estrellas

Y las innumerables

espigas

que llenarán la tierra transformada.

¡Trescientos!


¡Trescientos ¿ya?!
Desde la primera nota en esta ventana hasta hoy. Trescientos. Da ganas de detenerse. Da ganas de seguir. No es precisamente una empresa épica, pero sí una aventura, casi sin rumbo. Lo más difícil es enfrentarse a uno mismo, pues para uno mismo es que se escribe. Trescientos. Debe ser poco respecto a unos y mucho respecto a otros, pero para uno es solo trescientos. Esta es la entrada número trescientos, en lenguaje impuesto por blogger. Pueden ser trescientas palabras, trescientas voces, trescientas miradas, trescientos suspiros, trescientos insultos, trescientas idas y vueltas.
Mejor empezar de nuevo.

miércoles 12 de mayo de 2010

Homenaje al director de Yuyachkani en La Habana, Cuba

por Raquel Carrió

Cada vez que a uno le corresponde realizar El elogio —que así se llama el discurso académico por la entrega del título de Doctor Honoris Causa en Arte— uno no puede sustraerse a pensar en el título (en realidad, su traducción al español) de aquel Elogio de la locura donde el humanista Erasmo de Rotterdam indagaba en los límites entre la razón y la fe, la sabiduría y la ignorancia, el placer y el compromiso, o lo que hoy llamaríamos más claramente el sentido de lo histórico y la ética personal frente a los avatares de la Historia.

Amigo de Tomás Moro, el autor de Utopía, podemos imaginar las extrañas conversaciones que en el Londres de finales del siglo XV (el mismo del polémico encuentro entre América y Europa) tuvieron esos dos hombres que quizás, sabiéndolo o no, trazaron las claves del itinerario, y a la vez la crítica, del pensamiento moderno.

Pero si invoco a estos dos humanistas, tan lejanos en el tiempo, no es porque Miguel Rubio Zapata me haya dicho nunca que sean sus lecturas preferidas o sus autores de cabecera. Sin duda, más cercanos le serían José Carlos Mariátegui, Eduardo Galeano, César Vallejo o José María Arguedas. Pero de eso se trata: de cómo las coordenadas de espacios y tiempos culturales diversos se integranen la labor, y en la historia, del Grupo Cultural Yuyachkani, que fundó y dirige Miguel Rubio desde hace ya casi cuatro décadas.

Fundado en Lima en 1971, la era de las utopías, cuando el Teatro latinoamericano se adentraba —frente a la crisis de los proyectos modernizadores en el continente— en la búsqueda de nuevas formas de lenguaje y vías de comunicación con el espectador, Yuyachkani es, para decirlo rápido, uno de los grupos emblemáticos de América Latina, que a lo largo de estos años no ha sido sólo —como señala acertadamente la crítica e investigadora Ileana Diéguez— un productor de espectáculos, sino, y esencialmente, un centro de investigación de las tradiciones culturales latinoamericanas, un laboratorio permanente de formación y desarrollo del arte del actor y los lenguajes escénicos, y —en mi criterio— uno de los más enigmáticos generadores del pensamiento y la acción social a través del teatro. Y subrayo la palabra “enigmático”. Y también “a través”.

¿Qué significa? ¿Ausencia de claridad? ¿Complejidad en el uso de los signos? ¿O brillantes estrategias de lenguaje para seguir, investigar, descubrir y revelar, paso a paso, de uno a otro espectáculo, el pulso secreto, los latidos vitales, las heridas profundas, el rostro violento, amoroso, divertido, triste, amargo, burlón, demencial y lúcido —siempre enmascarado— del cuerpo social, humano, del Perú, en una larga travesía que nos remonta a seis, o más siglos atrás, y que se mueve con entera libertad —desde una geografía totalmente imaginaria— en espacios y tiempos diferentes que, sin embargo, conforman la herencia, la tradición de una cultura necesariamente integradora de fuentes diversas?

Quizás sea esta alquimia del lenguaje, esta continua renovación de los sentidos y los lenguajes de la herencia, lo que ha permitido que el colectivo irradie un particular magisterio en las producciones latinoamericanas de las últimas décadas.

Pero sin duda hay algo más. En Octubre de 1989 tuve mi primera experiencia de trabajo con Miguel Rubio y Teresa Ralli, actriz de Yuyachakani, bajo el tema de las Memorias del fuego, en un taller organizado por la EITALC (Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe) y la Casa de las Américas, en Cuba. Fue una experiencia radical.

Como investigadora, anoté todos y cada uno de los ejercicios —físicos e intelectuales— del taller. Yo quería apresar, y fijar en la escritura, una Metodología de trabajo. No era difícil. Miguel y Teresa tenían un excelente dominio de la técnica. Había un sistema riguroso de entrenamiento, improvisaciones y dramaturgia del actor, articulados en función del tema de investigación. Era fascinante, porque además, había una exacta correspondencia entre las búsquedas y operaciones en el nivel pre-expresivo del trabajo del actor y lo que podíamos ver en la escena a través de espectáculos como Los músicos ambulantes (1983), Encuentro de zorros (1985), oContraelviento (1989).

Era algo exacto. Y la fascinación Yuyachkani lo era precisamente por algo que entonces fue mi centro de atención: aunque se nutrieran de fuentes diversas (estudios sociológicos, históricos, antropológicos, de tradiciones comparadas, etc.) y partieran de premisas socio-culturales expresas, no había una discordancia entre el discurso teórico y la expresividad del actor, entre la formalización y la emotividad, sino todo lo contrario: el cuerpo del actor (y de la escena) —para decirlo con toda naturalidad— era el país, la historia vivida, contada y recordada.

No su ilustración, o su remedo. O aún peor: el remedo de otras técnicas, sino su memoria real, concreta: sangre, voz y corazón de un cuerpo social, histórico, que se hacía material, concreto y vivo sobre el escenario. Y a través de él pasaban —se hacían visibles para el espectador— siglos de historia y de cultura. Justamente las heridas, las contradicciones y espejismos verdaderos, ocultos bajo el polvo y las cenizas de la Historia oficial o las manipulaciones del poder.

Desde allí, entendí que el término “presencia” (del actor) no era, y no podía ser, una abstracción metodológica en el teatro, y menos todavía, un simulacro o una repetición de formas extraídas de una u otra tradición, ajenas o propias, cercanas o lejanas en el tiempo. Asumir las tradiciones significaba renovarlas. Pero renovarlas implicaba una mirada, una emocionalidad, una corporalidad, abiertas al cambio, la mutación de los sentidos y los signos.

Para los que participamos en esa experiencia a finales del 89 (Osvaldo, Ileana, Omar, Antonia, Flora y otros —dondequiera que estén—) creo que desde entonces hubo algo así como un pacto de sangre. Lo digo con franqueza: en parte debido a la eficacia de una metodología de trabajo, que fue un regalo para todos los participantes y que luego se repitió en muchos otros lugares de Latinoamérica y el mundo.

Pero creo que el enigma (del contacto, o la participación) no estaba sólo en la utilidad y el disfrute de una sabiduría técnica, propia del oficio, y una capacidad de compartirla al nivel pedagógico. El secreto de la acción- Yuyachkani residía en una intención, un estado, una zona que unifica lo que tan radicalmente atormentaba a Rotterdam.

Desde luego, entonces yo no lo sabía. Pero tenía una pista, un hilo conductor. Cuando le preguntamos a Miguel qué significaba la palabra “yuyachkani”, nos dijo: “En quechua quiere decir: «Estoy meditando. Estoy recordando»”. ¡Claro que era enigmático!

Y necesité el paso del tiempo, mis propias lecturas y experiencias de trabajo, y después de Los músicos ambulantes, Encuentro de zorros, Baladas del bienestar, Contraelviento, Adiós Ayacucho o No me toquen ese vals, ver Antígona (del 2000) o Rosa cuchillo (2002), Hecho en el Perú (2001) o El último ensayo, del 2008, para comprobar que más allá de la eficacia de las técnicas y el rigor de las metodologías había una razón de fe (y a veces a la inversa, porque es una relación muy reversible) que avalaba una experiencia profundamente humana y, por eso mismo, abierta, siempre abierta, a las contradicciones del devenir histórico.

Desde luego que la identidad (palabra repetida hasta el agotamiento en los 80) no era una foto fija. Pero adentrarse en las contradicciones de lo real (especialmente en las décadas de finales del siglo) significaba quebrar, romper con muchos de los mitos y los ideales que habían configurado no solo una visión del mundo, sino formas de lenguaje y sistemas de comunicación fraguados durante años de utopías y esfuerzos por la integración de una cultura.

Con la entereza de quienes han tocado con las manos, con el cuerpo y el alma las raíces secretas de la tierra, Miguel y Yuyachkani encararon ese cruce de siglos tan difícil para las ideologías y la fe. En cierta forma, una quiebra de la razón (poética, histórica) que aún nos sorprende y no alcanzamos a nombrar. Perdidos entre tantas nominaciones (izquierdas, derechas, Norte, Sur, centro, periferia, Primer, Tercero o quinto Mundo), sacudimos la cabeza para reencontrar un lugar y una acción que nos defina. (Véase, si no, El último ensayo: su reciclaje íntimo, devorador, festivo, casi carnavalesco y a veces delirante de los signos).

Y sin embargo, sabemos que hay maneras de apresar la crisis de las utopías y quizás de refundar, una y otra vez, un acto de fe. Desde la raíz de mi primera experiencia Yuyachakani, la del 89, viví conAntígona la agonía de la Ciudad que se deshace, se fragmenta bajo las tensiones políticas extremas y sus manifestaciones lacerantes: la violencia, el terror o el engaño como variantes de un discurso —una organización de signos— que en sus voces y alternancias (una actriz por la que pasan todos los personajes: Ismene, Antígona, Creonte: la multiplicidad de puntos de vista y planos de la acción) revela una voluntad física, corpórea: no abandonar, no olvidar, no dar la espalda al cuerpo (social) sano o enfermo, próspero o abatido, sino saber encontrar, vivir y experimentar, en carne propia, y desde la específica naturaleza de la imagen, los lenguajes —y las máscaras— de la soledad, la violencia, el miedo, el error o la certeza.

Recuerdo con especial gratitud las palabras de Teresa Ralli después de una función de Antígona hace unos años en La Habana: “No sabíamos cómo hacerlo —me dijo—, pero era algo tan difícil que tenía que salir”. Y ya sabemos: siempre hay una escritura visible y otra invisible. Siempre hay algo que se opone y no está en la letra. Eso que se opone, que genera una contradicción que no puedo explicar, ni explicitar (pero está en la mirada, en el gesto, en el silencio del actor: el que personifica las agonías y tensiones del imaginario colectivo), es el germen de una imagen que opera sobre el imaginario del espectador y crea la resistencia.

Es una resistencia silenciosa: una acción que se define siempre más allá, mucho más allá del escenario. En ella están inscritos el dolor de la pérdida, la fragmentación; pero también, el secreto del oficio: no cerrar los ojos, estar alerta, con una presencia que carga con la dificultad de la memoria (“Estoy meditando. Estoy recordando”) y sabe que encontrará la manera, la vía para contar y revelar esa experiencia aunque signifique recomenzar, una y otra vez, la búsqueda de otros lenguajes. Sin duda es el valor mayor y el deleite del teatro (lo que sentimos —sin palabras— frente a las vitrinas deHecho en el Perú).

Por haber participado y compartido su saber y sus imágenes, sus utopías y sus heridas con maestros y directores, actores e investigadores, estudiantes y varias generaciones de teatristas en Cuba; por la generosidad con que ha sabido acompañarnos en los momentos difíciles de nuestra historia, así como por los aportes teóricos, técnicos y metodológicos en el terreno de la creación, la investigación y la pedagogía teatrales; por el valor humanista de sus producciones y por una ética personal y profesional que constituye un paradigma de honestidad intelectual, valor artístico y compromiso con las causas más justas de Nuestra América, a nombre de la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte, sus profesores y estudiantes, y del movimiento teatral y cultural cubano, felicito al Maestro Miguel Rubio Zapata por el otorgamiento del titulo de Doctor Honoris Causa y le agradezco, de todo corazón, su presencia entre nosotros.

La Habana, Mayo de 2010.

Fotos: Los músicos ambulantes, una de las obras más populares y celebradas de Yuyachkani. Imágenes de la ceremonia en La Habana (Tomado de La ventana, de Casa de las Américas).

Concurso de poesía para mujeres inéditas


La Comisión de Escritoras del PEN Internacional del Perú y el Centro Cultural de España convocan al Segundo Concurso de Poesía de Mujeres "Scriptura", con un premio de mil dólares y la publicación del libro con un tiraje de 500 ejemplares.
El plazo para presentar los trabajos, de entre 300 y 500 versos inéditos, vence el 1 de agosto de este año, y se deben enviar al Centro Cultural de España, caller Natalio Sánchez 181, Santa Beatriz, Lima 1. Perú.
Recuerden que el concurso es para quienes no hayan publicado un libro con anterioridad. Suerte.
Más información en www.ccelima.org.