martes 9 de febrero de 2010

Argentino Sacomanno se alzó con el Biblioteca Breve

El argentino Guillermo Saccomanno se acaba de alzar con el Premio Biblioteca Breve, en España. Después de algunos años este premio, ya legendario y que a Vargas Llosa le sirvió para dar su primer gran salto, vuelve a América Latina, pero Sacomanno no pudo estar en España.
La nota la trae la Revista Ñ:
Por: Carlos Maslaton
El destino es siempre un bromista inapelable: ayer, el jurado del Premio Biblioteca Breve, de la editorial Seix Barral, anunció que el escritor argentino Guillermo Saccomanno era el ganador de su edición 2010 con la novela El oficinista. Sin embargo, el laureado no pudo acudir a la cita: mientras en Barcelona se daba el veredicto, Saccomanno estaba reponiéndose de una meningoencefalitis en Buenos Aires.
La ausencia del narrador no hizo más que intensificar el caudal de elogios que el jurado derramó sobre su novela, a la que calificó como "una obra mayor". "Tal vez convenga que Guillermo no se presente nunca y se convierta en el Salinger de Seix Barral", bromeó el escritor Rodrigo Fresán, quien sostuvo que se trata de "un libro extraño, pero coherente en la obra de Saccomanno".
El jurado estuvo integrado por José Manuel Caballero Bonald, Pere Gimferrer, Rosa Montero, Elena Ramírez y Ricardo Menéndez Salmón. "Va a ser un suceso literario ­profetizó Montero­. Sentí la presencia de Franz Kafka y Philip K. Dick: es un libro muy atmosférico,una sociedad infernal que convierte a los individuos que la habitan en miserables, incluso en asesinos".
Para el poeta Pere Gimferrer, se trata de "un texto existencialista, que habla de la necesidad del amor y que es al mismo tiempo una reflexión sobre el acto de escribir".
La trama de El oficinista se despliega en torno a la vida de un hombre anodino, un empleado dispuesto a soportar cualquier humillación para conservar su trabajo. Pero la cobardía llega a una divisoria de aguas cuando este ser sometido se enamora de una secretaria y concibe la posibilidad de ser otro. En el escenario de una innominada ciudad arrasada por el hambre, los atentados guerrilleros, niños sicarios y un control omnisciente encarnado por helicópteros artillados, Saccomanno ha construido, según el jurado, un relato que "cuenta una historia que pasó ayer, pero que aún no ha sucedido, y, sin embargo, transcurre ahora".
En el contexto de una globalización inexorable, parece decir el autor, la descripción del horror no necesita de nombres propios ni de referencias geográficas explícitas. El triunfo de El oficinista le deparará a Saccomanno 30.000 euros y la llegada del volumen a las librerías hispanoamericanas a partir del 23 de febrero (a las argentinas hacia fin de mes).
La ceremonia contó con la presencia de escritores españoles notables como Eduardo Mendoza, Enrique Vila-Matas, Juan José Millás, Ray Loriga y Javier Cercas, entre otros. Ninguno conocía la obra de Saccomanno, pero los elogios del jurado ya han comenzado a aguijonear el interés de los colegas de España. Agentes literarios, escritores y periodistas jugaron a hacer que en una de las mesas les hacía compañía el agasajado, quien a principios de marzo viajará a España para presentar su novela. Por entonces, los problemas de salud habrán quedado atrás, y el apellido Saccomanno dejará de resultar extraño para los lectores españoles.

domingo 7 de febrero de 2010

Danzantes de la Candelaria: la procesión va por dentro

Artículo que se publica en mi columna El barco ebrio, en otros medios impresos.

Por: Alfredo Herrera Flores

Una de las escenas más conmovedoras que vi en la última parada en honor a la Virgen de la Candelaria la protagonizó una bailarina de waca waca, esa maravillosa danza que recrea la corrida de toros española y ensalza la figura de la lechera, ataviada ella con más de una docena de polleras de todos los colores. Cuando la comparsa pasaba frente al atrio del templo de San Juan, en el acogedor Parque Pino, y donde la Virgen observa el interminable desfile, la mujer salió de su grupo y se arrodilló frente a la venerada imagen, se santiguó, le puso una flor a sus pies y luego le bailó, moviendo con fuerza las caderas y con delicadeza la cintura, mientras las lágrimas rodaban incontenibles por sus mejillas.
Esta imagen íntima de una mujer entre más de veinte mil es una de las más desconocidas de la mayor fiesta patronal de Perú, pero no es la única. Algunos testimonios contados al calor de una conversación familiar dan cuenta, por ejemplo, de aquella otra historia en que una mujer maltratada por su pareja tramitaba año tras año su traslado a otra ciudad y así tener una excusa para dejar a su marido y volver a casa de sus padres, la decisión de la separación no era tan fácil, hasta que decidió bailar en la fiesta con el único objetivo de ofrecerle esa actitud a la Virgen a cambio de su salida de Puno. Luego del segundo año de bailar en una comparsa del barrio de Huáscar, le ofrecieron una permuta laboral a la ciudad donde quería ir. Y se fue. Al año siguiente volvió a bailar para agradecerle el favor a la Mamita Candelaria.
Un amigo mío tuvo la desdicha de perder el empleo pero confiaba en que pronto conseguiría otro, pues él mismo estaba seguro de su talento y capacidad profesional para asumir estos retos, sin embargo fueron pasando los meses sin que pudiera concretar un nuevo trabajo hasta que llegaron los momentos de desesperación y conflictos internos. Estando en Puno, rechazado en la instancia final de un puesto en una entidad financiera, se encomendó a la Virgen de la Candelaria y le prometió bailarle si Ella le concedía la gracia de quedarse a trabajar en esta ciudad. Al poco tiempo fue aceptado en un proyecto gubernamental y desde entonces baila cada festividad en una morenada, y lo hará hasta que la propia Virgen se lo permita.
Se podrían contar muchas historias más, tantas como danzantes, músicos, alferados, artesanos, tejedores y comerciantes se congreguen en esta descomunal fiesta. Incluso estarán los familiares del amigo que hace solo tres meses falleció accidentalmente y era este año alferado de un conjunto de Laykakota. Bailarán recordándolo, llorándolo y pidiendo a la Virgen consuelo. Estoy seguro que cada uno tiene también su historia en el corazón y un deseo en lo más profundo de su ser y podemos llenar muchas páginas con ese sentimiento interno, profundo y sentimental con que cada persona se acerca a la Virgen, muchas más páginas de las que escribirían aquellos pobres de espíritu que solo ven en esta fiesta un motivo para embriagarse y desfogarse carnalmente.
Con el riesgo de caer en lo “cursi”, la verdad es que en Puno, durante la festividad de la Virgen de la Candelaria, se carga un aire más de espiritualidad y emoción religiosa que de una simple borrachera, pues para eso están los carnavales, que es una fiesta totalmente distinta. En medio de la fuerza musical de las bandas, del acompasado y lejano sonar de los sikuris, al ritmo de los cascabeles y la pedrería de los trajes femeninos, y entre tanto color y brillo de la vestimenta de diablos, diablesas, chinas, morenos, waca wacas y llameros, y al refrescante sabor de la cerveza, la procesión va por dentro, en los corazones de cada uno de esos bailarines que más allá de la diversión, sus pasos van por el sendero de un milagro.
Llegar a Puno en medio de la fiesta en honor a la Virgen de la Candelaria es una experiencia irrepetible. La música viene desde lejos, como de un recuerdo, y si uno ya está predestinado a integrar alguna agrupación, puede reconocer el ritmo de su danza en la distancia, entre las que suenan al mismo tiempo llenando el aire de una sensación de emoción reprimida, pronta a explotar. Luego se encuentra con la familia y los amigos, y no es un encuentro rutinario, es un encuentro en el que secretamente todos sabemos que tenemos un sueño que compartir y un deseo que dejar a los pies de la Mamita. Después hay que acomodarse y asegurarse un buen lugar en la misa de fiesta, en el estadio, en las calles para la parada o en la comparsa, pero finalmente uno sabe que cualquier lugar es bueno para saludar a la Virgen y rogarle por una gracia.
Al final, la despedida es otro ritual. El cansancio del cuerpo recién aqueja cuando se ha vuelto a la calma del descanso, pero queda en el aire un deseo profundo de volver y una fe sin nombre en que el deseo íntimo se vaya a cumplir. La satisfacción personal no tiene cómo medirse. Así como cada uno ha llegado hasta el altar de la Virgen con su secreto en el corazón, así se regresa, con ese corazón renovado y la satisfacción de haber cumplido con la promesa personal.
La ciudad vuelve a la calma también, pero solo por un momento, después las calles serán tomadas por las fiestas de carnaval, por las pandillas con sus cholitas, sus caballeros y sus estudiantinas, y eso sí será un desbande, pero también de color, alegría y soberbia cultural, de la que Puno también es orgulloso.

sábado 6 de febrero de 2010

Candelaria en un movimiento, una mirada de Elard Serruto




Por: Elard Serruto


"Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua
en el espacio y en el tiempo, a veces rala, a veces densa,
no creas que haya que dejar de buscarla"

Italo Calvino, Las ciudades invisibles


"Perdió también su forma humana"

Ovidio, Metamorfosis




Para Natalie

Uno, dos petardos: el silbido agudo y afilado que acompaña el rastro súbito y nervioso de la pólvora en un pedazo de cielo de arboladas nubes grises: una, dos explosiones sucesivas que sacuden y quiebran la mañana, y vuelven nítidas la diminuta placita y sus pinos redondos, la pequeña iglesia y sus torres góticas. Casi de inmediato (como activados por las explosiones), el estallido de los platillos de los músicos, el soberbio y majestuoso salto del corazón de un bombo, el reguero frenético de las tarolas, el inmenso pulmón de las tubas, la vitalidad apretada de las trompetas. La música en los bordes extremos de la mañana que comienza a deslizarse por las lìneas desordenadas de las calles: muros desiguales de cemento y barro, desbaratados aleros escamados de tejas, lánguidos y bizarros techos de calamina, esqueletos de fachadas de ladrillo sin tarrajaer, columnas de fierro oxidadas, abatidas, inconclusas. Trazos, líneas que se abigarran y se enredan en el laberinto de los cables de luz, que respiran en alguna ventana abierta que mira la geografia abierta del lago, y suben (la música es un carnaval polvoriento) por la jorobada calle de la Revolución que lleva hacia la última tiendita de la calle: el olor de la ruda y la retama en esa penumbra de borrachitos invisibles, las diminutas máscaras que rien o silvan desde las paredes ciegas de una fiesta de serpentinas infinitas, el charango como otro borrachito y sus cuerdas filudas que cortan delicadamente la helada melancolía de amores ingrávidos, y que deja pasar (como a un pariente soberbio) el torbellino de la otra música por los resquicios de la puerta del callejón. La frondosa música que da vueltas en el patio alfombrado en arabescos de piedritas blancas y negras traidas de las islas, que sacude los geranios y las retamas, que deja un riso extendido en las tinajas de agua de piedra labrada, que se cuelga de las gotas de la lluvia de la madrugada que caen indecisas de las puntas del techo de paja. Esa música que en su búsqueda de fuga, advierte en un cuartito desbaratado el sonido de unos cascabeles: la sonora señal de un bailarin transformándose en un diablo o un angel, y enseguida su voz: "Presiento que después de la fiesta me voy a Morir". Y la réplica de la mujer: "Hace treinta años que dices lo mismo todos los febreros". La música da un giro, como si quisiera dejar su prosa, se balancea buscando altura, se agita en un curvado cordel de ropa (una camisa blanca flamea como un arrebatado angel capturado), y luego desciende sorpresivamente para atravesar la puerta de calle donde un perro ladra desorientado a la música invisible. La música vuela, se detiene en la rocosa piel de los viejos dioses de los cerros, entorna sus laderas donde el destino aun flota en las hojas de coca de sus ancianos lectores, se extravia por un momento en la fabula de los socavones de plata, en los sagitarios barbados con cascos de hojalata, y en la ciudad de piedra dormida derribada por caballos meditativos y nocturnos. Y en un gran vuelo (monumental pájaro sonoro) busca la curva del lago. La m{usica en el puerto: los botes y las lanchas a motor arrimados al muelle, el impecable verde de la bahìa moribunda del lago y su mirada extensa hacia las islas (otros músicos se aprestan a venir desde alli con la profunda respiraciòn de sus zampoñas, el letargo de su danza y la encendida semiótica de sus tejidos). La música delineando la bahía, sacudiendo la nostalgia sostenida de los barcos varados traidos a pedazos desde el puerto de Liverpool (si, el mismo, el de los Beatles), y se hace intenso amarillo en un vagón de madera abandonado cerca del astillero. La música que regodea la orilla, que se detiene en un pequeño puerto improvisado (¿Donde están las balsas de totora?), y luego se zambulle demoradamente en el lago (armónicos circulos concéntricos) en busca de dorados y sigilosos peces extintos, de ciudades arrasadas en el diluvio que ilumina el mito y la memoria. ¿No estarán aqui los danzarines y los músicos que invadirán la ciudad en una eterna circularidad de color y sonido? ¿No estarán aqui las lenguas agotadas, desaparecidas, muertas, que alguna vez nombraron este lago y su fiesta con otras palabras? El curvado perfil de un trombón asoma por la superficie del lago, adornada con ligeras algas, y en su bronce rebota un hilo de luz que repite fugazmente la ciudad apretada que trepa los cerros. Surge toda la banda de músicos, mojadamente imperturbables, y el torbellino de la música es como un danzante enfurecido, agerrido, proteico. Salta, brinca, se mece, entra a los hornos cerca del estadio de futbol, se embarra del menjunje de los corderos asados, cruje en la piel dorada de las papas y los camotes, atraviesa los mercadillos improvisados con toldos de plástico azul pastel , llega al mercado y sube de frente al segundo piso de la sección de las comidas, y allì se empoza en un poderoso caldo de cabeza: el ojo del borrego mira la tarde, y un par de tuntas y un chuño acompañan esa inevitable mirada que se refugia en la desolada resaca de un cuchillo y un tenedor. Pero la música sigue, necesita completar su círculo y por eso retorna a la placita de los pinos redondos, envuelve la diminuta virgen y sus petalos de flores como dibujados en el aire, alli donde una multitud apretujada y lenta flota en un estado de levedad. Un petardo, otro petardo. Y la música que se eleva junto con ellos para caer al piso en la poderosa y espectacular tarde (una explosión de platillos) donde al fin se encuentra con los cascabeles de las botas de un monumental caporal en el instante de su paso quebrado. La mùsica recorre las serpientes bordadas en los costados de esa botas, sube por los pantalones, se abraza en esa seda brillante, se mece en las palcas y en cada una de sus perlas. Se escurre por una de las puntas de la capa, dibuja los tres dragones enlazados en lentejuelas doradas y azules. Sube por el laberinto de las pequeñas serpientes de la máscara y se enrosca en los cuernos que rasgan el cielo que deja caer danzarines, multitud de danzarines en una bocanada de colores cegadores. Salta al sombrero borsalino de una mamacha, medita retumbadamente en las borlas de sus trenzas, en la impecable piel de su mantón y sus flecos, se refugia por un momento en el prendedor de oro, y se hace eternidad en su impecable sonrisa. La mùsica dibuja minuciosamente cada uno de los detalles de los trajes y los giros de la danza de cada uno de los interminables danzarines y músicos, y cada uno de los gestos de la multitud de gente que se deja llevar a la catedral: burilado en piedra siglo XVII. La mùsica se eleva, se enreda en los campanarios, disfruta, paladea el encaje de los frisos y retumba en un poste de luz y vuelve a caer, ahora en un vaso de cerveza interminable, infinito. La música al fin parece haber alcanzado su paroxismo en la esfera de la noche a punto de llover, mientras esta mirada barroca, surreal, vuela, vuela....

Fotos: Alfredo Herrera

viernes 5 de febrero de 2010

Cartas de amor inéditas de Neruda

Ya es sabido que las cartas, de amor y de todo tipo (salvo las notariales), han ido desapareciendo del uso común de la gente. Esas cuartillas escritas con desesperación y que partían de lugares remotos para recorrer medio mundo y llegar a su destino, cubiertas en sobres tatuados por sellos postales, han dejado su lugar a los mensajes electrónicos y han perdido mucho de su intensidad. Para recordárnoslo, El Cultural de España anuncia la publicación de una serie de cartas que Pablo Neruda le escribió a Matilde Urrutia. En ellas el Nobel suelta la pluma en versos y frases amorosas y hasta en reclamos y encargos urgentes. Acá una brevísima muestra tomada del suplemento español.
“Sabrás cuánto puedes herirme”
[Carta manuscrita, fechada en Viena el 31 de octubre, sin año, pero sin duda de 1951.]
Viena 31 de octubre
Mati mía?:
Solo anteayer te escribía con mis grandes decisiones, defenderemos nuestro amor toda la vida. Ayer en el tren debí conversar largamente con José sobre la tía que no me quiere y así examinamos de donde sabe ella ciertas cosas y nos pusimos a recorrer mis amistades y las tuyas. Así -sin que lo esperara- supe lo que me ocultabas, las largas horas que casi diariamente has pasado allí y con quiénes, y muchos mas detalles. Matilde, fue todo esto un nuevo puñal, pero hay en tus cartas algo que me hace no tomar ninguna decisión apresurada, tu me dices que hasta hoy fuiste avara de tus cosas, pero que todo me lo contarás. Esto me ha reanimado. Si con toda tu verdad, aún lo que no se puede ni pensaste decir vienes a nuestro encuentro, yo sacaré toda la fuerza necesaria, y es posible que pueda vencer, y conservarte. (A esto vino a juntarse rumores venidos de Suiza de tu viaje con tus amigos mexicanos) Querida, si supieras como he escrito con tu pensamiento fijo y como, ocultándolo, te he buscado tiernos, tiernos regalos que te llevo, sabrás cuanto puedes herirme, pero solo con la mentira o sin la verdad. Todo esto, con gran esfuerzo lo hablaremos. El proyecto de reunirnos no encuentra ningún obstáculo, por el contrario, va mejor cada dia. Y nosotros? Sería, creo, a mas tardar el 10.
Un beso, pero en la frente de quien quiere, de veras, defender tu amor.
“No seas perra, espérame”
21 de Dic. 11 ¼ de la Noche
(manuscrita)
Amor mío, vida mía, es tarde aún, tu única carta en el bolsillo, no quiero romperla, la leo en los momentos mas curiosos. Pero aunque tu corazón sea injusto quiero que funcione tu chasca. No debo escribirte desde aquí. Por eso solo cuando alguien viaja va mi carta. Pero esto sucede a lo lejos. Ahora por ejemplo y aunque la pieza está llena de gente y yo no he comido aun a esta hora de la noche, y estoy enfermo de cansancio te escribo no para consolarte sino para aprovechar el minuto que esperé por días y días. Yo confío en tí, y aunque no tenga sino tu silencio qué me importa, no por eso me iré de gira por el Perú, se que eres mía y que soy tuyo y las cartas y las noticias sobran, nuestro amor llena todo, y cada cosa te hablará de mí a toda hora, y todo me trae noticias tuyas. Te quiero mi amor, no seas perra, espérame.
Tu Tuyo
Pasaremos juntos el 1° de año.
“Mi retaguardia cagoncita”
1952, 26 octubre
Mi retaguardia cagoncita te mando estos libros para tus estantes y para tu cabeza de puma colorada. Amor mío, nuestro gran sufrimiento nos da amor nos da mas derecho al placer que nos da el amor, así lo merecemos. Tus lágrimas riegan tu corazón y el mío, te cambian y te enternecen, estamos mas juntos que muchos que jamás se separaron, nuestras raíces están amarradas y mojadas con las mismas lágrimas. Alma mía recibe mis besos de hoy, te apreto contra mí y te llevo así por todas partes donde voy, en la mitad del pecho.
Tu Capitán.

“Nunca he estado más solo”
[Carta manuscrita, una página, fechada en Ámsterdam el 21 de noviembre de 1955.]
Amsterdam 21 Nov. 55
Amor le escribo a las once de la mañana desde el hall del hotel. Me levanté a las 9 y conseguí la visa belga, así es que parto a Bruselas hoy a las 3 para salir a Varsovia mañana a las 10 de la mañana. Di un paseo por el centro lleno de tiendas y bellas casas viejas. Le compré junto al canal una caja de papas de tulipas que plantaremos en su jardín. Anoche llegué a las 11 de la noche al hotel, pasee un poco mi soledad por el centro muy iluminado y lleno de bares (tomé 2 cervezas = 1 dólar) y me acosté muy cansado. Me tomé un Calcibronat51 pero desperté sobresaltado a la 1 exacta. Qué pasará? Echaría de menos el avión o su chasca cerca de mi. Me costó dormir de nuevo pero solo desperté a las 8 en punto, como en la Chascona. Hace un cielo blanco, casi frío, un día velado y triste. Nunca he estado más solo. No he hablado con una sola persona ni nadie me conoce al fin. Ya he gastado aquí 10 dólares. Todo me lo pagan. Entonces en qué? Un poco de tabaco, la visa, las tulipas y ya se fueron. Hasta luego amor, telefonee a Galvarino que no me fue posible hablar con Losada por la huelga.
[En los márgenes:] Hasta pronto mi Patoja adorada, cuídese y cuídeme! Le mando millones de besos y algo más.



jueves 4 de febrero de 2010

Yuen y Yufra presentan libros


José Córdova, de Cascahuesos editores, ha tenido la amabilidad de enviarnos la invitación a la presentación de los libros de Hugo Yuen y Juan Yufra, Mandala e Instalación, respectivamente, y que tendrá como comentaristas al bueno de José Gabriel Valdivia y a Maurizio Medo, además del propio José Córdova.
La cita es el viernes 5 en el auditorio de la Municipalidad de Yanahuara, desde las 7 de la noche y hasta sabe Dios cuándo.
Aunque se dice sutilmente, habrá vino. Ojalá mucho.
Un abrazo a ellos.

martes 2 de febrero de 2010

Cuatro poemas de Tawara Machi




Kono kyoukuto kimete kaiganzoinomichi tobazukiminari 「HoteruKariforunia」

Al escoger esta canción vrotas encima del camino de la costa sobrevolando “Hotel California”



Kurokkasuga sakimashita」to iu kakidashide fuini tegamiwokakitakunarinu

“El azafrán ha florecido”: inicio la escritura... y pronto nasce la
desgana de escribir esta misiva.



Shyanpū no kaori wo honobono totatenagarabibunnsekibunnshiraha tokiori

El aroma de shampoo se yergue vulnerable mientras diferenciales eintegrales se dexenlaçan


「Konoajigaiine」 tokimigaitta kara shichigatsumuikaha saradakinenbi

—Esto tiene buen sabor, ¿eh? —dijiste— y de ahí que cada seis de
julio es el Aniversario de Ensalada.
Tawara Machi (Osaka, japón, 1962) aún no tiene libro traducido al español, a pesar de que su primer volumen de poemas "Aniversario de ensalada" ha vendido más de tres millones de copias en su país. Su poesía es sutil y conservaa mucho de la tradición y formalidad de la poesía clásica japonesa. Estos poemas los encuentro en Letralia, y me tomo la libertad de reproducirlos, con el respeto que se merecen. La traducción es de Cristina Rascón y conserva la métrica y los juegos de palabras y algunas características tipográficas.