Por: Elard Serruto
"Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua
en el espacio y en el tiempo, a veces rala, a veces densa,
no creas que haya que dejar de buscarla"
Italo Calvino, Las ciudades invisibles
"Perdió también su forma humana"
Ovidio, Metamorfosis

Para Natalie
Uno, dos petardos: el silbido agudo y afilado que acompaña el rastro súbito y nervioso de la pólvora en un pedazo de cielo de arboladas nubes grises: una, dos explosiones sucesivas que sacuden y quiebran la mañana, y vuelven nítidas la diminuta placita y sus pinos redondos, la pequeña iglesia y sus torres góticas. Casi de inmediato (como activados por las explosiones), el estallido de los platillos de los músicos, el soberbio y majestuoso salto del corazón de un bombo, el reguero frenético de las tarolas, el inmenso pulmón de las tubas, la vitalidad apretada de las trompetas. La música en los bordes extremos de la mañana que comienza a deslizarse por las lìneas desordenadas de las calles: muros desiguales de cemento y barro, desbaratados aleros escamados de tejas, lánguidos y bizarros techos de calamina, esqueletos de fachadas de ladrillo sin tarrajaer, columnas de fierro oxidadas, abatidas, inconclusas. Trazos, líneas que se abigarran y se enredan en el laberinto de los cables de luz, que respiran en alguna ventana abierta que mira la geografia abierta del lago, y suben (la música es un carnaval polvoriento) por la jorobada calle de la Revolución que lleva hacia la última tiendita de la calle: el olor de la ruda y la retama en esa penumbra de borrachitos invisibles, las diminutas máscaras que rien o silvan desde las paredes ciegas de una fiesta de serpentinas infinitas, el charango como otro borrachito y sus cuerdas filudas que cortan delicadamente la helada melancolía de amores ingrávidos, y que deja pasar (como a un pariente soberbio) el torbellino de la otra música por los resquicios de la puerta del callejón. La frondosa música que da vueltas en el patio alfombrado en arabescos de piedritas blancas y negras traidas de las islas, que sacude los geranios y las retamas, que deja un riso extendido en las tinajas de agua de piedra labrada, que se cuelga de las gotas de la lluvia de la madrugada que caen indecisas de las puntas del techo de paja. Esa música que en su búsqueda de fuga, advierte en un cuartito desbaratado el sonido de unos cascabeles: la sonora señal de un bailarin transformándose en un diablo o un angel, y enseguida su voz: "Presiento que después de la fiesta me voy a Morir". Y la réplica de la mujer: "Hace treinta años que dices lo mismo todos los febreros". La música da un giro, como si quisiera dejar su prosa, se balancea buscando altura, se agita en un curvado cordel de ropa (una camisa blanca flamea como un arrebatado angel capturado), y luego desciende sorpresivamente para atravesar la puerta de calle donde un perro ladra desorientado a la música invisible. La música vuela, se detiene en la rocosa piel de los viejos dioses de los cerros, entorna sus laderas donde el destino aun flota en las hojas de coca de sus ancianos lectores, se extravia por un momento en la fabula de los socavones de plata, en los sagitarios barbados con cascos de hojalata, y en la ciudad de piedra dormida derribada por caballos meditativos y nocturnos. Y en un gran vuelo (monumental pájaro sonoro) busca la curva del lago. La m{usica en el puerto: los botes y las lanchas a motor arrimados al muelle, el impecable verde de la bahìa moribunda del lago y su mirada extensa hacia las islas (otros músicos se aprestan a venir desde alli con la profunda respiraciòn de sus zampoñas, el letargo de su danza y la encendida semiótica de sus tejidos). La música delineando la bahía, sacudiendo la nostalgia sostenida de los barcos varados traidos a pedazos desde el puerto de Liverpool (si, el mismo, el de los Beatles), y se hace intenso amarillo en un vagón de madera abandonado cerca del astillero. La música que regodea la orilla, que se detiene en un pequeño puerto improvisado (¿Donde están las balsas de totora?), y luego se zambulle demoradamente en el lago (armónicos circulos concéntricos) en busca de dorados y sigilosos peces extintos, de ciudades arrasadas en el diluvio que ilumina el mito y la memoria. ¿No estarán aqui los danzarines y los músicos que invadirán la ciudad en una eterna circularidad de color y sonido? ¿No estarán aqui las lenguas agotadas, desaparecidas, muertas, que alguna vez nombraron este lago y su fiesta con otras palabras? El curvado perfil de un trombón asoma por la superficie del lago, adornada con ligeras algas, y en su bronce rebota un hilo de luz que repite fugazmente la ciudad apretada que trepa los cerros. Surge toda la banda de músicos, mojadamente imperturbables, y el torbellino de la música es como un danzante enfurecido, agerrido, proteico. Salta, brinca, se mece, entra a los hornos cerca del estadio de futbol, se embarra del menjunje de los corderos asados, cruje en la piel dorada de las papas y los camotes, atraviesa los mercadillos improvisados con toldos de plástico azul pastel , llega al mercado y sube de frente al segundo piso de la sección de las comidas, y allì se empoza en un poderoso caldo de cabeza: el ojo del borrego mira la tarde, y un par de tuntas y un chuño acompañan esa inevitable mirada que se refugia en la desolada resaca de un cuchillo y un tenedor. Pero la música sigue, necesita completar su círculo y por eso retorna a la placita de los pinos redondos, envuelve la diminuta virgen y sus petalos de flores como dibujados en el aire, alli donde una multitud apretujada y lenta flota en un estado de levedad. Un petardo, otro petardo. Y la música que se eleva junto con ellos para caer al piso en la poderosa y espectacular tarde (una explosión de platillos) donde al fin se encuentra con los cascabeles de las botas de un monumental caporal en el instante de su paso quebrado. La mùsica recorre las serpientes bordadas en los costados de esa botas, sube por los pantalones, se abraza en esa seda brillante, se mece en las palcas y en cada una de sus perlas. Se escurre por una de las puntas de la capa, dibuja los tres dragones enlazados en lentejuelas doradas y azules. Sube por el laberinto de las pequeñas serpientes de la máscara y se enrosca en los cuernos que rasgan el cielo que deja caer danzarines, multitud de danzarines en una bocanada de colores cegadores. Salta al sombrero borsalino de una mamacha, medita retumbadamente en las borlas de sus trenzas, en la impecable piel de su mantón y sus flecos, se refugia por un momento en el prendedor de oro, y se hace eternidad en su impecable sonrisa. La mùsica dibuja minuciosamente cada uno de los detalles de los trajes y los giros de la danza de cada uno de los interminables danzarines y músicos, y cada uno de los gestos de la multitud de gente que se deja llevar a la catedral: burilado en piedra siglo XVII. La mùsica se eleva, se enreda en los campanarios, disfruta, paladea el encaje de los frisos y retumba en un poste de luz y vuelve a caer, ahora en un vaso de cerveza interminable, infinito. La música al fin parece haber alcanzado su paroxismo en la esfera de la noche a punto de llover, mientras esta mirada barroca, surreal, vuela, vuela....
Fotos: Alfredo Herrera