lunes 30 de noviembre de 2009

José Emilio Pacheco: Premio Cervantes

La Revista Ñ trae la nota sobre el Premio Cervantes para el mexicano José Emilio Pacheco.

El presidente del jurado del Nobel de las letras castellanas, José Antonio Pascual, destacó que "definir a Pacheco es definir el idioma entero" y señaló que el galardonado, que fue elegido por mayoría tras varias deliberaciones, es "un poeta excepcional de la vida cotidiana con profundidad y capacidad de recrear un mundo propio".
Nacido el 30 de junio de 1939 en Ciudad de México, la obra de Pacheco está marcada por su preocupación ética y reflexiva, sin perder nunca de vista la realidad cotidiana. Cuando Pacheco recibió el pasado día 17 en Madrid el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en un acto en el que afirmó con humor: "No soy el mejor poeta de México, ni siquiera el de mi barrio, porque vivo al lado de Juan Gelman".

Considerado por los lectores de la revista "Letras Libres", en 2002, como el mejor poeta vivo, José Emilio Pacheco es una de las voces más importantes de Latinoamérica. No solo es un grandísimo poeta, sino también uno de los mejores traductores, ensayistas y dramaturgos. La elección de Pacheco, de 70 años, cumple con la regla no escrita del premio Cervantes de alternar su concesión a literatos de uno y otro lado del Atlántico después de que el pasado año, el galardón recayera en el escritor español Juan Marsé.

El escritor mexicano es autor de los poemarios "Tarde o temprano (Poemas 1958-2000)"; "El castillo en la aguja" (1962); "Los elementos de la noche" (1963); "El reposo del fuego" (1966); "No me preguntes cómo pasa el tiempo" (1969, Premio Nacional de Poesía Aguascalientes); "Irás y no volverás" (1973). Además de "Islas a la deriva" (1976); "Ayer es nunca jamás" (1978); y "Desde entonces" (1980), "Trabajos en el mar" (1983); "Fin de siglo y otros poemas (1984); "Album de zoología" (1985); "Alta traición Antología" (1985) o "Miro la tierra" (1986). En su narrativa cabe citar las novelas "Morirás lejos" (1967), Premio Magda Donato, y "Batallas en el desierto" (1981), y cuatro libros de cuentos: "El viento distante y otros relatos"; "El principio del placer"; "El pozo y el péndulo", "La sangre de medusa", edición aumentada en 1990, y "Las batallas en el desierto".

Aparte del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009), otros galardones que ha recibido son el Nacional de Periodismo Literario (1980); Nacional a la trayectoria ensayística Malcolm Lowry (1991); Nacional de Lingüística y Literatura (1992); el Iberoamericano de Letras José Donoso (2001) y el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2003).

sábado 28 de noviembre de 2009

El legado de Garcilazo de la Vega, el Inca


Artículo que se publica en diversos medios escritos y virtuales en mi columna El barco ebrio.
Por: Alfredo Herrera Flores

El proceso de mestizaje que experimentó América -que sufrió sería más propio decir- desde la fortuita llegada de los españoles y su posterior conquista y salvaje dominación, dio muy pronto consecuencias devastadoras, como también tuvo resultados aleccionadores y positivos. Sin embargo, hasta hoy la palabra mestizo es interpretada peyorativamente, como si se refiriera a personas, expresiones culturales o cosas de segundo orden, una situación que será muy difícil cambiar por más que haya esfuerzos notables para hacer entender que lo mestizo más que una condición es una forma de ser.
Pero vale la pena recordar, brevemente, que al poco tiempo de que los conquistadores de las dos grandes culturas americanas, la azteca y la inca, muchas de las personas que resultaron de la unión de los españoles con los nativos intentaron negar su raíz americana y reconocerse más como españoles porque, entre otras razones, así tendrían acceso a mayores privilegios como la educación o la propiedad. Pero al mismo tiempo, hubo quienes asumieron con mayor entereza su naturaleza india y así se expresaron en su forma de vida. Esta situación, en el contexto de la conquista, fue punto inicial para el posterior proceso independentista, el que no dejó de estar manchado por el racismo, hoy persistente.
Precisamente una de las primeras manifestaciones del mestizaje, con sus matices de reclamo y propuesta, se hace tangible con quien se convertiría en el primer peruano mestizo de alcance universal. Nacido en Cusco en 1539, a solo 47 años de la llegada de Colón y a 8 años de la llegada de Francisco Pizarro al Perú, Gómez Suárez de Figueroa sería un privilegiado hijo de español y una coya inca, accedió a una educación de primer nivel en su ciudad natal, recién invadida y en tránsito de dejar de ser la capital del Tahuantinsuyo.
A la muerte de su padre, y con tan solo veinte años, parte a España, llega a Sevilla y se presenta como hijo de conquistador español para reclamar sus privilegios de nobleza. Esta actitud es propia de quienes consideran que era más importante ser reconocido como español que como indio, o indígena, o nativo, americano al fin de cuentas. Cambia entonces su nombre al de Inca Garcilazo de la Vega, uniendo sus dos raíces culturales para consolidar su identidad y manifiesta también su vocación literaria publicando una traducción del italiano de Diálogos de amor, de León Hebreo, en 1570.
Es conocido el tránsito de vida de Garcilazo en España. Se hace militar, publica La Florida, que trata sobre los avatares de Hernando de Soto y Luis de Moscoso para conquistar esa zona en el norte de América, goza de sus privilegios como hijo de conquistador español y se dedica a escribir Los Comentarios Reales, en la que narra la historia del Tahuantinsuyo y que publica en Lisboa en 1609, cuando ya tenía setenta años.
Esta será la obra que lo inmortalizaría, sin desmerecer la calidad e importancia que tendría La Florida, y que con el tiempo marcaría un hito importante en la historia de América, en la formación de una identidad americana y en la consolidación de las naciones que se crearon desprendiéndose del Tahuantinsuyo. El propio Garcilazo confiesa que esta historia tiene su punto de partida en las maravillosas historias que escuchó por parte de sus familiares maternos respecto a las abundancias, formas de vida y preceptos que regían la nación inca. La segunda parte de Los Comentarios Reales llevaría el título más propio de Historia General del Perú y se publicó también en Lisboa, en 1917, a un año de la muerte de su autor.
Cuatrocientos años después de publicarse Los Comentarios Reales, se ha dilucidado ya sobre el alcance de esta obra y la enorme influencia que ha ejercido, y que hasta hoy ejerce, para entender la idea de lo americano. ¿Mero cronista, despierto fabulador, historiador adelantado o periodista pionero? ¿Qué define mejor al Inca Garcilazo? Tal vez sea su autovaloración como hijo de incas lo que finalmente perdure del legado de este cusqueño universal.
Pero además el legado del Inca Garcilazo va por la forma como se debe ver al país, a la nación, a la cultura que ha formado nuestra forma de ser, individual y colectiva, y hay que darle la razón. Somos producto del encuentro de dos razas, dos culturas, y como tal formamos una nueva, que sigue un rumbo variable, que se alimenta de otras culturas y se manifiesta de maneras novedosas. Es cierto que en unos prima el espíritu europeo y en otros el alma andina, pero es más cierto que seguimos creando, desde nuestro mestizaje, una nueva raza.
Historiador, cronista, fabulador o periodista, Garcilazo de la Vega es la imagen del nuevo mundo, vigente e influyente, crítico y creador, propositivo y revolucionario, realista y utópico. Una amalgama de substancias que se hace visible y palpable a través de sus palabras, de su lenguaje, que es también la nueva forma de expresión que nace en un continente rico en lenguas, símbolos y cosmovisiones, y que hasta hoy resiste la imposición de oras culturas. Este contexto sigue siendo, en esencia, el mismo de hace quinientos años y requiere, entonces, una mirada amplia y sincera, como la que tuvo en su momento Garcilazo.
No se trata de retornar, o retomar, una forma de ser, no se trata de volver al modelo del incario ni menos de tomar al pie de la letra la historia contada por Garcilazo, sino de entender el contexto en el que se escribió y asumir nuestra identidad considerando nuestro futuro. De nada serviría la obra de Garcilazo si no se comprende a cabalidad su forma de verse a sí mismo. Y la forma de vernos a nosotros mismos es reconociéndonos como mestizos, una forma de ser que nos viene desde lejos, con el tiempo, en forma de memoria colectiva que nos acerca como pueblos y como naciones, que nos hará, como antes, libres culturalmente.

viernes 27 de noviembre de 2009

Mate de cedrón, calentito


Los muchachos de Cascahuesos editores han tenido la feliz idea de reeditar el primer libro de poemas del lampeño Vladimir Herrera, Mate de Cedrón, y se presenta ya no más, recién salidito, el 28 en la Feria del Libro Ricardo Palma a las 20:30 horas, en la sala Los geniecillos dominicales.

En definitva este hecho es importante por muchas razones, entre ellas porque el libro inicial de Herrera remeció, en su momento (1974), el ambiente setentero y horazeriano que se consolidaba en Lima, por su nueva y fresca propuesta y porque en medio de una corriente urbana y desenfadada pocos entendieron el contenido andino que había en esas páginas, en las que la abuela curandera, que precisamente sanaba todos los males con la aromática infusión, se convertiría en un personaje hondo, íntimo, en medio de la poesía despersonalizada que se imponía.
Otra razón es que Vladimir se fue a España casi al mismo tiempo que se empezaba a leer su libro, hizo media vida en Barcelona, Lisboa y México y en el Perú casi fue olvidado por su propios compañeros de promoción. Una razón más es que precisamente esa promoción está celebrando la aparición de un libro que los reúne nuevamente, ya en la madurez, para repasar sus vidas, su obra y la influencia innegable que ha tenido Hora Zero en la poesía latinoamericana del setenta. Y Vladimir Herrera tiene mucho que decir sobre el nacimiento, el manifiesto horazeriano y de los pormenores que gestaron el movimiento poético por haber sido testigo de exepción, pero los avatares de la vida, los malosentendidos y algunos malos sentimientos han hecho que lo tengan casi al margen de un grupo al que por naturaleza pertenece.
Valdrá la pena repasar "Mate de cedrón" y volver la mirada a una poesía mágica y esencial, joven y espiritual y volver a reanimarse con las bondades de este mate reparador que es la poesía.

lunes 23 de noviembre de 2009

Juan Gelman: Cerezas


A Elizabeth.


Esa mujer que ahora mismito se parece a santa teresa

en el revés de un éxtasis / hace dos o tres besos fue

mar absorto en el colibrí que vuela por su ojo izquierdo

cuando le dan de amar /

y un beso antes todavía /

pisaba el mundo corrigiendo la noche

con un pretexto cualquiera / en realidad es una nube

a caballo de una mujer / un corazón

que avanza en elefante cuando tocan

el himno nacional y ella

rezonga como un bandoneón mojado hasta los huesos

por la llovizna nacional /

esa mujer pide limosna en un crepúsculo de ollas

que lava con furor / con sangre / con olvido /

encenderla es como poner en la vitrola un disco de gardel /

caen calles de fuego de su barrio irrompible

y una mujer y un hombre que caminan atados

al delantal de penas con que se pone a lavar /

igual que mi madre lavando pisos cada día /

para que el día tenga una perla en los pies /

es una perla de rocío /

mamá se levantaba con los ojos llenos de rocío /

le crecían cerezas en los ojos y cada noche los besaba el rocío /

en la mitad de la noche me despertaba el ruido de sus cerezas creciendo /

el olor de sus ojos me abrigaba en la pieza /

siempre le vi ramitas verdes en las manos con que fregaba el día /

limpiaba suciedades del mundo /

lavaba el piso del sur /

volviendo a esa mujer / en sus hojas más altas se posan

los horizontes que miré mañana /

los pajaritos que volarán ayer /

yo mismo con su nombre en mis labios /
(Si quieres escuchar a Gelman leyendo este poema haz click en la imagen)
Cortesía de www.escribirte.com.ar)

viernes 20 de noviembre de 2009

José María Arguedas, 40 años después

Este artículo se publica simultáneamente en diferentes diarios impresos, en mi columna El barco ebrio


Es difícil imaginar qué pasó por la mente y el corazón de José María Arguedas aquellos días de finales de noviembre de 1969, para que en la soledad de su estudio en la Universidad de La Molina decidiera, por fin, agarrar firmemente su arma, apuntarse a la cabeza y tirar del gatillo, y más difícil de imaginar aún es el sentimiento de agonía que soportó hasta que su cuerpo cedió a la muerte, cuatro días después de la fatal determinación, el 2 de diciembre.
Cuarenta años después, la pregunta que los sectores sociales, políticos y literarios que siguieron de cerca la vida atormentada y a la vez esperanzadora de Arguedas se hicieron en ese momento sigue vigente, no porque no haya respuesta sino porque esa respuesta, adelantada por el propio intelectual andahuaylino en sus obras, entrevistas y ensayos cuestiona aún a quienes intentamos encontrar el camino para eliminar muchas de las barreras sociales que afectan a nuestra sociedad, manteniéndola en la exclusión, la ignorancia y la injusticia.
Los especialistas han dado en llamar a la novela póstuma “El zorro de arriba y el zorro de abajo” (Losada, Buenos Aires, 1971) como su testamento político, y así se entiende hasta hoy, pues en ella Arguedas narra sus conflictos íntimos que lo llevarían al suicidio, sus impresiones sobre la vida social, cultural y política del país, su experiencia con otros escritores latinoamericanos, su visión de la cultura andina y sus frustraciones respecto al amor y su obra creativa. Sin embargo, esta novela es nada más que el epígono de una vida dedicada a expresarse con la voz y la emoción de un hombre de su raza.
Probablemente sea “Todas las sangres” (Losada, Buenos Aires, 1964) la novela en la que José María Arguedas intentó reunir toda su mirada respecto al mundo que le tocó vivir, ese mundo en el que superviven enfrentados y a la vez de espaldas uno del otro, la cultura andina y la occidental (traída de España a la fuerza), ambas ya tergiversadas, adulteradas y hasta corrompidas por el curso de la historia y el paso del tiempo, un mundo del cual él mismo fue víctima a lo largo de su vida.
“Todas las sangres” intenta ser una novela total. Ya su título anuncia esa aglutinación real e inevitable que se manifiesta en la sociedad peruana y que fácil y lógicamente es aplicable a toda América. Aunque algunos críticos la señalen como una novela irregular, sus páginas conforman, a través de varias historias de enfrentamientos culturales, un cuadro de la realidad del país salido de los paisajes inhóspitos de la sierra peruana y recreado, repetido, renovado en la gran urbe.
La mayoría coincide en que es la novela “Los ríos profundos” (1958) la que mayor calidad literaria alcanza y lo coloca como el mayor narrador peruano, a pesar de que otros, sin desmerecer, hayan obtenido más fama y fortuna. Arguedas muestra en esta su segunda novela su propia experiencia como miembro de dos culturas enfrentadas. El niño Ernesto se ve como parte de la cultura dominante al ser hijo de un señor y al mismo tiempo como parte de la cultura dominada al criarse entre los indios, y como tal es testigo de una revuelta protagonizada por mujeres indígenas ante las injusticias del sistema, representado por el gobierno. Esta metáfora sería el hilo conductor de toda la obra literaria y antropológica de Arguedas y el centro de su visión del mundo.
Antes Arguedas había publicado “Yawar fiesta” (1941), novela en la que más bien muestra la cultura andina a través de una de sus tradiciones más arraigadas y que a su vez representa el enfrentamiento entre lo andino y lo español a través de la lucha entre el cóndor y el toro, pero al mismo tiempo mostraba las luchas internas y domésticas de un pueblo alejado del centralismo capitalino, que sufría los mismos males de la ciudad como la corrupción y el ejercicio despreciable y villano de la política.
En 1961 José María Arguedas publica la novela “El Sexto”, una historia de carácter autobiográfico que sale del tema habitual de lo andino y se interna en el submundo lúgubre e inhumano que es la cárcel, en este caso la que da nombre a la novela y en la que el propio Arguedas es internado por razones políticas. Pronto esta novela se convierte en un símbolo de la injusticia en el país pero luego pasa a un segundo plano mientras que Arguedas asume una mayor presencia en el ámbito cultural nacional e internacional, ocupa importantes cargos públicos y académicos a la vez que sus ideas son adoptadas por diferentes grupos políticos, inclusive.
Arguedas escribió también cuentos, poemas y ensayos antropológicos, de entre los cuales destacan el poema “Oda al jet” y el conjunto de poesías “Katatay”, los cuentos “Agua”, “Warma kuyay”, “La agonía de Rasu Ñiti” y “El sueño del pongo”, en los que redunda en el tema de la cultura andina. Entre su obra ensayística destaca el volumen “Notas sobre la cultura latinoamericana” (1966) y “Las comunidades de España y del Perú” (1968). Igual de importante es su labor investigadora sobre el folklore, recopilando canciones e interpretándolas en círculo de investigadores y especialistas, participando en eventos como el de la Fiesta de la Virgen de la Candelaria en Puno, donde precisamente bautizó al departamento como Capital del Folklore del Perú y que luego se institucionalizara a través de leyes y normas exclusivas para proteger y difundir la expresión musical y dancística del altiplano.
La trascendencia de la obra y el pensamiento de Arguedas se hace cada vez más amplia. En vida recibió varios premios y homenajes y hasta hoy de organizan cada año, y en las universidades más importantes de América Latina, Estados Unidos y Europa, reuniones académicas para analizar e interpretar su obra, aunque pocas veces se han aplicado, por ejemplo, para mejorar la calidad educativa en nuestro país. Los últimos años, la Casa de las Américas de Cuba, una de las instituciones más antiguas de fomento a la literatura y arte en general, ha instituido el premio honorífico anual José María Arguedas, a un autor y obras que haya destacado y aportado a la cultura latinoamericano en el campo de la narrativa.
José María Arguedas nació en Andahuaylas, en 1911. Al morir su madre siendo él niño y su padre se casara por segunda vez, quedó al cuidado de su madrastra, de quien recibió un trato de sirviente, junto a los indios de Puquio, adonde se trasladó la nueva familia. Al cumplir once años él y su hermano escapan de casa y se refugian en una hacienda, desde donde luego se trasladan a Abancay, Ica, Huancayo y finalmente Lima. Allí ingresa a la Universidad de San Marcos para estudiar Literatura, es apresado por participar en manifestaciones estudiantiles y al graduarse ejerce la docencia en Sicuani, Cusco. Posteriormente vuelve a Lima, donde es activo representante de los maestros y es llamado por el Ministerio de Educación para colaborar en planes educativos. Ejerce varios cargos, especialmente de investigador y catedrático en diferentes universidades, hasta su suicidio, el 28 de noviembre de 1969 y su muerte, acaecida el 2 de diciembre de ese año.

jueves 19 de noviembre de 2009

Ya hay feria

Ya está en marcha la edición 30 de la Feria del Libro Ricardo Palma, que fuera desalojada de su tradicional espacio de Miraflores y ahora mejor acogida por el Museo de la Nación, en Lima. Va del 27 de noviembre al 10 de diciembre y, según anuncia Doris Moromisato, la coordinadora, habrá más espacio, más actividades, más editoriales y más de todo. Hay que hacer "click" en el afiche para ver las principales actividades programadas para esta feria.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Tres poemas de Jorge Eduardo Eielson


Cuerpo enamorado
Miro mi sexo con ternura
Toco la punta de mi cuerpo enamorado
Y no soy yo que veo sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el remanso y ríe
Amo el espejo en que contemplo
Mi espesa barba y mi tristeza
Mis pantalones grises y la lluvia
Miro mi sexo con ternura
Mi glande puro y mis testículos
Repletos de amargura
Y no soy yo que sufre sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el espejo y llora




Retrato

Cuanto puede el aire es Mostrarnos su semblante
De planeta vencido,
Quizás servirte de espejo
Cuando te desnudas
O tomar, sombríamente,
Tu lugar cuando respiro.




Ceremonia solitaria en compañía de tu cuerpo
Penetro tu cuerpo tu cuerpo
De carne penetro me hundo
Entre tu lengua y tu mirada pura
Primero con mis ojos
Con mi corazón con mis labios
Luego con mi soledad
Con mis huesos con mi glande
Entro y salgo de tu cuerpo
Como si fuera un espejo
Atravieso pelos y quejidos
No sé cuál es tu piel y cuál la mía
Cuál mi esqueleto y cuál el tuyo
Tu sangre brilla en mis arterias
Semejante a un lucero
Mis brazos y tus brazos son los brazos
De una estrella que se multiplica
Y que nos llena de ternura
Somos un animal que se enamora
Mitad ceniza mitad latido
Un puñado de tierra que respira
De incandescentes materias
Que jadean y que gozan
Y que jamás reposan

martes 17 de noviembre de 2009

Vicente Aleixandre: Las manos



Mira tu mano, que despacio se mueve,

transparente, tangible, atravesada por la luz,

hermosa, viva, casi humana en la noche.

Con reflejo de luna, con dolor de mejilla, con vaguedad de sueño

mírala así crecer, mientras alzas el brazo,

búsqueda inútil de una noche perdida,

ala de luz que cruzando en silencio

toca carnal esa bóveda oscura.


No fosforece tu pesar, no ha atrapado

ese caliente palpitar de otro vuelo.

Mano volante perseguida: pareja.

Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.


Sois las amantes vocaciones, los signos

que en la tiniebla sin sonido se apelan.

Cielo extinguido de luceros que, tibios,

campo a los vuelos silenciosos te brindas.


Manos de amantes que murieron, recientes,

manos con vida que volantes se buscan

y cuando chocan y se estrechan encienden

sobre los hombres una luna instantánea.

lunes 16 de noviembre de 2009

El personaje femenino en la narrativa de Gabriela Caballero

Darwin Bedoya me comparte este artículo sobre la obra de la narradadora cusqueña radicada en Tacna Gabriela Caballero, a quien hay que tomar en cuenta.

El territorio que demarca Gabriela Caballero Delgado (Cusco, 1977) cuando escribe, es un espacio en el que va delineando minuciosamente una serie de rostros, de perfiles femeninos un tanto resueltos, rasgos de personalidad que no se distancian mucho, pero que sí se confrontan, que a veces se polarizan, o simplemente tienden a la ruta de una divergencia. Esto ha permitido que la soledad, como consecuencia de una disociación, ocupe una posición privilegiada en su literatura. Esta soledad, acompañada de una desesperanza, viene a ser uno de los ejes temáticos que estructura su ópera prima titulada «Los relojes de Adela» y publicada por Cuadernos del sur editores, 100 pp, 2009. Para la autora, las angustias devenidas de la soledad reflejan el sueño de la esperanza como generadora o componente de un discurso que se va tornando en melancólico y subjetivo, por este motivo no es de extrañar que los cuentos que integran «Los relojes de Adela», presenten los rasgos de la literatura entendida como deseo constante a través de un concierto de intertextualidad con un clásico de clásicos: «La Odisea.» Es necesario referirse también que en el libro de GCD, el discurso femenino como personaje que vertebra los cuentos es una voz que se muestra en todos los niveles del texto literario: unas veces un tanto genérico, otras mucho más temático, en ocasiones lúcido en el aspecto estructural, a menudo lírico y con grandes dotes lingüísticas; pero siempre en búsqueda de una prosa pulcra y sólida.
En seis de los diez cuentos de este libro, quienes protagonizan las historias son mujeres que se ven obligadas a ponerse continuamente en una situación de desesperanza y soledad exhaustiva. La caracterización de los personajes en «Los relojes de Adela» es plenamente actual. Es verdad que la clásica historia de la Penélope de Homero ha tenido infinidad de adaptaciones, donde el mito, como en «Los relojes de Adela» coincide en hacer recaer el peso del protagonismo sobre los hombros de Penélope y en ofrecer una imagen siempre lejana de un «Ulises» que no se cansa de llegar, pero que no llega y que, además, representa en la obra de GCD, como en el drama odiseico de Homero, el realismo y la brutalidad que chocan frontalmente con el idealismo y la sensibilidad del mundo femenino encarnado por la desesperanza y la soledad de Penélope.
Este rasgo protagónico que van adquiriendo los personajes femeninos desde el cuento «En este pueblo no hay niños» hasta terminar en el cuento final «Los relojes de Adela» genera una atmósfera de pulsaciones que nos dejan en una habitación cerrada o en un callejón sin salida. Este halo de escritura femenina se inicia con «En este pueblo no hay niños», allí la voz narradora le pertenece a una mujer que va contando los sucesos en un pueblo en el que, tal como refiere el título, no existen niños. En esta historia que apertura el texto, la conversa entre mujeres alude a un hombre que de pronto puede ser «Ulises» pues, al haber engendrado hijos en cada una de ellas, éste se marcha para siempre al más allá y otra vez las deja con la desesperanza, en la soledad o el pavor de enfrentarse a un marido que enloquecerá al saber del inesperado embarazo de sus mujeres. La historia concluye cuando la voz protagónica anuncia que enterraran el corazón de ese Ulises en el patio de la escuela. Este corazón parece ser el símbolo de un romanticismo profundo ya que aparece otra vez en «La espera», el mejor cuento intertextual, que anuncia nuevamente a una Penélope que aguarda impaciente a ese «Ulises» que demora una eternidad en llegar. La idea del corazón, aunque simbólica, le confiere a la historia un aire de sentimentalismo, de idealismo, obviamente, además de una notoria hiperbolicidad descollante en contraste con el mito de un amor puro e inocente. Aquí se repasa ese extraño mundo de mujeres que confían en la promesa de un hombre que tal vez nunca pensó en volver siquiera. Sin duda este aire narrativo nos lleva a conectar los personajes, las historias con la relación entre mitología y literatura que se da en el hombre, en el escritor, en el campo de lo humano y lo vital de las relaciones familiares, de donde se desprende incluso una visión particular del mundo tras esa mezcla, esa fusión de sentimientos. Así, la mitología, que parece dar a la literatura un aspecto de ella, podría concebirse también como dentro de la transculturación, por lo que se estaría hablando de mitologías transculturadas, hecho que merece un estudio aparte, pues no puede dejar de comprobarse que la escritura con que se lleva a estructurar una obra de plenitud que mora bajo los crepúsculos de nuevas formas narrativas, nuevas tendencias como el que ahora disfrutamos en «Los relojes de Adela» que, asimismo, no solo se encarga de mostrar estas constantes, sino que también explora la psicología y los recodos y parapetos del ser humano, esa condición humana que nos hace vivir en soledad o en base a una palabra eterna que flamea en la distancia, en los corazones: la promesa.
La figura de Penélope en «Los relojes de Adela» aparece ligada al telar y a su labor de tejer y destejer, se incluye, inclusive, a Telémaco como el hijo que sale en búsqueda de su padre: (Tu hijo se ha marchado. Pensaste pedirle su corazón. Que te lo dejara como su padre para no perder nunca el camino de regreso a casa. Pero sabes que de entregártelo, también él se olvidaría de ti.) «La espera», p.43. El campo semántico del tejido es muy recurrente a la hora de establecer metáforas desde el «feminismo de la diferencia», aquél que lucha por la igualdad social de los sexos pero reconociendo y enorgulleciéndose de los valores propios de la mujer. Parece ser que la mayoría de los cuentos de esta colección, giran alrededor de la idea de la espera: La mujer que espera (esa mujer apesadumbrada, Penélope de hoy) viendo caer los otoños en su rostro y en cada lágrima, su propia historia de amor rota en mil pedazos. Dos recorridos enhebran las historias de este libro: el histórico y el actual, un tiempo de espera que lleva a los personajes de la actitud de «esperar a» (al hombre amado), a la de «esperarse a sí misma», pero sin ningún cansancio. La espera es una forma de existencia. Es un acto silencioso de reafirmación en lo que somos, en lo que sentimos, en lo que esperamos. El tiempo no es ningún enemigo, es un compañero de viaje que nos coge de la mano y a veces nos conduce por una incesante oscuridad. Las penélopes de «Los relojes de Adela» son las fotografías de todas las mujeres que esperan. Estas penélopes son instantes de un proceso de escritura y/o instalación de otra forma de olvido. Ellas son cadencias, palabras, texturas del tiempo en que nosotros mismos fuimos tejiendo nuestra vida. Podemos observar que en «Los relojes de Adela» se representa a su vez la metáfora de la historia de la mujer. Historia compuesta de grandes esperas para la adquisición de derechos e igualdad. Historias marcadas por la evolución de una condición (la de mujer) que ha sido maltratada a lo largo de los siglos y que aún hoy en día sigue siendo castigada. Penélope es algo más que decir lo que no dijo Homero, es decir lo que no pudieron decir muchas mujeres. Y hoy tienen la oportunidad.
La evolución del comportamiento de los personajes en «Los relojes de Adela» nos marca un paso del tiempo evidente, pero no podríamos definir cuántos días, cuántos meses, cuántos años. Si queremos hablar de tiempos, podemos hacerlo como cuando vimos los personajes: Tiempo de tristeza, tiempo de serenidad, tiempo de calma, tiempo de desasosiego, tiempo de encuentro consigo misma. No se trata pues de la dimensión temporal que miden los relojes, sino de la dimensión temporal interna de los personajes. El lugar que la autora nos ofrece es ese lugar que simbolizaría todos los lugares, un lugar poético, simbólico. Un interior: el de los personajes. Podemos imaginar las paredes del palacio de Ítaca, ¿Una habitación en Tacna?, las paredes que acotan un espacio personal intemporal. Una puerta de salida, o de entrada del nuevo yo. También podríamos hablar de habitaciones cerradas, de las habitaciones con teléfono, ésas que tienen una contestadota y que nos recuerdan la voz de la mujer que espera, pero esto no sería consecuente. El único espacio que existe es el espacio narrativo que cobija al verbo «esperar.»
Eduardo Gonzáles Viaña, en la contratapa del libro, resume las diez historias de «Los relojes de Adela» de este modo: «La llegada de un profesor que, enfrentando a los personajes, inexplicablemente construye una escuela en un pueblo sin niños. El conflicto de un hombre que se descubre sin memoria y preso en una habitación extraña. La angustia de un joven, sufriendo el acoso y la presencia inquietante de tres hombres. La prolongada espera de una mujer aguardando el retorno de quien literalmente le ha dejado en prenda su corazón. Un grupo de muchachos enamorados de una joven que esta muriendo, decididos a protegerla de la inminente venida de los otros. Un anciano que olvida un suceso importante. Una historia de amor que trastorna la racionalidad de una mujer. La llegada periódica de fotografías exhibiendo la lenta agonía de una niña. El homicidio de una bella mujer en la playa. Y la historia de Adela y sus innumerables relojes incapaces de señalar la hora.» Sin embargo, esta connotación podría ser vista desde otra lectura, la nuestra, cuando la relacionamos con la Penélope que va echando flores en el Estigia, una mujer que desde la barca de Caronte se ha dedicado a echar margaritas en las tenebrosas aguas de ese lago, pensando así: La llegada de un profesor que, enfrentando a los personajes, inexplicablemente construye una escuela en un pueblo sin niños. (¿Es un «Ulises» que al fin llega y muere en Itaca?), El conflicto de un hombre que se descubre sin memoria y preso en una habitación extraña. (¿Es un «Ulises» que esta confinado en alguna isla, con Circe?), la angustia de un joven, sufriendo el acoso y la presencia inquietante de tres hombres. (¿Es un hombre que representa a una Penélope que esta siendo acosada por los pretendientes?), la prolongada espera de una mujer aguardando el retorno de quien literalmente le ha dejado en prenda su corazón. (¿Es, sin duda una Penélope, aferrada a una promesa/corazón, mujer que vive aguardando a su amado Ulises que al fin llega a Itaca?), un grupo de muchachos enamorados de una joven que esta muriendo, decididos a protegerla de la inminente venida de los otros. (¿Estos muchachos son varios Telémacos que cuidan a su madre de los pretendientes que al fin llegan a Itaca?), un anciano que olvida un suceso importante.(¿Es un «Ulises» que ya estando en Itaca, no recuerda a que ha venido hasta esta isla?), una historia de amor que trastorna la racionalidad de una mujer. (¿Es una Penélope que ya se ha cansado de esperar y que a raíz de su excesiva tristeza ha enloquecido en Itaca?), la llegada periódica de fotografías exhibiendo la lenta agonía de una niña. (¿Es una pequeña Penélope que desde su infancia sufre por la ausencia de Ulises?), el homicidio de una bella mujer en la playa. (¿Son los pretendientes que, al fin decidieron matar a la bella Penelope?), y, finalmente, la historia de Adela y sus innumerables relojes incapaces de señalar la hora. (¿Es otra vez Penélope contemplando el paso del tiempo, sin nunca ver que su Ulises, al fin, llega a Itaca?). Todo parece girar en torno a Penélope en «Los relojes de Adela».
La mujer escritora suele preferir una estructura que le permita mayor libertad, que no sea lineal sino recuperativa, acumulativa, cíclica disyuntiva, lo que remitiría a la fragmentación de sus vidas. Una forma que no esté férreamente definida, sino que va haciéndose a la vez que se va produciendo el acto comunicativo, de forma que tenga cabida en ella lo fragmentario, lo inconcluso, la improvisación y, por supuesto, la reiteración como forma de perennizar el mundo inconsciente, lo cual evidencia una clara preferencia por lo parcial frente a la totalidad; lo que, en parte, también ha hecho suya la escritura de la postmodernidad: una estructura unida al proceso discursivo, que le permita enlazar las partes a la manera de un relato que integra otros relatos, que ha metaforizado como rosario o collar de perlas, y también como espiral, sin seguir una sola línea narrativa, sino varias, con una gran libertad temporal y espacial y con finales abiertos como nos muestra aquí, en este texto, GCD.
Esto supone entonces que la forma se va creando a la vez que se va produciendo el acto comunicativo. Es decir el proceso solo tiene sentido en cuanto está en movimiento. Al igual que la tela de Penélope, el acto comunicativo sólo tiene sentido mientras se está realizando, por lo que no puede ser nunca algo perfecto, en el sentido de totalmente acabado. La estructura fragmentaria propia de la escritura femenina también se puede aplicar para el postmodernismo. Con todo lo hasta aquí expuesto, no es de extrañar que las autoras como GCD se sientan embelesadas por la figura y la labor de Penélope. La figura de Penélope está dotada de una gran complejidad, se trata de un carácter muy rico en matices, pese a lo que pueda parecer, por lo que ha sido objeto a lo largo del tiempo de muy diversas interpretaciones. Es cierto que la lectura de «La Odisea» parece mostrarnos ese paradigma de la mujer sumisa, que desempeña las labores atribuidas al género femenino tradicionalmente representadas por el tejer y destejer que ocupa a Penélope. Más allá de la apariencia, Penélope es una mujer, en la actualidad, un tanto astuta pues consigue mantener a su alrededor a todos esos hombres que de uno u otro modo la acosan y que finalmente se reencuentra con el objeto de su «deseo.» Si bien ésta es la mujer virtuosa que tantas veces se contrapone con la de Clitemnestra, trágica, la mujer que calla, y teje, y ama fielmente, paradigma femenino de la sociedad heroica también es cierto que la riqueza de su figura permite observar su espíritu desde el interior, interpretar su silencio, y comprender su frustración, y el miedo que en ocasiones la atormenta, y la hace reaccionar de determinada manera. Si nos concentramos, por ejemplo, en «La espera», aquí Penélope parece ser la más serena y sensata, aquella que está al borde de la locura, pero que no se inmuta demasiado con el paso del tiempo, y que espera y espera en el acantilado, pero cuando finalmente reconoce su verdad y se descubre, aparece un alma agitada no carente de inconformismo, siente latir ese corazón prendado, siente que debe estar en el pecho vacío de ese hombre que le dará felicidad. Nada de esto es de ahora, todo está explícita o implícitamente en la tradición griega o ha sido interpretado desde las claves que ésta ofrece. Los caracteres de las heroínas (penélopes) que aquí se reúnen son distintos y a la vez complementarios pero los motivos que las han movido a actuar son muy parecidos y llegan a identificarse al producirse la explosión de sentimientos, la ruptura del aislamiento y la llamada a la acción, y a la solidaridad entre ellas, pero especialmente al mundo que le atribuye GCD al crear cada atmósfera y caracterizar cada personaje de esta índole.
A veces pareciera que las penelopes de «Los relojes de Adela» no pueden tomar las riendas del destino. Y por ello, quizá las penélopes de las que habla GCD, son mujeres que se solidarizan con el pasado y que aún a pesar de ello, viven una agonía con el recuerdo. Diremos entonces, a modo de conclusión que, en «Los relojes de Adela» se recoge la figura de esta mujer con una intención de revisión del mito y con un propósito de contemporaneización del mismo. Demoler el mito para construir uno nuevo desde la perspectiva del hoy, y en el espacio comprendido en el periodo de espera. Esto nos permite preguntarnos en qué medida se puede vivir en función de una promesa. Valdría la pena revisar si hoy por hoy tiene algún sentido lógico esperar años y años a alguien. Habría que revisar nuevamente qué hacemos con el tiempo que se gasta en la espera, ¿retorna? Este texto, sin duda expresa el tránsito de una mujer ancestral, callada y sumisa, que sabe amar a cambio de nada, esta es una reminiscencia de un alma carente de pecado y comprometida con su propia vida. Este tránsito es un proceso histórico, una conquista de desgarre y de logros, una lucha siempre presente, constante. Una posición de vida no sólo ante la pareja, sino también ante los hijos e hijas, ante las relaciones de trabajo y de estudio, ante la vida como totalidad y eterna condición humana. Los veinte años de espera de Penélope en «La Odisea» son una excusa, la metáfora de todos los tiempos (largos o cortos) de todas las esperas. Después de la lectura de «Los relojes de Adela», surgen muchas preguntas y una manera diferente de ver a Circe, a Calipso o Atenea, diosas reducidas luego a Hetairas; Nausicaa, Arete, a la mismísima Penélope o la vilipendiada Clitemnestra, las cuales no son más que ¿desagravios enaltecidos? de la imaginación masculina. Existieron, sí, ¿pero fueron así realmente? Nunca lo sabremos a ciencia cierta. Lo cierto es que hay que reinventarlas.

viernes 13 de noviembre de 2009

Sábado: se contempla cada paisaje


Se contempla cada paisaje y cada cuerpo, propio o ajeno,
y se menciona la emoción original, respiración, gozo e imaginación,
exploración.
Me acomodo.
Si quiero respirar, escribo.
Hay una sensación que hilvana mirada y tabaco,
desde la retina hasta la razón, enrolada en imaginería,
sobrecoge y aturde, pero escribo si quiero ausentarme.
No se pierde lo que se olvida, es solo distancia, en teoría, en locura,
en extraño, sereno entendimiento.
Las horas, que todo lo observan,
dicen y repiten las palabras
con que cada uno se despide,
y no se da marcha atrás.



(Inédito, de "Diario de Miranda")

miércoles 11 de noviembre de 2009

Setenta años de El Pozo, de Onetti

La siguiente nota aparece en la Revista Ñ, que a su vez la toma de EFE, adelantando las celebraciones por los setenta años de aparición de El pozo, novela que cambiaría la concepción de la literatura en América Latina.
Uruguay conmemorará en diciembre el septuagésimo aniversario de la publicación de El Pozo, una obra "fundacional" para la literatura latinoamericana que marca ya la ruta del laberinto imaginario de Juan Carlos Onetti.
El homenaje que el mundo cultural hará a El Pozo cerrará el "Año Onetti", que en 2009 ha celebrado el centenario del nacimiento un 1 de julio del autor uruguayo, que, junto al poeta Mario Benedetti, más ha influido en la literatura en castellano del siglo XX.
El Pozo es crucial para entender la obra de Onetti", pues "la mayor parte de los temas importantes para este escritor están ya en esta novela", explica Hortensia Campanella, editora de las obras completas del escritor.
El protagonista de El Pozo, Eladio Linacero, evade la soledad y el fracaso que definen su vida con la ensoñación y la búsqueda de otra dimensión que, en definitiva, encienda una luz en la oscuridad que lo rodea.Campanella es también directora del Centro Cultural de España en Montevideo, una de las instituciones que han participado en el año del autor de La vida breve y El astillero.
"Me hubiera gustado clavar la noche en el papel, como a una gran mariposa nocturna. Pero en cambio, fue ella la que me alzó entre sus aguas como el cuerpo lívido de un muerto y me arrastra, inexorable, entre fríos y vagas espumas, noche abajo", culmina Linacero en su intento de escribir unas "memorias".
Ahí está "la insatisfacción del ser humano con su propia vida, la conciencia de que la muerte es una condena que marca al hombre desde su nacimiento, con el tema del soñador, al intentar superar estos problemas a través del sueño, de la creación", subraya Campanella.
El otro gran tema, precisa, "es el fracaso de todos esos intentos".El Pozo fue "un texto avanzadísimo para su tiempo. Mucha gente lo compara con 'La Náusea' de Sartre. En todo caso es una atmósfera común, puesto que Onetti no conocía 'La Náusea'. Y, si es cierto que lo había escrito siete años antes, entonces fue anterior a Sartre", explica la editora y crítica.
La autora, también biógrafa de Mario Benedetti, relata el proceso que Onetti se atribuyó a la hora de escribir por primera vez El Pozo, en realidad a principios de los años treinta.Vivía por entonces Onetti en Argentina, donde imperaba el férreo mandato de José Félix Uriburu; impedido de poder comprar cigarrillos un fin de semana, el incipiente literato uruguayo y ya fumador empedernido "en la desesperación escribió El Pozo, aunque esta primera versión se perdió después", cuenta Campanella.
"En 1939, sus amigos Juan Cuña y Castel, que tenían una pequeña editorial que estaba sacando libros de poesía, le pidieron un texto breve y él rehizo El Pozo, agrega. "Lo imprimen de forma muy modesta, en papel de estraza, y colocan en la tapa un dibujo que había realizado la entonces esposa y prima hermana de Onetti (María Julia), y al que se le agregó la firma falsa de (Pablo) Picasso, un ingrediente más que se suma a la leyenda y la aureola que rodean a este libro y a Onetti", cuenta el escritor Wilfredo Penco.
El Pozo es "una obra fundacional" y "una apuesta por la escritura", sin atarse "a ciertas formas tradicionales que hasta entonces imperaban en la literatura uruguaya y también hispanoamericana", destaca Penco, también director de la Academia Nacional de Letras de Uruguay.
Penco subraya que Onetti "nunca fue un escritor de multitudes" y tampoco lo será en el futuro, "por más que se promueva su obra".En cambio, en opinión de la directora del Centro Cultural de España en Montevideo, ahora "se le está leyendo más, distintas generaciones se incorporan a su lectura" y El Pozo es "una excelente puerta de ingreso" a su obra.
Campanella recordó la intensa relación de Onetti con España, donde, en 1975, "encontró una acogida, un refugio, frente a la dictadura de su país".Onetti murió en Madrid el 30 de mayo de 1994, ciudad que se ha convertido junto a Montevideo en el foco de los homenajes realizados en el Año Onetti.

viernes 6 de noviembre de 2009

Ciro Alegría o el grito de los sin voz

Este artísuclo se publica en diversos medios escritos en mi columna El barco ebrio

La temprana lectura del cuento “Calixto Garmendia”, de Ciro Alegría, entre otros textos, me reveló dos mundos insospechados: la injusticia persistente en el mundo de los infortunados y el arte de contar una historia. Aún era yo un niño y la historia del carpintero de un pueblo víctima de los abusos del alcalde marcó mi aún incipiente espíritu crítico y alimentó mi curiosidad sobre lo que podía existir dentro de las páginas de un libro. Había leído ya otros textos, cuentos y poemas, pero al conocer el fatal desenlace de Calixto Garmendia, solo atiné a cerrar el libro y preguntarme si realmente podría haber tanta tragedia en un solo hombre. Más adelante la vida real superaría la ficción y me mostraría su rostro más cruel.
Ha pasado el tiempo y he leído muchas páginas más, pero aquella historia de infancia ha quedado indeleble en mi memoria. Podría recordar cada detalle del relato del hijo de Calixto Garmendia sobre cómo el alcalde dispuso de los terrenos de su padre para ampliar el cementerio del pueblo y no pagarle, y cómo éste salía por las noches para apedrear la casa de la autoridad, y cómo fue castigado por protestar por lo que era justo y finalmente morir sin que el nuevo alcalde pudiera darle un ápice de justicia. La única venganza de Garmendia fue construir el ataúd de su enemigo, cobrar una suma alta por el trabajo y verlo enterrado en el terreno que le quitó.
Pero más allá del relato del hijo de Garmendia lo que descubrí con el tiempo fue el orgullo con que lo hacía. Ciro Alegría había creado un personaje que pasaba casi por desapercibido en su obra, pero que tenía la importante función de transmitir al lector una mezcla de sentimientos: indignación y admiración, una por la injusticia y otro por la entereza de soportarla de pie.
Tal vez así podríamos resumir, en poquísimas palabras, el importantísimo legado de la obra de este gran escritor peruano. Si a Julio Ramón Ribeyro se le reconoce por hacer dado palabra a los mudos, esos ciudadanos comunes y corrientes de la ciudad víctimas de sus propias desgracias y que tenían la necesidad de decir que existían; y si a José María Arguedas se le recuerda por habernos abierto los ojos a una cultura que subsistía silenciosa, y a Vallejo se le tiene presente por habernos acercado a la intimidad del sentimiento humano, a Ciro Alegría se le debe reconocer haberle dado al pobre y marginado, que aún viven sin voz, la posibilidad de dar un grito de protesta y esperanza.
En vida Ciro Alegría vio publicadas tres novelas, las que muy pronto se convertirían en piezas fundamentales de lo que se llamaría la corriente literaria, filosófica, política y sociológica del indigenismo: La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1938) y El mundo es ancho y ajeno (1941). En las tres historias los personajes centrales son el paisaje y los pueblos, vistos a través de sus habitantes, hombres y mujeres marginados enfrentados a los hombres blancos dueños de esos pueblos y hasta de los paisajes, que creyeron ser también dueños de sus vidas. Y en las tres historias no hay final feliz.
Hace solo unas semanas, el escritor Alfredo Bryce Echenique tuvo unas infelices opiniones sobre la obra de Alegría, manifestando que ésta no sobreviviría al tiempo y que ahora tiene muy pocos lectores, casi inmediatamente después ¡desde España! salieron en defensa de Ciro Alegría, demostrándole a Bryce que acababan de publicarse nuevamente la obra del indigenista y que estaba muy vigente. No será necesario ir demostrando la actualidad que tiene no solo la obra de nuestro autor sino el mensaje social y político que encierra.
Sin embargo, y como es de esperarse, no es precisamente en el mundo oficial, el que maneja el poder y dicta las líneas en los medios de comunicación genuflexos, el que quiera destacar y rescatar la obra de Ciro Alegría, sino por el contrario, aún hoy intenta acallarla, silenciarla, enviarla al olvido, para no seguir oyendo los gritos de los sin voz. De otra manera no se explicaría por qué pasó tan silencioso el centenario de Alegría, que se cumplió precisamente esta semana.
Ciro Alegría nació un 4 de noviembre de 1909, en una alejada hacienda de Trujillo, se trasladó hasta esta capital para estudiar y muy pronto se interesó en la política, haciéndose militante aprista y participando activamente en diversas campañas que lo llevaron primero a la cárcel y luego al exilio en Chile. Precisamente durante su permanencia en el país sureño publica sus dos primeras novelas. Luego viaja por Estados Unidos, Puerto Rico y Cuba, al volver al Perú renuncia al Apra pero no abandona su vocación política, y es elegido parlamentario. Durante su infancia y juventud sufrió enfermedades que lo postraron mucho tiempo en cama. Murió en Lima en 1967, su viuda, la poeta cubana Dora Varona, inició luego un arduo trabajo que ha permitido que se publiquen varios libros inéditos de su esposo, labor que hasta hoy se mantiene.
La propia vida de Ciro Alegría podría ser tema y trama de una de sus novelas, una vida en la que se ha visto pasar la injusticia y el ansia de rebeldía, una suerte de ejemplo del compromiso que el artista debe tener con el mundo y el momento histórico que le ha tocado vivir.

martes 3 de noviembre de 2009

Claude Levi - Strauss (1909 - 2009)


Francisco Ayala (1906 - 2009)


Un poema de Fernando Pessoa







El amor es una compañía.



Ya no sé andar solo por los caminos,



Porque ya no puedo andar solo.



Un pensamiento visible me hace andar más de prisa



Y ver menos, y al mismo tiempo gustar de ir viendo todo.



Aun la ausencia de ella es una cosa que está conmigo.



Y yo gusto tanto de ella que no sé cómo desearla.



Si no la veo, la imagino y soy fuerte como los árboles altos.



Pero si la veo tiemblo, no sé qué se ha hecho



de lo que siento en ausencia de ella.



Todo yo soy cualquier fuerza que me abandona.



Toda la realidad me mira como un girasol con la



cara de ella en el medio.