viernes 30 de octubre de 2009

José Luis Ayala: poeta sin límites


Artículo que se publica en diversos periódicos en mi columna El barco ebrio.

Tal vez nadie sepa, a ciencia cierta, cuántos libros ha publicado José Luis Ayala; tarea más difícil sería clasificar su obra en los géneros que tradicionalmente se conocen como poesía, novela, cuento, ensayo o teatro, pues desde aquellos lejanos 1965 y 1966 en que aparecieron en Puno “Geografía del corazón” y en Arequipa “Viaje a la ternura”, respectivamente, hasta los seis libros que han aparecido este año (2009), mucha agua ha pasado bajo el puente y muchas historias nos ha contado este escritor ya de cabello cano pero de una fraternidad sin límites.
Un rápido repaso por notas biográficas, apuntes, ensayos y artículos que se ha escrito sobre Ayala dan cuenta que el poeta huancaneño ha publicado nada menos que 47 títulos, lo que ya lo convierte en uno de los autores más prolíficos de la literatura nacional. Nada más este año han aparecido “Juan Basilio Catacora Heredia, protomártir de la independencia americana” (Derrama magisterial, 321 p.), “Aymar marka, nación aymara” (Fondo editorial Cultura Peruana, 294 p.), “Yatiris, adivinos andinos” (Universidad Ricardo Palma, 321 p.), “Alberto Mostajo, delirio y tragedia de un poeta vanguardista y metafísico” (Arteidea, 184 p.), “Al fin y al cabo, poesía entre dos mundos” (Ediciones El nocedal, 136 p.) y “Sirenas del Titicaca, 100 cuentos breves para niños y niñas zahoríes” (AFA, 72 p.). (Ver: www.librosperuanos.com)
Este vistazo bibliográfico nos muestra ya un escritor que no solo ha ejercido el oficio creativo con la seriedad y seguridad de quien da pasos firmes sino de quien, además, ha madurado pacientemente su particular forma de ver el mundo, de percibir el sentimiento humano, disfrutar el arte y transmitir sus emociones. Pero en temas de literatura, y arte en general, no basta con tener entre manos una obra copiosa, sino que ésta debe estar bien escrita y seriamente documentada en lo formal, en lo estético debe ser pasible de asimilar y disfrutarse y en lo subjetivo debe transmitir el mensaje íntimo y personal que el autor requiere. Todas estas características cumple Ayala a cabalidad.
Es cierto que no todos los perceptores se hacen la misma idea, o captan el mismo mensaje, de la obra a la que se acercan, suele haber tantas interpretaciones o maneras de disfrutar como lectores hay. También es cierto que la vida del autor debe ser vista de diferente manera a sus obras. Así también no toda la obra de un autor es sobre saliente o mala, hay muy buenas obras como otras que no son tanto, y para ello están los lectores y los críticos (estos últimos siempre dudosos en sus conclusiones). Estas condiciones también se cumplen en José Luis Ayala.
Hay, sin embargo, algunas obras de Ayala que con el tiempo se están haciendo de imprescindible e imperiosa lectura, que reflejan su personalidad, exponen su forma de pensar y manifiestan su sensibilidad, pero sobre todo, hacen de José Luis Ayala un personaje, un hombre singular y un representante contemporáneo de la cultura aymara.
Precisamente “Aymar Marka, nación aymara” es uno de los libros en el que logra explicar desde diferentes puntos de vista cuál es la condición y perspectiva de la cultura aymara en este nuevo milenio, una cultura que se mantiene viva en todas sus manifestaciones, desde el idioma hasta su cosmovisión, en un territorio que abarca a cinco naciones, a pesar del permanente acoso del mundo occidental para desaparecerla. En la misma línea, pero desde la explicación e interpretación de un hecho histórico, “Morir en Ilave”, que narra la muerte del alcalde de Ilave a manos de una población enardecida, muestra a la cultura aymara en plena vigencia, haciendo de este libro un documento que hay que leer y aprender, para no cometer los mismos errores del pasado, ya sea desde la ilusión del poder o desde la dramática realidad de la subordinación.
Entre las biografías que ha escrito Ayala destaca la de Carlos Oquendo de Amat, el atormentado autor de “5 metros de poemas”, en la que incluye datos nuevos sobre el tránsito del poeta por Puno, Moho y Bolivia. Aunque algunos han criticado y observado ciertos datos del libro, el libro es fundamental para entender la vida y obra de aquel singular vate puneño. Otra biografía importante es la que dedica a Manuelita Sáenz, la mujer de aventuras y sustento emocional del libertador Simón Bolívar, y una biografía analítica es la que escribió sobre nuestro poeta universal César Vallejo.
El espíritu vanguardista de Ayala lo ha llevado a ensayar nuevos géneros literarios, como la que él mismo bautizó como cronivela o antilaveno, obras entre las que destacan “Cábala para inmigrantes”, una historia de viajes, exilios y nostalgias en forma de collages, poemas y prosas poéticas, presentadas en hojas sueltas dentro de una caja.
Pero es en la poesía en la que José Luis Ayala ha encontrado su personalísima forma de percibir su entorno y su interior. Tal vez sea “Jaqe Aru” (ser humano, en aymara) en el que alcanza su mejor voz poética, donde los versos en ese idioma milenario fluyen con una naturalidad que logran conmover al lector. “Poesía cotidiana, el poeta en Tlatelolco” es otro poemario donde la visión de Ayala se hace universal, inspirado en su visita a un lugar de profunda energía social.
Dentro de la poesía Ayala también ha logrado manifestar sus propuestas vanguardistas. Sin dejar de reconocer el primer paso dado por Oquendo de Amat al elaborar un libro de poemas en el que escritura y soporte se hacen un solo objeto de arte, José Luis Ayala ensaya “Lupigramas y solemas”, un disco en el que los versos se sobreponen al ser girado sobre otro mayor y permite lecturas diversas, a gusto del lector o al azar; y “Canto sideral” en el que los versos, escritos en tiras independientes en cada página, pueden combinarse también de manera infinita.
Como todo autor y hombre de su tiempo, José Luis Ayala ha sido centro de elogios y celebraciones, así como blanco de críticas, diatribas y hasta insultos, pero en lo que todos coinciden es en esa fraterna, entrañable y profunda amistad que brinda a quienes se le acercan, una amistad a la que no hay que faltarle el respeto, un afecto que, como su poesía, se manifiesta sin límites.
Foto: Con Ayala en su estudio de Lima.

miércoles 28 de octubre de 2009

Martín Adán, 101 años: Escrito a ciegas


¿Quieres tú saber de mi vida?

Yo sólo sé de mi paso,

De mi peso,

De mi tristeza y de mi zapato.

¿Por qué preguntas quién soy, Adónde voy?...

Porque sabes harto

Lo del Poeta, el duro

Y sensible volumen de ser mi humano,

Que es un cuerpo y vocación,

Sin embargo. Si nací, lo recuerda el Año

Aquel de quien no me acuerdo,

Porque vivo, porque me mato.

Mi Angel no el de la Guarda.

Mi Angel es del Hartazgo y Retazo,

Que me lleva sin término,

Tropezando, siempre tropezando,

En esta sombra deslumbrante

Que es la Vida, y su engaño y su encanto.

Cuando lo sepas todo...

Cuando sepas no preguntar...

Sino roerte la uña de mortal,

Entonces te diré mi vida,

Que no es más que una palabra más...

La toda tuya vida es como cada ola:

Saber matar,

Saber morir,

Y no saber retener su caudal,

Y no saber discurrir y volver a su principio,

Y no saber contenerse en su afán...

Si quieres saber de mi vida,

Vete a mirar al Mar.

¿Por qué me la pides, Literata?

¿Ignoras acaso que en el Mundo,

Todo de nadas acumuladas,

De desengrandar infinitudes,

No sino un trasgo

Eterno, sombra apenas de apetito de algo?

La cosa real, si la pretendes,

No es aprehenderla sino imaginaria,

Lo real no se le coge: se le sigue,

Y para eso son el sueño y la palabra.

¡Cuídate de su atajo!

¡Cuídate de su distancia!

¡Cuídate de su despeñadero!

¡Cuídate de su cabaña!

¿Quién soy?

Soy mi qué, inefable e innumerable

Figura y alma de la ira.

No, eso fue al fin... y era al principio,

Antes de donde el principio principia.

Soy un cuerpo de espíritu de furia

Asentada y de aceda ironía.

No no soy el que busca

El poema, ni siquiera la vida...

Soy un animal acosado por su ser

Que es una verdad y una mentira.

¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,

Con punzada en nervio y carne!...

Yo buscaba otro ser,

Y ése ha sido mi buscarme.

Yo no quería ni quiero ya ser yo,

Sino otro que se salvara o que se salve,

No el del Instinto, que se pierde,

Ni el del Entendimiento, que se retrae.

Mi día es otro día,

Algún no sé dónde estarme,

A dónde no sé ir en mi selva

Entre mis reptiles y mis árboles,

Libros y cementos

Y estrellas de neón.

Mujeres que se me juntan como la pared y como nadie... o como madre,

Y el recién nacido que sobre mí llora,

Y por la calle

Todas las ruedas

Reales y originales.

Así es mi día cabal,

Hasta la última tarde.

El Otro, el Prójimo, es un fantasma.

¿Existe el aire,

Donde te asfixias y recreas

Respirando, tu cuerpo inane?

¡No, nada es sino la sorpresa

Eterna de tu mismo reencontrarte

Siempre tú los mismos entre los mismos muros

De las distancias y de las calles!

¡Y de los cielos estos techos

Que nunca me ultiman porque nunca caen!

Y no alcancé al furor de lo divino,

Ni a la simpatía de lo humano.

Lo soy y no lo siento ni así me siento.

Soy en el Día el Solitario

Y el absoluto en la Zoología si pienso,

O como carnívoro feroz si agarro.

¿Soy la Creatura o el Creador?

¿Soy la Materia o el Milagro?

¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!...

¡Quién soy?

¿Lo sé yo acaso?

¡Pero no, el Otro no es!

¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!

¡Y con todos mis sueños resoñados,

Y con toda la moneda recogida,

Y con todo mi cuerpo, resurrecto

Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!...

¡Cuando no seas nada más que ser,

Si llegas a la edad de la agonía!...

¡Cuando sepas, verdaderamente,

Que es ayuntamiento de muerte y vida! ...

¡Entonces te diré quién soy,

Seguro sí, que ya sin voz, Amiga!

Que se curan con hierbas eficaces

Los puros animales que te hablan

Allá, entre piedras inmateriales

El mundo real y la ciencia humana,

Donde, con una pelota

Los muchachos aparentes hediondos gozaban.

Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,

En esa vida no estuvo mi nada,

Ninguna, pero real, pero celeste o volcánica.

¡Qué tarde llega el Tiempo

A su punto de olvido o de sensibilidad!

Viene arrastrando, como el aluvión,

De cúmulo, de suelo, de humanidad.

¡Cuán a destiempo llega uno a sí mismo!

¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,

Todo yo que cae con el Tiempo

Desde nunca siempre y para siempre jamás!

¡Qué madrugada eterna no dormida

Lo del resolverme en el hacer y en el pensar!

La Soledad es una roca dura

Contra la que arroja el Aire.

Está en cada pared de la Ciudad,

Cómplice, disimulándose.

Me arrojo o me arrojo, sin cesar

Yo soy mi impedimento y mi crearme.

La Poesía es, amiga,

Inagotable, incorregible, ínsita.

Es el río infinito

Todo de sangre,

Todo de meandro, todo de ruina y arrastre de vívido...

¿Qué es la Palabra Sino vario y vano grito?

¿Qué es la imagen de la Poética

Sino un veloz leño bajo un gato írrito?

Todo es aluvión.

Si no lo fuera,

Nada sería lo real, lo mismo.

El Amor no sabía

Sino tragarse su substancia

Y así la Creación se renovaba.

Todo me era de ayer, pero yo vivo;

Y a veces creo, y la

Vez me amamanta.

No soy ninguno que sabe.

Soy el uno que ya no cree

Ni en el hombre,

Ni en la mujer,

Ni en la casa de un solo piso,

Ni en el panqueque con miel.

No soy más que una palabra

Volada de la sien,

Y que procura compadecerse

Y anidar en algún alto tal vez

De la primavera lóbrega

Del Ser

No me preguntes más,

Que ya no sé...

Supe que no era lo que no era, no sé cómo, y todo era

Hasta la cosa de mi nada.

Y fui uno no sé cuándo,

Persiguiendo, por entre numen y maraña

Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con todas las armas,

Yo por todo paso que me hacía,

A ello persiguiendo... a la palabra

A cualquiera,

A la de la madriguera o a la que salta.

Si mi vida no es esto

¿Qué será la vida?...

¿Adivinanza?...

Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,

Y yo me reharé mi eternidad;

Lo que me falta,

Porque la eché... me estuvo un momento demás.

¿Sabes de los puertos encallados,

Del furor y del desembarcar,

Y del cetáceo con mojadísimo uniforme,

Que no nada y cae ya?

¿Sabes de la ciudad tanta,

Que me parece ciudad,

Sino cadáver disgregado,

Innumerable e infinitesimal?

Tú no sabes nada;

Tú no sabes sino preguntar,

Tú no sabes sino sabiduría

Pero sabiduría no es estar

Sin noción de nada, sino proseguir o seguir

A pie hacia el ya.

El fuego y la rosa

En junio publiqué en esta misma página la primera estrofa de este poema, hoy está concluido, aunque nunca se sabe con el poema de uno mismo. Como dijo Octavio Paz, uno puede hacer lo que quiere con su poema. Ahí va (por fin).


y el fuego y la rosa sean uno.
Eliot



1

Otoño vuelve, y se posa,
como una hoja amarilla
a mitad de esta página puntual.
Sobre esta
página descansan viento y tiempo exactos
y unos ojos que esto leen y escriben.
Otoño crece juntando palabras a través de mis huesos,
regando polen en las orillas de los caminos y el borde de las guitarras,
es la estación del silencio y esparce lluvia
como susurros, ardiendo, girando, cayendo,
inapelable como la palabra del moribundo.

Empujados por el amor, un amor sobresaliente y numeroso,
se acercan hasta las profundidades de sus pétalos,
blancos como destellos y esplendorosos como incendios,
para besarse, tocarse, introducirse uno dentro del otro.

Nada viene de lejos, nada es irrepetible,
cada sueño se profana en el fondo del corazón,
nada es transparente si hay fuego si hay tierra ardiendo
si hay manos abiertas. Recuerdos. Conciencia y memoria.
Quietud y dudas, escalofrío y entendimiento.
Oro y sombras envuelven sutilmente las afinidades del amor,
las heridas son de uno y otro,
el olvido alcanza a los amantes como frágiles relámpagos
y luego todo se diluye, como todo lo que viene,
en un suspiro de polvo y sueño.

Apenas una voz a la vez,
a veces unas voces,
sólo los vasos llenos interrumpen las sílabas,
así es el preámbulo, la invención de la aventura.
Hay también silencio en el acercamiento.
Hay silencio súbito sobre las palabras, silencio sobre las voces,
y hay distancias entre los avisos y las miradas.

Siglos pasan antes de que la flor abra sus ojos y sus pétalos,
Antes de que el fuego se acerque a sus ojos ausentes.

Flor asombrada por la tiniebla o el ardiente día,
flor de calor y perfume, néctar y luz,
magia y fantasía,
flor de la palabra y el aullido.



2

Es viernes
y el otoño ha quedado suspendido entre un cielo
celeste y un horizonte impreciso;
es un día espléndido
y será otro cuando leas, por fin,
este poema a punto de estallar,
y será otro día, otro tiempo,
y tu alma ha de extrañar lamentos y sonrisas, canciones y flores,
y será otro día y el mismo.

El tiempo no cuenta,
sin embargo,
desaparece, hacia el encuentro de su propia hora.
Reloj para el tiempo, para que importe y lleve
a uno y a otro de aquí a allá, para que se sepa
que hay un principio y un final en el mismo lugar en punto.

Ha pasado el tiempo, todo retorna, como en un círculo, para
volver a empezar bajo otra mirada y una mano encallecida,
y habremos de asomarnos al mar, donde todo florece.
Un profundo sueño anuncia la nueva estación,
el fuego,
la rosa,
y esta cabeza de invierno con ojos de mármol que todo lo sabe.

El amanecer es una nueva forma de volver.
Las heridas se abren en la piel y la sonrisa es otra herida profunda
que nadie entiende y que contagia.
Veo brillar en la otra orilla una fogata donde se consumen, sin yo saberlo,
el fuego y la rosa.
Arriba,
vuelve como una mirada inapelable,
el otoño,
santo y sabio otoño, cubierto de hojas y flores y viento.



3

No volveré mis ojos grises al jardín ardiente,
no hablaré de la niebla,
ni del mar que aguarda,
no arrancaré flores,
ni visitaré a las tristes muchachas a quien nadie saca a bailar,
no abordaré este tranvía retrasado que divide la vieja ciudad en dos viejas ciudades.
Un temblor de tierra vendrá de improviso a ordenar el caos.

Tengo un pasado maravilloso
pero nadie sabrá cuánto hice para que florezca mi cuerpo,
cómo pulsé un arpa de siete colores como un desquiciado, cuánto caminé por
los pedregosos caminos de mi inagotable país, y de qué manera
esperé en las esquinas el retorno del otoño. Y sigo moviendo pies y manos y ojos
para cuidar de la rosa sus pétalos delicados y del fuego su
corazón enloquecido, del mar su sabor a vejez
y del cielo los ojos de la mujer que me acompaña.



4

Entonces el otoño,
fresco y leal otoño,
abrió sus antiguos brazos azules haciendo crujir el silencio,
un aroma a hojas secas infló mis pulmones
hasta hacerlos reventar,
kantutas alegres quedaron regadas en el piso
y ella tocaba al piano un vals triste.

(Dondequiera que veía, dondequiera que viera,
mucho tiempo después, o mucho antes de que se inventaran las estaciones
del tiempo, esa melodía me habría de perseguir con una rara obsesión,
como cuando el mar vuelve para mojarnos los pies y nosotros lo esperamos.)

No había principio ni fin,
todavía brillaba aquella luz del amanecer/atardecer,
nadie podía borrar este paisaje,
la mirada se confundía con la escarcha de la rosa, y el fuego
con el rostro del sol.

Todo/nada
estaba dicho, la voz y los gritos,
el fuego y la rosa,
el leve aliento que nos invadía
cuando tus manos se abrían como árboles o como mentiras,
o como las cinco hojas memoriosas que caben en una lágrima.

lunes 26 de octubre de 2009

Ayala homenajeado

Leo en el diario Los Andes que a iniciativa del poeta Fernando Chuquipiunta se realizarán una serie de actividades culturales en la ciudad de Huancané, en honor al escritor José Luis Ayala, nacido en esa tierra del altiplano puneño. El acto central se cumplirá el próximo 19 de noviembre y participarán varios poetas, narradores y estudiosos de la obra del principal exponente de la poesía aymara contemporánea. Asimismo, se realizará una exposición de pintura con artistas también huancaneños y acompañarán los principales conjuntos de sicuris de la provincia.
El homenaje a Ayala, al que seguramente se sumarán las instituciones oficiales no solo de la provincia, sino también de la región, no hará más que ratificar el aprecio que se tiene a Ayala y la admiración que su prolífica obra ha despertado en el ámbito de la literatura peruana.
Como se sabe, Ayala ha publicado poesía desde muy joven, cuando aún pertenecía a ese inquieto grupo de poetas adolescentes que se llamó "Oquendo de Amat" allá por la década del sesenta del siglo pasado, y luego no dejó de publicar poemas en aymara y español, cuentos, mitos, novelas, crónicas periodísticas, ensayos literarios, estuidos históricos, biografías, propuestas de política cultural, además de ensayar géneros que contenían algo de novela y de crónica histórica, collages, libros objeto y otras alternativas que su imaginación y creatividad le impulsaban.
El homenaje a Ayala será también una nueva oportunidad para reencontrarse con los amigos. Allá vamos.
Foto: Ayala en su estudio, en Lima (foto de Alfredo Herrera)

jueves 22 de octubre de 2009

Rimbaud, ícono de la poesía simbolista

A propósito del aniversario del nacimiento de Rimbaud, este artículo se publica en mi columna El barco ebrio, en diferentes diarios impresos.

Por. Alfredo Herrera Flores

Cuando Jean-Arthur Rimbaud cumplía los diecisiete años ya había escrito el poema “El barco ebrio”. Uno de sus maestros de escuela, al leer sus trabajos escolares, había dicho que este muchacho podría ser un genio del mal, o un genio del bien. Antes había escrito otros poemas que lo impulsaron a querer integrarse a los exclusivos clanes literarios de París, escribió cartas a varios poetas, pero no obtuvo respuestas, lo que a su vez lo impulsó a adoptar actitudes irreverentes contra aquellos grupos oficiales donde se reunía poetas y artistas.
Su insistencia tuvo una respuesta por parte de otro genio, el poeta simbolista Paul Verlaine, quien le envió al joven Rimbaud un pasaje en tren a París. Se encontraron dos almas gemelas, se perdieron en alcohol y drogas por las malolientes calles de la capital francesa, escandalizando a todos, pero alimentando en el muchacho su espíritu desvergonzado y su genio sin límites. La relación terminó mal, Verlaine abandonó a su joven esposa para vivir con Rimbaud una relación tormentosa y violenta, llegaron juntos hasta Londres y allí, luego de una discusión, Verlaine le disparó a Rimbaud, éste cortó la relación y se marchó. Años después ambos serían llamados poetas malditos.
Entre tanto, el genio creativo de Rimbaud no descansó y a los veinte años ya había completado los conjuntos de poemas “Una temporada en el infierno” e “Iluminaciones”. El primer libro contiene algunos poemas que hablan de su relación con Verlaine y la crítica posterior lo reconocería como el primer libro simbolista moderno y punto de partida de todo un movimiento literario que desde París se extendería al mundo y cambiaría por completo la concepción de la poesía. El segundo libro contendría los primeros poemas llamados en verso libre, otra revolución en la forma de escribir poesía.
Luego Rimbaud dejó de escribir, salió de Francia y después de haber ensayado una serie de trabajos que lo llevaron por toda Europa y países por entonces tan lejanos y exóticos como Indonesia, Chipre, Yemen y Etiopía, cumpliendo trabajos burocráticos y hasta de traficante de armas, y sufriendo raras enfermedades volvió a París. Allí le amputaron una pierna a raíz de una sinovitis en la rodilla derecha y poco después de cumplir 37 años murió en Marsella, el 10 de noviembre de 1981.
Sobre las dos etapas de su vida se han tejido muchas historias y mitos, alimentadas por sus admiradores, que pronto lo convirtieron más que en un poeta maldito, lo hicieron un genio de la poesía moderna, y desde entonces así es visto por las nuevas generaciones. Sin embargo, esa fama no es solamente la forma como administró su corta vida, sino por la indiscutible calidad de sus poemas y, precisamente, “El barco ebrio” es una de las mayores muestras del simbolismo francés desde la segunda mitad del siglo diecinueve.
“El barco ebrio” es un poema de veinticinco estrofas de cuatro versos cada uno, escrito en primera persona, narra la etapa en que un navío va a la deriva luego de que sus gavieros, o sirgadores, fueran aniquilados por el pieles rojas. En su deambular y su bamboleante viaje marítimo sin guía, el barco, que asume la voz y conciencia del hombre, reflexiona sobre lo que visto, y sentido: “Yo conozco los cielos rajándose en relámpagos, y las trombas/ y las resacas y las corrientes: yo conozco la tarde,/ el Alba exaltada como un pueblo de palomas,/ ¡y he visto algunas veces lo que el hombre ha creído ver!”.
Pero el viaje no es fácil. A lo largo del poema Rimbaud recorre mediante metáforas y símbolos, las diferentes estancias del vida del hombre. Él mismo se ve retratado en esa embarcación ambulante y manifiesta sus temores, sus sueños y fraudes, y finalmente clama para que su tormento concluya: “¡Pero, cierto, que mucho he llorado! Las Albas son dolorosas./ Toda luna es atroz y todo sol amargo:/ el acre amor me ha hinchado torpores embriagantes./ ¡Oh que mi quilla estalle! ¡Oh que desaparezca en el mar!”.
El poema se convierte pronto en una oración de desesperanza. Si bien la figura del barco refleja la inestabilidad del hombre, es por momentos festivo y violento, sereno y templado, trágico y cómico, siniestro y adverso, y entre uno y otro extremo tiene tiempo para meditar y verse, a su vez, como espejo del hombre. A pesar de la vida escandalosa que lleva Rimbaud desde la adolescencia, cuando escribió este poema, de sus fugas de casa y enfrentamientos con su madre y maestros, no usa un lenguaje extremo ni soez, es fino, medita cada palabra, demuestra que conoce su idioma, y esa sensación de desesperanza se convierte, al fin, en derrota. Pero esa derrota no es trágica, sino de cansancio, de claudicación, de extenuación. No muere, sino que anuncia cambio.
La última estrofa es uno de los claros ejemplos de la poesía simbolista de entonces: “Yo ya no puedo, bañado por vuestras languideces,/ oh olas, seguir la estela de los cargueros de algodones,/ ni atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes,/ ni nadar bajo los horribles ojos de los pontones”.
Rimbaud nació un 20 de octubre de 1854, el segundo de cinco hijos de Fréderic Rimbaud, un militar que alcanzó medallas por su desempeño en la guerra que luego abandonó a Vitalie Cuif y sus hijos. A pesar de que la mujer intentó educar con mano férrea a los niños para ganarse el respeto de la villa de Charleville, donde se instalaron, Arthur no pudo contener su rebeldía, escapaba de la casa y protagonizaba escándalos en la escuela, pero su genio literario, por otro lado, le hacía ganar otro tipo de respetos. Al final de su vida, vivió con diferentes mujeres nativas de los países donde recalaba su espíritu aventurero.

martes 20 de octubre de 2009

Rimbaud: El barco ebrio

Un 20 de octubre de 1854 nació Jean-Arthur Rimbaud, a los 17 años escribió el poema El barco ebrio y se lo envió al poeta Verlaine, con quien luego protagonizaría una escandalosa y dramática relación. Al poco tiempo Rimbaud, más tarde conocido como uno de los poetas malditos, desapareció del mapa. Después murió (como todos, barco a la deriva, barco que encalla, barco que se hunde, barco ido).
El título del poema me ha impulsado a titular así mi columna de opinión cultural que se publica en diferentes diarios y revistas. Aquí el poema, el homenaje, el imposible recuerdo.

EL BARCO EBRIO

Cuando descendía los Ríos impasibles,
no me sentí guiado por los sirgadores:
los Pieles Rojas chillones los habían tomado por blancos,
habiéndolos clavado desnudos en postes de colores.

Me eran indiferentes todas las tripulaciones,
carguero de trigos flamencos o algodones ingleses.
Cuando con mis sirgadores terminó ese alboroto,
adonde yo quería ir me dejaron descender los Ríos.

En los chapoteos furiosos de las mareas,
yo, el otro invierno, más sordo que los cerebros de los niños,
¡corrí! Y las Penínsulas desamarradas
no han sufrido caos más triunfantes.

La tempestad ha bendecido mis despertares marítimos.
Más ligero que un corcho he bailado sobre las olas
a las que llaman rodadoras eternas de víctimas,
¡diez noches, sin añorar el ojo memo de los faros!

Más dulce que para los niños la carne de manzanas ácidas,
el agua verde penetró en mi cáscara de abeto
y de manchas de vinos azules y vómitos me lavó,
dispersando timón y rezón.

Y desde entonces, me he bañado en el Poema
del Mar, infundido de astros, y casi lechoso,
devorando los azures verdes; flotación lívida
y arrebatadora, un ahogado pensativo a veces desciende.

Donde, tintando de golpe las azulinas, delirios
y ritmos lentos bajo las rutilancias del día
más fuerte que el alcohol, más vastas que nuestras liras,
¡fermentan las rubicundeces amargas del amor!

Yo conozco los cielos rajándose en relámpagos, y las trombas
y las resacas y las corrientes: yo conozco la tarde,
el Alba exaltada como un pueblo de palomas,
¡y he visto algunas veces lo que el hombre ha creído ver!

He visto al sol bajo, manchado de horrores místicos,
iluminandolargos coágulos violetas,
parecidos a actores de dramas antiquísimos
¡las olas rodando a lo lejos sus temblores de álabes!

He soñado la noche vrede de nieves delumbrantes,
besar subiendo los ojos de los mares con lentitudes,
la circulación de sabias inauditas,
¡y el despertar amarillo y azul de fósforos cantores!

He seguido, meses enteros, semejante a vaquerías
histéricas, al oleaje en el asalto de los arrecifes,
¡sin pensar que los pies luminosos de Marías
pudieran forzar el mono de Océanos asmáticos!

¡He chocado, ¿sabéis?, contra increíbles Floridas
mezclando a las flores ojos de panteras con pieles
de hombres! ¡Arco iris tensos como bridas
bajo el horizonte de los mares, en glaucon rebaños!

He visto fermentar los marjales enormes, nasas
donde se pudre en los juncos ¡todo un Leviatán!
¡Derrumbamientos de aguas en medio de bonanzas,
y las lejanías hacia los abismos en cataratas!

Glaciares, soles de plata, olas nacaradas, ¡cielos de brasas!,
encalladuras ocultas al fondo de golfos oscuros
donde las serpientes gigantes devoradas por los chinches
caen, ¡árboles torcidos, con negros perfumes!

Yo hubiera querido mostrar a los niños estos dorados
del oleaje azul, estos peces de oro, estos peces cantantes.
-Espumas de flores han mecido mis fugas de las radas
e inefables vientos me han alado por instantes.

A veces, mártir cansado de los polos y zonas,
el mar cuyo sollozo hacía mi balanceo suave,
subía hacia mí sus flores de sombra con ventosas amarillas
y yo me quedaba, igual que una mujer de rodillas...

Casi isla, bamboleando sobre mis bordes las querellas
y el estiércol de pájaros ladradores de ojos rubios.
Y yo bogaba, cuando a través de mis lazos frágiles
los ahogados bajaban a dormir, ¡a reculones!

Y yo, barco perdido bajo los cabellos de las ensenadas,
arrojado por el huracán en el éter sin pájaro,
yo cual los Monitorer y los veleros de las Hanses
no hubieran pescado el esqueleto borracho de agua;

Libre, humeante, montado por brumas violetas,
yo que horadaba el cielo enrojecido como un muro
que lleva, confitura exquisita para los buenos poetas,
líquenes de sol y mocos de azur;

que corría, salpicado de lúnulas eléctricas,
plancha loca, escoltado por hipocampos negros,
cuando los julios hacían hundirse a garrotazos
los cielos ultramarinos de ardientes entonelamientos;

yo que temblaba, oyendo gemir a cincuenta leguas
el celo de los Béhémots y los Maelstroms espesos,
hilador eterno de inmovilidades azules,
¡añoro la Europa de los antiguos parapetos!

¡Yo he visto archipiélagos siderales! e islas
en las que los cielos delirantes están abiertos al remero:
-¿es en estas noches sin fondo cuando duermes y te exilas,
millón de pájaros de oro, oh futuro Vigor?

¡Pero, cierto, que mucho he llorado! Las Albas son dolorosas.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
el acre amor me ha hinchado torpores embriagantes.
¡Oh que mi quilla estalle! ¡Oh que desaparezca en el mar!

Si yo deseo un agua de Europa, es la de la charca
negra y fría donde hacia el crepúsculo embalsamado
un niño en cuclillas lleno de tristezas, suelta
un barco frágil como una mariposa de mayo.

Yo ya no puedo, bañado por vuestras languideces,
oh olas, seguir la estela de los cargueros de algodones,
ni atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes,
ni nadar bajo los horribles hojos de los pontones
.

lunes 19 de octubre de 2009

Leopold von Sacher-Masoch: El amor de Platón

En el número 466, correspondiente a este mes, de La Gaceta, el vocero editorial del Fondo de Cultura Econónica, de México, aparece el siguiente texto del escritor austriaco Leopold von Sacher - Masoch (1836 - 1895), famoso en su época por sus historias escandalosas, como su novela "La venus de las pieles", censurada por inmoral y malejemplo de las juventudes, luego más famoso porque su apellido Masoch dio origen al término psicológico "masoquismo", gracias a "ciertos comportamientos sexuales" de sus personajes. Si bien la psicología se lo ganó a sus predios, la literatura tiene la ventaja de rescatar sus páginas, casi con el mismo espíritu derivado de su aristocrático apellido.


Mamá:

Me preguntas por qué le tengo miedo al amor. Le tengo miedo porque temo a la mujer. Veo en la mujer algo hostil, se me presenta ante mis ojos como un ser completamente sensual y extraño, de igual modo que la naturaleza inanimada. Ambas me atraen y me repelen al mismo tiempo del modo más ominoso.
Sabes muy bien cómo me gustaba en las tardes tranquilas del verano quedarme sentado hacia la linde del bosque, cuando de a ratos se oía soplar el viento en un ligero susurro de las copas de los árboles encima de mí, mientras abajo, a ras del suelo, se percibía el grave zumbido de las abejas y abejorros y de las moscas doradas a través de la grama, y un poco más alto, en una ramita cualquiera, un pinzón cantaba su melodía, y desde lo más espeso del bosque venía hacia mí el sonido del mirlo. Entonces, me sucedía como si yo tuviera que ponerme a dialogar con la naturaleza en todo su esplendor, pero mis palabras no recibían respuesta, o esa respuesta se daba en un lenguaje que yo no podía entender. Veía entonces que la hiedra, que circundaba amorosa y pintorescamente al roble en un abrazo, le sorbía la médula al roble hasta que dentro de algunos años habría de tornarse hueco y pudrirse… y mientras tanto el suave aliento encima de mí iba a transformarse en tormenta y derribaría al roble, si el rayo no lo aniquilaba primero.
Veía también a los insectos bailar en el sol del atardecer y, súbitamente, veía también a los pinzones lanzarse a cazarlos; y más arriba graznaba el cuervo, que persigue al pinzón, y más alto vuela en círculos el águila que un día u otro ha de tomar por presa al cuervo, gracias a sus garras agudas y a sus alas poderosas.
A menudo me cruzaba por los campos y alegraba la vista con las florecillas azules del trigo, que asoman entre las amables espigas doradas, también con las hormigas que construyen sus terraplenes y con las perdices marrones que cuidan sus huevecillos variopintos. En realidad, los azulinos y las florecillas rojas, tanto como las amarillas que rodean el trigo, son una maleza con la que el grano debe sostener una dura lucha. Una vez encontré un caracol que había sido asediado por un batallón de hormigas, como los liliputienses sobre el durmiente Gulliver, y vi cómo el caracol se debatía en movimientos bruscos tratando de liberarse de las picaduras, aunque no lo habría de lograr. Y a la perdiz la ha de matar el zorro, mientras ella esté incubando sobre los huevecillos.
También el mar con su oleaje regular y armónico, sus formas amarillas por el sol y su entramado de algas verde claro, sus plantas acuáticas que parecen incitarme hacia él, se transformaría en algo frío y mudo que me encerraría en sus brazos si aceptara su llamado engañoso, y luego arrojaría mi cuerpo sin vida despreciativamente sobre la arena de la costa. Por cierto, el mar parece cantar amablemente, como si buscara adormecerte, con un suave sonsonete a modo de canción de cuna, pero se trata de un lamento de muerte escenificado por la naturaleza. Su voz es la voz de la pudrición, ésa es la que escucho. Sus olas te quitan la tierra debajo de los pies, y también las piedras, pues con su fuerza ahuecan los acantilados donde se halle una cruz, y una vez que rompen algún dique anegan tierra, animales y personas.
Y la mujer, ¿qué es lo que quiere cuando me atrae hacia su pecho, que, como la naturaleza, intenta tomar mi vida para crear nuevas criaturas y así darme de ese modo la muerte? Sus labios son como las olas del mar, ellos atraen, acarician y adormecen… y el fin es la exterminación. Búrlate tan sólo de mi idealismo; se trata, en verdad, de lo mejor que uno pueda poseer en esta vida, cuyo objetivo nadie conoce, nadie analiza, que parece existir sólo para su propio fin, y a quien el amor parece serle dado como aditivo, de modo de continuarse en un nuevo ser, que se entusiasma con el calor del sol y el frío de la luna y de las estrellas, y que, además, recibe a la muerte como si fuera un ladrón, como también nosotros la recibimos.

Tu H.

domingo 18 de octubre de 2009

Nefertiti: reina revisitada


Entre los desastres que dejó la Segunda Guerra Mundial, además de millones de muertos y otro tanto de sobrevivientes de campos de concentración, traumas sociales que hasta hoy afectan a todo el mundo, ciudades en escombros, está la destrucción de obras de arte. Mucho se ha ido reconstruyendo y recuperando, sabemos que las vidas no, y entre esas reconstrucciones, que parecen resucitaciones, está la reaparición de la reina egipcia Nefertiti, en su renovado salón del también renovado neues Museum, de Berlín (Alemania).
Hace setenta años los bombardeos aliados dejaron debastada la ciudad, y dentro de ella el museo que se había inaugurado en 1859. Hace solo dos días, después de que en los últimos seis años se hicieran millonarios trabajos de restauración, el museo ha reabierto sus puertas y nada menos que 16 mil personas ya han entrado a visitar a la principal huésped, la reina Nefertiti.
El busto de la esposa del faraón Ajnatón, o Amenofis IV, es una pieza en piedra caliza policromada de 34 siglos de antigüedad, descubierta a orillas del Nilo en 1912 por el arqueólogo Ludwig Borchardt, y ha sido siempre una polémica obra de arte. La reina no está en su casa, pero igual recibe las visitas con esa mirada serena y altanera de dama intocable.

sábado 17 de octubre de 2009

Ciudades

Ciudades,
caminos, plazas públicas, paisajes,
hombres y mujeres, niños, árboles, ancianos,
hombres y mujeres en constante movimiento
pueblan las ciudades. Si se las ve desde las colinas se
puede notar cómo florecen pensamientos y palabras, gritos y murmullos,
y se puede sentir el aroma de sus cuerpos y sus promesas.
El aire se llena de ojos y alguien arma un andamio
para pintar colores en el cielo.
Camino por las ciudades, entre hombres y mujeres,
por lugares que nadie visita a pesar de morir por las tardes y
regar amor indiscriminadamente
en los mismos lugares que visito.
Y si se les ve desde abajo se puede
sentir el agrio sabor de la desesperanza.
Camino por las ciudades,
llego a ellas por sus colinas,
desde abajo. No las abandono.
Muero. Camino.
Inédito de mi libro Diario de Miranda
Foto: Lima

viernes 16 de octubre de 2009

Nuevo libro de Bladimiro Centeno

Transcribo del blog de Ricardo Ayllón, impulsor de ornitorrinco editores, la siguiente nota que anuncia la aparición de "Días secretos", interesante libro de relatos del puneño Bladimiro Centeno:
Los sucesos del amor, en el arte narrativo, pueden recrearse de distintas formas. En Días secretos, hallamos un retablo de historias con aquella sugerente unidad que involucran las relaciones clandestinas, las madrugadas solapadas, las pasiones encubiertas. Todo ello erigido por una diversidad de voces que consiguen adentrarnos en el susurro cómplice de la infidencia, logrando la armonía buscada por la intencionalidad temática del autor. Con cuentos en los que hombres y mujeres nos veremos sin duda reconocidos, este es un conjunto que surge de los pertrechos de lo ficcional con toda la intención de rasgar el espíritu del lector y dejar en él una cicatriz invisible pero innegable.
Bladimiro Centeno Herrera ofrece ahora su primer conjunto narrativo con el delicado equilibrio que merecen las historias bien escritas, aquellas que no descuidan el manejo de los diálogos, la mirada vigilante en el trazo sicológico de los personajes y el hábil encauzamiento de las situaciones. Días secretos es, por todo esto, garantía de una cautivadora aventura íntima, aquella que cada lector gustará de cotejar con la bitácora de su propia vivencialidad.
Bladimiro Centeno Herrera (Yunguyo-Puno, 1970). Estudió Literatura y Lingüística en la Universidad Nacional de San Agustín (Arequipa), y actualmente es docente de la Universidad Nacional del Altiplano (Puno). En 1995, ganó el segundo premio de cuento en el Concurso Nacional de Cuento y Poesía organizado por la Municipalidad Distrital de Paucarpata. Ha publicado El imaginario de la palabra (2003) donde reúne varios artículos de crítica literaria, algunos de los cuales han aparecido en revistas locales (Pez de oro, Revista Universitaria) y nacionales (Apóstrofe y Revista Peruana de Literatura). Días secretos contiene doce cuentos que el autor ha querido liberarlos después de años de búsqueda expresiva

martes 13 de octubre de 2009

Mar de la intensidad


En el mar del sur
hay lluvia de palabras,
canto incompleto.
Un paisaje se dibuja mar en el color de tus aguas mansas, un paisaje se diluye en el color de tus aguas violentas. El tiempo habita también tus aguas, paciente, con un poder oculto y silencioso, listo para aniquilar el sueño y atormentar a las criaturas con su capacidad de dejar huellas, marcas, arrugas. Es otra guerra, más letal, desgarrada, ciega y sin pausa, pero es la misma historia, mar. Y cada cita, cada encuentro, cada vez que el desamparo acecha, el tiempo vuelve, hacia el principio, o el final.
Todos tenemos heridas causadas por el tiempo. La muerte nos sigue los pasos. El mar es buena tumba. Ah sepultura, mar de la serenidad, acógeme como a un puñado de flores.
Nadie espera, salvo alguna palabra de despedida, una voz funeral, una humedad y el hastío. El mar nos acoge, libre, como en un sueño.
Cada palabra que se une al poema merece un canto. Hay un viejo y ciego vigía que las ordena, haciendo uso de un secreto y antiguo don. El sueño se precipita, denso y mudo, nosotros somos todo y ninguno, frecuentes, habitantes y herederos de la costumbre, el sueño es una hazaña que se celebra al alba, con el tenue sonido de las olas. Ah rumor de las olas.


Inédito de mi libro Mar de la intensidad

domingo 11 de octubre de 2009

Premio de poesía en Lampa




Está en marcha la Primera Bienal de Arte "Víctor Humareda Gallegos, 2009", en homenaje al genial e inmortal pintor lampeño, en las áreas de pintura, cuento y poesía. En los tres casos hay tres primeros premios, de tres, dos y mil soles, respectivamente, y se conformarán jurados provenientes de las principales universidades del país y de las editoriales que auspician la convocatoria. Los premios se convocan como parte de un nuevo encuentro de escritores que se desarrollará en Lampa, del 5 al 7 de diciembre próximos, y que espera contar con la presencia de importantes exponentes de la literartura, la pintura y la crítica cultural.
La convocatoria está por convertirse en una de las principales actividades culturales del país, y se trata de un esfuerzo importante de una de las municipalidades más pequeñas del Perú pero depositaria de un gran patrimonio cultural, arquitectónico y artístico.
Ahora, según nuestro interés, publicamos las bases para el premio de poesía. Así que a afilar lápices y participar en la nueva aventura.

Bases de Poesía
1. Pueden participar todos los peruanos y extranjeros, sin distinción, siempre que las obras hayan sido escritas en español y se envíen en este idioma.
2. El tema, metro y rima son libres.
3. Los poemas deben conformar un poemario inédito –se considerará inédita la obra que haya sido publicada parcialmente por cualquier medio–. La extensión mínima será de 300 versos y la máxima de 900. Deben presentarse mecanografiados por una sola cara en papel A4, a espacio y medio entre líneas. En caso de que se escriba en computadora, deberá usarse letra Arial 12.
4. Los participantes concursan bajo seudónimo.
5. El poemario se presentará en cinco ejemplares legibles, debidamente compaginados, foliados, y anillados o “espiralados”. Éstos deberán estar acompañados por un sobre tamaño carta o similar cerrado, que en su exterior consigne el correspondiente seudónimo, y en el interior los nombres y apellidos del autor, número de documento de identidad, lugar de nacimiento y dirección domiciliaria, dirección electrónica y teléfono, así como un breve resumen biográfico. También incluirá un CD en versión digital del poemario.
6. Los concursantes podrán presentar más de un poemario al concurso, siempre que lo hagan en sobres separados y con seudónimos diferentes.
7. El soporte electrónico, los cinco ejemplares del poemario y el sobre tamaño carta o similar con los datos biográficos del participante deberán guardarse en un sobre manila. Éste deberá presentarse o remitirse por correo postal. Cada participante tiene como fecha límite el 21 de noviembre de 2009 a las 18:00 horas para entregar personalmente en la oficina de secretaría de la Municipalidad de Lampa. El sobre cerrado estará dirigido a la siguiente dirección:
Señores:
Municipalidad Provincial de Lampa,
I Bienal de Arte “Víctor Humareda Gallegos” 2009.
Plaza de Armas,
Lampa- Puno. Perú.
8. Los premios serán:
Los premios no podrán declararse desiertos, y serán:
Primer Puesto: Premio Nacional de Poesía “Víctor Humareda Gallegos” de Oro 2009 y 3,000.00 (tres mil nuevos soles).
Segundo Puesto: Premio Nacional de Poesía “Víctor Humareda Gallegos” de Plata 2009 y 2,000.00 (dos mil nuevos soles).
Tercer Puesto: Premio Nacional de Poesía “Víctor Humareda Gallegos” de Bronce 2009 y 1,000.00 (un mil nuevos soles).
Finalistas:
Serán solo nueve los finalistas, a quienes se les otorgará Diplomas de Honor a nombre de la I Bienal de Arte Premio Nacional “Víctor Humareda Gallegos” 2009 y la Municipalidad Provincial de Lampa.
9. El Jurado Calificador estará integrado por un representante de cada una de las siguientes instituciones: Universidad Nacional Mayor de San Marcos - Lima, Universidad Nacional de San Agustín – Arequipa, Universidad Nacional del Altiplano – Puno, Universidad Autónoma de Barcelona (España), Grupo Editorial “Hijos de la Lluvia” y LagOculto Editores. El fallo del jurado será inapelable y se dará a conocer durante el desarrollo del II Encuentro Nacional de Escritores Peruanos “Lampa: El lugar de mis sueños” 2009, en las instalaciones del Salón Consistorial de la Municipalidad de Lampa, el 07 de diciembre de 2009. En la misma fecha se dará a conocer el día de la premiación.
10. Los poemarios ganadores y los poemas de los finalistas que el Jurado Calificador recomiende por su calidad serán publicados en un solo volumen por la Municipalidad Provincial de Lampa (bajo los sellos editoriales “Hijos de la lluvia & LagOculto Editores), que se reservan los derechos para la primera edición por el periodo de tres años y para publicaciones antológicas y por Internet sin límite de tiempo. Salvo esta reserva, los derechos de autor pertenecen totalmente a los premiados.
11. Los trabajos no seleccionados deberán ser recogidos en la Municipalidad de Lampa entre el 09 de diciembre y el 31 del mismo mes de 2009. Cumplido el plazo, los participantes no podrán exigir su devolución por ningún motivo. Finalizado el concurso, los trabajos que no hayan sido recabados serán incinerados.
12. La participación en este certamen implica la aceptación de todos los puntos antes señalados.
13. Cualquier caso no previsto en las presentes bases se resolverá a criterio del Jurado Calificador y de los organizadores.
Fotos: Templo de Lampa y típica imagen del pintor Víctor Humareda.

viernes 9 de octubre de 2009

Álvaro Mutis o el viaje a la nada


Este artículo se publica en mi columna de diarios impresos El barco ebrio


A Feliciano Padilla

Uno de los personajes más extraños y entrañables de la literatura latinoamericana es un marino de origen ambiguo y destino incierto, que ha recorrido todos los puertos de mar y ríos, y posee una capacidad de análisis sobre lo que pasa a su alrededor y en el interior de las personas. Maqroll el Gaviero, se llama este solitario personaje creado por el escritor colombiano Álvaro Mutis (1923) y que ha marcado un sentimiento de aventura en muchos de sus lectores y un aprendizaje de alto nivel en la escritura de no pocos autores jóvenes.
Álvaro Mutis ya ha recorrido una larga vida dedicada a la literatura y ha escrito desde poemas hasta novelas, pasando por relatos cortos y crítica literaria y de cine, pero en todos sus escritos, salvo en algunos cuentos, el hilo conductor, el denominador común, es El Gaviero y sus aventuras, sus negocios imposibles, sus amores tormentosos pero leales y perpetuos, sus amigos fieles y las ciudades por donde ha ido y ha dejado un poco de su vida.
El Gaviero es uno de esos personajes de los que se habla como si fueran personas de carne y hueso. Tanto el autor como el lector coinciden en esa sensación de estar frente a las aventuras de un ser humano. No es precisamente una suerte de alter ego de Mutis, pero sí un buen referente para verse reflejado como ser humano y analizar sus reflexiones, que suelen ser las que de manera común se hacen los hombres.
No es oportuno entrar en detalle sobre el papel de la literatura en la vida social del hombre, ni de rebuscar entre líneas la forma de pensar del autor. La obra narrativa de Mutis es un ejemplo de interés por la creación, por transmitir ese espíritu viajero a través de un personaje solitario y atormentado por sus propios demonios, un ejemplo que va en la línea de Melville, Swift, y entre los últimos Hemingway, que escribieron como si estuvieran en un barco, en una selva o en una isla abandonada, como diría Ernesto Sábato.
Luego de que en el 2001 se le otorgara al colombiano el Premio Cervantes de Literatura, la obra de Mutis no solo se conoció y difundió más, sino que adquirió un nivel mayor al conocerse también mejor al propio Mutis, viajero impenitente y culto conversador. Entre los libros publicados está, precisamente, “Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero” (Alfaguara, 2002), que reúne las novelas donde se narran las aventuras de este marino y que se presentan como una saga que se inicia en 1986 con “La Nieve del Almirante” y concluye, por ahora, en 1993, con “Tríptico de mar y tierra”.
La primera novela es una metáfora sobre lo que las personas alcanzamos en o con la vida y puede resumir el espíritu de las otras. En “La Nieve del Almirante”, Maqroll el Gaviero relata a través de un diario su travesía de cuatro meses surcando un río, desde las llanuras amazónicas hasta las montañas de la cordillera, para hacer un negocio de compra de madera. Al llegar encuentra las famosas factorías pero nadie le abre las puertas, él no insiste y retorna. No ha conseguido nada.
Sin embargo, a los largo de su viaje, ha soportado la inclemencia de la selva, un espacio para el que no está hecho, se ha sorprendido con otras formas de vida al cruzarse con nativos amazónicos, ha tocado la soledad, se ha enfrentado a la corrupción, ha visto morir a sus amigos, se ha enfrentado a una enfermedad de muerte y ha sorteado el peligro de los rápidos, cascadas, remolinos y tormentas extraordinarias de la selva.
Probablemente así sea la vida. Un recorrido largo, escabroso, sinuoso, peligroso, en el que vamos no solo sorteando los riesgos, sino también disfrutándolo, conociendo amigos, amando y odiando, viendo aparecer y desaparecer personas, hasta llegar a un punto en el que nada tenemos en las manos, salvo todo lo que se ha acumulado en el corazón.
Pero es precisamente este conocimiento, este aprendizaje, la experiencia de la vida, el mayor descubrimiento que como seres humanos podemos alcanzar. Solo eso nos llevamos. El propio Gaviero reflexiona al final de su viaje, en el que además ha perdido a la única razón para continuar viviendo, una enigmática mujer que administraba un restaurante en lo más alto de la cordillera, que guardaría en el corazón y la memoria lo vivido en el inútil viaje y en las enseñanzas que cada personaje fue dejando en él, incluida la selva.
Las otras novelas de Mutis son igual de impetuosas, aventureras, dramáticas, y están escritas en un lenguaje culto e ilustrativo, sin embargo son una ampliación de la metáfora inicial, son un viaje a la nada, un emprendimiento que acaba con profundas decepciones, pero riquísimas en lecciones de vida, en afectos y lealtades, valores que han ido desgastándose justamente porque vivimos al margen de nosotros mismos, cargamos con nuestra propia soledad, mostramos las máscaras y no nuestra verdadera sonrisa.
“Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero” debe ser vista como una saga mayor, es un mundo particular visto por Mutis de la misma manera que Onetti vio la desgracia humana a través de una ciudad, Santa María. Esa saga es la vida misma y no hay temor a decir que esa misma saga es la propia literatura, el otro lado de la vida.

jueves 8 de octubre de 2009

Un texto de Herta Müller: Premio Nobel de Literatura 2009




LA AGUJA

Aún hay luz en casa del carpintero. Windisch se detiene. El cristal de la ventana reluce. Refleja la calle. Refleja los árboles. La imagen atraviesa la cortina.
Penetra en la habitación por entre los ramilletes de encaje. Junto a la estufa de azulejos hay una tapa de ataúd apoyada en la pared. Aguarda la muerte de la vieja Kroner. Su nombre está escrito sobre ella. Pese a los muebles, la habitación parece vacía entre tanta claridad.
El carpintero está sentado en una silla de espaldas a la mesa. Su mujer, de pie ante él, se ha puesto un camisón de dormir a rayas. Tiene una aguja en la mano. De la aguja cuelga un hilo gris. El carpintero tiene el dedo Índice estirado hacia ella. Con la punta de la aguja, su mujer le quita una astilla de la carne.
El dedo sangra. El carpintero lo contrae. La mujer deja caer la aguja. Baja los párpados y ríe. El carpintero le mete la mano bajo el camisón. Se lo levanta. Las rayas se enroscan. El carpintero recorre los senos de su mujer con el dedo sangrante. Los senos son grandes. Tiemblan. El hilo gris cuelga en la pata de la silla. La aguja se balancea con la punta hacia abajo.
J unto a la tapa del ataúd está la cama. La almohada es de damasco, con lunares grandes y pequeños. La cama está tendida. La sábana es blanca, y el cubrecama también. La lechuza pasa volando ante la ventana. Con un largo aletazo recorre el cristal. Su vuelo es crispado.
Bajo la luz oblicua, la lechuza se duplica. Inclinada, la mujer va de un lado a otro ante la mesa. El carpintero le mete la mano entre las piernas. La mujer mira la aguja que cuelga. La coge. El hilo se balancea. La mujer deja resbalar su mano por el cuerpo. Cierra los ojos. Abre la boca. El carpintero la lleva a la cama cogida por la muñeca. Tira sus pantalones sobre la silla. El calzoncillo parece un remiendo blanco entre las perneras. La mujer alza los muslos y dobla las rodillas. Su vientre es de pasta. Sus piernas forman una especie de bastidor blanco sobre la sábana. Encima de la cabecera cuelga una foto en un marco negro. La madre del carpintero apoya su pañuelo de cabeza contra el ala del sombrero de su esposo. En el cristal hay una mancha. Sobre la barbilla de la madre, que sonríe desde la foto. Sonríe ya próxima a la muerte. A un año escaso. Sonríe hacia una habitación situada pared por medio.
La rueda del pozo gira porque la luna es enorme y bebe agua. Porque el viento se enreda entre sus rayos. El saco está húmedo. Cuelga sobre la rueda trasera como un cuerpo dormido. «Como un muerto cuelga detrás de mí este saco», piensa Windisch.
Windisch siente su sexo tieso y contumaz pegado al muslo.
«La madre del carpintero se ha enfriado», piensa
Windisch.


De: "El hombre es un gran faisán en el mundo"

miércoles 7 de octubre de 2009

Cintio Vitier, brevísima muestra final


El poeta cubano Cintio Vitier falleció el primer día de este octubre opaco y frío, a los ochenta y ocho años. Ya considerado como una leyenda en el ámbito latinoamericano, en la misma Cuba era más bien un referente de nobleza, lealtad y ética, además de ser el poeta del amor filial y la rebeldía. Su poesía es una fina muestra de buen uso del idioma, sin renunciar a las particularidades del hablar caribeño, del lenguaje culto y la metáfora sugerente.
Una breve muestra, de su poesía:
Ahora que empieza a caer, del cielo...
A mi esposa

Ahora que empieza a caer, del cielo
de nuestra vida, que sólo nosotros podemos ver,
profundo, estrellado, carne y alma nuestra,
ese polvillo sagaz en tu nocturno pelo,
ahora que el lápiz finísimo, grabando
una medida sagrada, una cantidad misteriosa
del vino que sube en la jarra de la ofrenda,
empieza a trazar, junto a tus ojos, vivos
como ciervos bebiendo en el agua extasiada,
junto a tus labios que han dicho todas las palabras que adoro,
las huellas del tránsito de nuestra juventud,
ahora, lleno de un fuego y de un peso de amor que desconocía
porque estábamos engendrándolo secretamente en nuestro corazón
y es algo mucho más terrible y precioso que el amor
que diariamente conocíamos,
ahora, mujer, ahora, destinada mía,
es cuando quiero hacerte un canto de amor, un homenaje,
que dice únicamente así:
Te amo, lo mismo
en el día de hoy que en la eternidad,
en el cuerpo que en el alma,
y en el alma del cuerpo
y en el cuerpo del alma,
lo mismo en el dolor
que en la bienaventuranza,
para siempre.
La obra...
Mientras más guardo en mis despensas, soy más menesteroso,
siempre ante el mismo muro, de nada me han servido
las lámparas que encendí. Es de noche. Estoy solo.
Las estancias aun tibias del festejo desiertas,
ni un gesto, ni una sílaba, ni un aroma, podrían ayudarme.
Tengo que hacerlo todo otra vez, de la raíz
para encontrar al cabo que no poseo nada,
que el pabellón oscuro se inclina a la intemperie.
Pienso en la santidad de los lugares...
Pienso en la santidad de los lugares
que nos han recibido y que dejamos
quién sabe a qué parejas o a cuáles solitarios
tan distantes de nosotros como astros
y que sin saberlo continuarán los gestos
que entre las cosas quedaron inconclusos,
y pienso en las costumbres de las cosas, criaturas
de este mundo pequeño, interminable,
que no acabamos nunca de palpar, a tientas
bajo el sol deslumbrante o la callada luna,
desconocidas lámparas de lo desconocido
con nuestras huellas dactilares: jarras,
libros, esquinas, nubarrones, árboles,
el mar, el sillón, el espejo, la noche,
todo lo que llamamos la vida sin saber
qué significa siquiera la palabra
que no es una palabra sino música
oída sólo en sueños, o un instante
de ese llamado amor que nos sorprende y cae,
roto en risa entre las piedras.

lunes 5 de octubre de 2009

Mercedes Sosa (1935 - 2009)

Con Eduardo Falú y Ernesto Sábato, en 1998


In memoriam

sábado 3 de octubre de 2009

Un poema de Idea Vilariño


Cuando una boca suave boca dormida besa
como muriendo entonces,
a veces, cuando llega más allá de los labios
y los párpados caen colmados de deseo
tan silenciosamente como consiente el aire,
la piel con su sedosa tibieza pide noches
y la boca besada
en su inefable goce pide noches, también.
Ah, noches silenciosas, de oscuras lunas suaves,
noches largas, suntuosas, cruzadas de palomas,
en un aire hecho manos, amor, ternura dada,
noches como navíos...
Es entonces, en la alta pasión, cuando el que besa
sabe ah, demasiado, sin tregua, y ve que ahora
el mundo le deviene un milagro lejano,
que le abren los labios aún hondos estíos,
que su conciencia abdica,
que está por fin él mismo olvidado en el beso
y un viento apasionado le desnuda las sienes,
es entonces, al beso, que descienden los párpados,
y se estremece el aire con un dejo de vida,
y se estremece aún
lo que no es aire, el haz ardiente del cabello,
el terciopelo ahora de la voz, y, a veces,
la ilusión ya poblada de muertes en suspenso.