miércoles 30 de septiembre de 2009

Los premiados por El Búho

El semanario arequipeño El Búho acaba de dar los resultados de su ya esperado concurso anual de cuento, poesía y ensayo, esta vez con interesantes nombres entre quienes han intentando colocarse en lo alto del podio, como Luis Ormachea que repite el plato. Felicitaciones a los ganadores, pero más a El Búho y a los de El Búho.
En la categoría de Cuento:
La destacada escritora María Teresa Ruiz Rosas recibió el encargo vía Internet en su residencia en la lejana Alemania. El trabajo la sorprendió en medio de presentaciones de su más reciente novela La mujer cambiada pero se dio el tiempo necesario para la misión. Finalmente, su veredicto llegó vía e-mail a las 7 de la mañana (hora peruana) del día deadline, para unirse a las deliberaciones entre Eduardo Ugarte y Chocano, director del Museo de Arte Contemporáneo y uno de los promotores culturales más reconocidos de la ciudad; y nuestro editor Jorge Álvarez, representante de esta casa, quienes llegaron a un consenso luego del debate de rigor.
Finalmente, hubo unanimidad frente al trabajo ganador. “Noveno Piso”, el relato de un hombre devastado por una enfermedad que lo carcome y que decide resolver sus desdichas de un solo brinco, fue el elegido por la narrativa intensa de su autor, parapetado tras el seudónimo de “Nictólatra”. Enorme fue la sorpresa al descubrir que el cuentista era Luis Ormachea Azpilcueta, ganador de nuestra edición del año pasado. Lo justo es lo justo. Se determinó que otros tres trabajos merecían una mención honrosa por ser historias notables. Y para ellos también va la gloria.
Primer puesto: Luis Ormachea Azpilcueta por su cuento Noveno piso
Mención honrosa: Dennis Arias Chávez por su cuento El saca alma
Mención honrosa: Yuliana Carpio Acevedo por su cuento Postales en blanco y negro
Mención honrosa: César Augusto Álvarez Telles por su cuento El grito de las campanas

Categoría Poesía:
En Cusco, el poeta Luis Rodríguez Castillo recibía también por e-mail los trabajos presentados a concurso para analizar su calidad. Él, como jurado de la categoría Poesía, debía coordinar con sus colegas de pluma, Luz Vilca Mamani y José Gabriel Valdivia, quién era merecedor este año del primer premio. La elección no fue nada sencilla, ya que estos vates hicieron distinciones sobre la métrica, el ritmo, la intención y claro, lo intangible de la poesía, esto último a veces lo más bello de los versos bien escritos.
Nuevamente en el límite del tiempo pactado, los acuerdos llegaron a buen destino y los poemas fueron escogidos, entre ellos el que sería el número uno: el primer puesto de esta justa literaria. El título “Viaje sobre el nido del cuco” recordaba un poco a la notable cinta de Milos Forman “Alguien voló sobre el nido del cuco” y en medio de tanta presencia fantasmagórica, el seudónimo del ganador no podía ser otro que “Cooco”. Su verdadera identidad fue revelada y se trata de Grover Alberto Anco Silva. No, no es un fantasma.
Primer puesto: Grover Alberto Anco Silva por su texto Viaje al nido del cuco
Mención honrosa: Wilbert Mario Ccoto Tunqui por su texto Los alquimistas de la naranja emasculada
Mención honrosa: Kreit Mayer Vargas por su texto Alicortado

En la categoría Ensayo:
En esta edición de nuestro concurso, el jurado de la categoría Ensayo Breve fue el que más tiempo se tomó para deliberar. Tanto Patricia Salas O’Brian, como José Lombardi Indacochea y César Delgado Díaz del Olmo fueron los últimos en entregar su fallo. Pero no era para menos. Los debates fueron intensos sobre las características que reunían los trabajos. Finalmente, y en agotadora jornada, los jurados decidieron que este año el primer puesto se declaraba Desierto. Sin embargo, quisieron darle menciones especiales a dos ensayos: “Pasión y muerte de la Modernidad Hidalga”, escrito por WYZ y “Escribir desde el cuerpo” de Eros Andino, cuyas verdaderas identidades fueron descubiertas al abrir los sobres. Son César Félix Sánchez Martínez y Gregorio Torres Santillana.
Primer puesto: Desierto
Mención honrosa: César Félix Sánchez Martínez por Pasión y muerte de la Modernidad Hidalga
Mención honrosa: Gregorio Torres Santillana por Escribir desde el cuerpo

La ceremonia de entrega de premios será este viernes 2 de octubre, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Arequipa-2009, recibiendo los primeros puestos de cada categoría su respectivo premio de mil quinientos nuevos soles, además del aplauso de todos. Será una verdadera fiesta.

*Fuente: semanario El Búho.

martes 29 de septiembre de 2009

EL Inca Garcilazo ¿boliviano?



El Inca Garcilazo de la Vega, célebre autor cusqueño de "Comentarios Reales", el primer peruano mestizo que hace cuatroscientos años publicó el también primer libro peruano de alcance universal, ¿es visto ahora también como boliviano? No, no es para tanto, aunque algo deja entrever el historiador hispano - boliviano Joseph Barnadas, que acaba de publicar "Biblioteca boliviana antigua", según informa EFE y recogen revistas culturales como "Revista Ñ".
Según comentaristas y especialistas, la obra de Barnadas es "monumental" y recoge casi 3000 obras impresas que hablan de Bolivia, de su cultura, historia e interpretan su esencia como sociedad, nación o país. Claro que hace cuatroscientos años no existía Bolivia, territorio incluido en el Virreynato del Perú con el nombre de Charcas y luego Alto Perú y antes en el Tahuantinsuyo inca, y sí muchas manifestaciones culturales que hasta hoy se mantienen, con los cambios naturales que influye en tiempo. Sin embargo, el propio Barnadas se adelanta a calmar posibles celos peruanos, manifestando que estas obras, como la de Guamán Poma de Ayala, por ejemplo, "les corresponden de igual manera a los peruanos que a los bolivianos, porque son obras compartidas".
Claro que no hay que hacer escándalo, no lo merece, porque en el fondo Barnadas tiene razón. Toda obra o manifestación cultural pertenece a la comunidad, a la humanidad. Los autores, la gran mayoría de ellos perdidos en el anonimato del folklore popular, no tienen nación. Otra cosa es que queramos hacer al autor nuestro connacional, o por lo menos considerarlo así, y entonces comienzan los problemas porque hay mucha gente susceptible, especialmente la que no ha estudiado.
Por ejemplo, Mario Vargas Llosa no es considerado boliviano por haber vivido su infancia en Bolivia, ni Vallejo es español por haberle cantado a España en sus momentos más difíciles, mientras que el poeta tacneño Jaimes Freire sí es considerado boliviano tanto por haber vivido en ese país como por haber escrito sobre él.
Toda obra humana, especialmente la escrita y perdurable, pasa a ser parte de la memoria colectiva de los pueblos, y para conocerla, disfrutarla y entenderla en su verdadera dimensión hay que ser puntuales en todo lo que a su alrededor hay, desde el nacimiento del autor hasta el lugar donde se manifiesta.
En la foto: Barnadas con reproducción de su obra (Revista Ñ) para la publicidad y abajo, Garcilazo, el Inca.

lunes 28 de septiembre de 2009

Alvaro Mutis: Cada poema



Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,

un crujir de los mástiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

el santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.
Foto de Mutis por GORKA LEJARCEGI

viernes 25 de septiembre de 2009

Kawabata: la angustia perpetua


Durante las últimas décadas la atención a la literatura japonesa, especialmente a la narrativa, ha crecido gracias a escritores que están produciendo desde Europa y ello se debe a su vez a la relación comercial más fluida que hay entre ese continente y Latinoamérica, además de otros factores como el idioma, los premios literarios y una crítica literaria más cercana a los intereses económicos que a los artísticos. Sin embargo, felizmente llegan noticias y libros de algunos escritores japoneses, que no han tenido la necesidad de salir de su país a instalarse en el extranjero, entre otras razones porque el mercado literario japonés, como el chino por ejemplo, es mucho más grande, que el que se disputan las editoriales de habla inglesa o castellana.
Probablemente esta situación ha influido para que otros escritores japoneses, que más bien escribieron desde su condición isleña y han trascendido artísticamente hacia otros continentes, sean vistos ahora como mitos, artistas oscuros, lejanos –en tiempo y espacio–, y hasta inquietantes. La popularidad de estos autores no estaba relacionada con conferencias y cocteles, viajes y premios, sino con la íntima sensación de sus lectores de que estaban leyendo sus propias historias. Entre los nombres de ese reducido grupo de autores japoneses sobresale el de Yasunari Kawabata, Premio Nobel de Literatura de 1968.
Vida y obra de Kawabata, a estas alturas “autor de culto” como dijo un librero bien entendido, conforman un concierto de angustia, desilusión, briznas de esperanza y una pasión ilimitada, que es lo que finalmente funciona como motor para sobrellevar una vida marcada por la tragedia. Yasunari Kawabata nació en Osaka, Japón, en 1899, y siendo aún niño tuvo que soportar la muerte de sus padres y hermana, al punto de que cuando cumplió catorce años murió su último pariente. La desgracia, sin embargo, no eliminó, tal vez la alimentó, la capacidad de acercarse a la intimidad de los seres humanos, a descubrir en sus resquicios el amor. Después de dedicar más de cincuenta años a la literatura, de escribir según sus biógrafos más de doce mil páginas de historias, novelas, cuentos y ensayos, de sostener amistades entrañables, no pudo soportar más y se suicidó en 1972.
Una de sus novelas más conocida es “La casa de las bellas durmientes” (1961), una historia en la que un anciano visita un extraño burdel, donde puede dormir junto a muchachas narcotizadas siguiendo estrictas reglas dictadas por la no menos extraña regenta. Los ancianos ingresan a las tibias habitaciones a explorar en sus propias vidas, en sus últimos sueños, a ensayar una última oportunidad de vivir su soledad y erotismo, en una maestra metáfora de la desesperanza, las dudas y el desaliento.
Si bien esta narración le valió cierta fama, fue con sus primeras novelas, casi todas de carácter autobiográfico, con las que Kawabata alcanzó a marcar un estilo que heredaron luego otros escritores de los oscuros senderos humanos del desánimo, como Yukio Mishima y Kenzaburo Oé (Premio Nobel de Literatura de 1944). En “Diario íntimo de mi decimosexto cumpleaños” (1925), narra precisamente sus sensaciones y sentimientos frente a la sucesivas muertes de sus parientes, tema al que vuelve con cierta obsesión en otros relatos como “Aceite” y “Experto en funerales”.
Sin embargo, la obra de Kawabata tendrá otros matices, aparentemente contrarios a estas sensaciones de extremo pesimismo, pero que tiene siempre a personajes esquivos, ausentes de sus propias vidas, como el anciano de “El sonido de la montaña” (1970), exquisita novela en que este personaje escucha el rumor que viene de una montaña sagrada y presagia su muerte, en lo que le queda, el viejo se descubre a sí mismo olvidadizo, inconforme, renegón, intolerante, y emprenda una lucha íntima consigo mismo, sus recuerdos, y los familiares que lo rodean, quienes a su vez ven con indiferencia la forma de ser del viejo.
Hay dos conjuntos de historias que llaman la atención en la obra del japonés por la manera como aborda estos mismos temas de desilusión y soledad. En “La bailarina de Izu” (1925), un estudiante recorre varios pueblos seducido por una joven bailarina ambulante, y cuando llega el momento en que puede decidirse por hacer una vida con ella, el destino ya marcado para él y para ella termina por separarlos, de manera natural, que es comprendida por ambos, porque así es la vida. El relato es suave, liso, donde el erotismo y la tragedia se unen como dos ríos para formar otro, más caudaloso y poderoso, que podría llamarse amor.
El otro conjunto, verdaderas obras maestras de la brevedad, son “Historias de la palma de la mano”; cuentos, reflexiones, ideas, estampas de la vida cotidiana del Japón del siglo veinte previo a la guerra, sucesos casi descabellados, que en breves párrafos llevan al lector a sensaciones que se diluyen, o violentamente cambian, en las últimas palabras, sin que necesariamente encierren una enseñanza moral.
Precisamente esta idea de abordar la condición humana desde la ambigua mirada que hay entre la sexualidad, el deseo y la inmoralidad, entre la muerte, el sueño obligado y el olvido, entre la desgracia y la esperanza, entre el amor y la tragedia, hace que Yasunari Kawabata haya podido traspasar las barreras de la belleza por medio de la palabra. Una literatura que hace pensar en la milenaria tradición de la poesía oriental, en las antiguas tradiciones que explican y llevan al espíritu humano por el largo camino de la iluminación, en las viejas y siempre renovadas prácticas de la meditación, para entenderse a uno mismo.

lunes 21 de septiembre de 2009

Raúl Brozovich (Cusco, 1928 - 2006): Dos poemas

LA CANCIÓN OBSENA

hacia la muerte nos vamos

resbalando

fríamente (en su enorme socavón de ceniza)

en su légamo fosforescente

y

su pálida medusa

para irnos no necesitamos un nombre

un aviso publicitario

ni la escudilla de madera

donde

todos

los días

depositaba su mezquino alimento

la vida

es inútil volver la cabeza

te convertirás

en una estatua

de sal.



PISTOLERO INTELECTUAL

ruedas

de un pernil osco

herramientas

desaseado y torvo

la oscura mano del asesino

febricitante

sudoroso de nervios congelado

nos rebusca los bolsillos

sin encontrar

lo que tanto nos debemos

la palabra de amor si puede ser

como un ósculo

de grandeza

oh! la mano enorme que aprieta

otra mano delicada

el dolor como un perno de madera

a porfía

la tristeza su amargo desayuno

a desgano

pero un momento

de frente

sin miedo

nos veremos algún día

desarmados

domingo 20 de septiembre de 2009

Santiago Gamboa habla de Necrópolis (Premio La otra orilla)


Hizo del exilio su patria desde cuando partió para estudiar filología en España. Una decisión llevó a otra, y sin que mediara algún desajuste en su natal Bogotá, Santiago Gamboa ha pasado los últimos 25 años entre Madrid, París, Roma y ahora Nueva Delhi. Hace dos días regresó al país, como un profeta en su tierra, a recibir el premio La Otra Orilla, que, además de su prestigio, este año entrega un premio de US$100 mil, posicionándose como el tercer más alto en lengua española después del Premio Planeta, cuyo ganador recibe US$800 mil, y el Alfaguara, que entrega US$170 mil.
Gamboa, un viajero incansable y curioso, ha convertido la literatura en el espejo de esa vida nómada que lleva. De manera que en sus novelas —entre ellas Los impostores (2001), Hotel Pekín (2008) y la varias veces nominada a premios El síndrome de Ulises (2005)— la mayoría de personajes recorren largos trayectos, visitan parajes lejanos para ellos y en ese trasegar viven experiencias profundas y en lugares igualmente lejanos de su interior. De la misma manera, Necrópolis, la obra que premió el jurado compuesto por el editor Pere Sureda, los escritores Roberto Ampuero, chileno, y Jorge Volpi, mexicano, se desarrolla en una Jerusalén sitiada por la guerra, en donde se dan cita una serie de personajes que contarán sus vidas y otras historias.
¿Qué siguió después del ‘Síndrome de Ulises’?
Siguió Hotel Pekín , que es un libro menor, una novela breve. Necrópolis está en la línea de El síndrome de Ulises, es más ambicioso y elaborado y trata de desarrollar algunas líneas estilísticas literarias que ya había empezado a trabajar en Ulises.
La mayoría de sus libros hablan de viajes...
Dentro de lo que escribo está muy presente mi vida. Yo salí de viaje hace 25 años y no he vuelto, así que tengo una relación muy fuerte entre el viaje, la literatura y la vida. Descubrir un lugar y vivirlo es tan importante como descubrir a un buen autor. Mirando otras expresiones, como el cine, me entusiasma mucho lo que hizo González Iñárritu, especialmente con Babel. De alguna manera se parece a lo que es Necrópolis: en una gran extraterritorialidad hay personajes de distintas partes del mundo con historias similares o que se interconectan bajo coordenadas totalmente diferentes. Eso me encanta, es uno de los elementos centrales de mi literatura y es una tendencia que seguiré investigando.
¿Cómo es la experiencia de ganar este premio?
Es una vivencia totalmente desconocida para mí, pues es la primera vez en toda mi vida literaria que recibo uno; al principio mandaba cuentos a concursos hasta que desistí por cansancio. Pero sentí que podría pasar porque El síndrome de Ulises fue finalista en el Premio Medicis en Francia a Mejor Libro Traducido; finalista en Portugal y en el Rómulo Gallegos cuando ganó Elena Poniatowska. Cuando mi agente literario, que es como un consejero espiritual, propuso que lo mandáramos a un premio importante, me alegré. Para mí los premios son reconocimientos de colegas a un colega, financiado por las editoriales, así lo miro. En este caso es una gran emoción que lo hayan hecho Jorge Volpi, Roberto Ampuero y Pere Sureda, encargado en la editorial en España, un gran intelectual que conozco hace años. Con editorial Norma publiqué por primera vez y además me emociona encontrar aquí a Gabriel Iriarte, gran soporte de los escritores de mi generación.
Además de vender más libros, ¿qué representa ser un autor premiado?
Un premio es una forma de llamar la atención sobre un libro pues se propone al público de una manera distinta. Con un reclamo especial que dice: “Este libro es leído y aceptado por un grupo de escritores”. Pero eso no es garantía de éxito. Ya después vendrá la relación con los lectores que cada escritor cultiva.
Cuando habla de una generación, ¿podríamos hablar también de identidad nacional en la escritura?
Los debates sobre la nacionalidad tienen sentido según en donde se den. En Colombia somos escritores y punto, pero en Noruega, invitados a un congreso nos volvemos “escritores colombianos”. Uno quiere ser leído en cualquier caso y no por latinoamericano, pero al final, metodológicamente, uno vuelve a eso cuando el crítico o el ensayista lo organiza por nacionalidad. Además, responde a una mirada eurocéntrica muy incómoda, pues ellos tienen un preconcepto de lo que debe ser la literatura de otras partes del mundo y se sorprenden si el escritor no encaja en esos parámetros.
Volviendo a su generación, ¿hay elementos comunes entre ustedes, por ejemplo Mario Mendoza, Héctor Abad, Enrique Serrano?
Literariamente no, todos escribimos completamente diferente. No creo que exista un escritor en América Latina parecido a otro. De hecho, los mexicanos de la generación del Crack (con su Manifiesto), y quienes aparecimos en la antología de McOndo (que salieron publicados ambos en 1996 y es mi generación), tenemos más diferencias que cosas parecidas y nos unía el deseo de no tener cosas en común. Al final, la literatura es como un archipiélago, cada escritor es una isla aunque esté cerca de las otras. Sin embargo, cada vez que uno escribe es como cuando apuesta en una mesa de póquer: cada quien está atento a lo que hace el otro, no sólo en el país sino en el idioma. Como el caso de Roberto Bolaño, esa era la mesa donde se apostaba más duro, todos queríamos estar ahí.
¿Qué va a hacer con el dinero del premio?
Eso lo responde mi esposa. Yo tomo las decisiones políticas en casa y ella las económicas.
Sara Araújo Castro EL ESPECTADOR

lunes 14 de septiembre de 2009

Tres poemas de Juan Gelman




Una mujer y un hombre llevados por la vida...


Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.



Saber


El poema nada en un viento y brilla.
No sabe quien es hasta
que lo arrastran aquí, donde
seguramente morirá
a la intemperie de las bestias.
Me gustaría entender a las bestias
para entender mi bestia.
La realidad hace gemir con jadeos de animal.
¿Qué gracia fue ganada en su respiración?
Ninguna que no fuera perdida.
Abajo de lo suave crepita la sospecha.
En estas manos.
Presencia del otoño

Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.

Amada, tú, recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.

Vete por él, amada.
No soy yo él que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.

sábado 12 de septiembre de 2009

Palabra infinita de Octavio Paz


Una propuesta editorial desde México me hace recordar el poema Piedra de Sol, de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura de 1990. La nueva publicación se llamaría “84”, entre otras razones porque el poema de Paz, publicado en 1957, tiene esta cifra como uno de sus símbolos; sabemos que el texto está conformado por 584 versos, que es precisamente el ciclo que cumple el planeta Venus. Y Octavio Paz es, indudablemente, un importante referente tanto de la literatura latinoamericana como de la universal.
“Piedra de Sol” es uno de los poemas simbólicos más importante de la obra del mexicano que, recordemos, ha sido un intelectual muy influyente en su tiempo y ha estudiado e interpretado la cultura mexicana desde casi todos sus ángulos. Tiene una estructura clásica, es decir, está conformado por párrafos regulares, versos endecasílabos y un número de versos que repite otros símbolos culturales, en este caso el calendario azteca y la numeración maya para determinar el principio y final de un ciclo estelar.
De la misma manera que en otras culturas del continente, los antiguos americanos concebían el tiempo de manera circular, con un principio y un fin marcados por los astros, las estrellas y los planetas, a los que conocían bien y hacías suyos ya sea como dioses o protectores, pero además con una idea distinta al criterio occidental de inicio y final, es decir, que no comienza ni termina, sino que se cumple una etapa y empieza otra.
El propio Paz hace algunas anotaciones al final del poema, explicando algunos detalles más de la simbología del poema en relación a la cultura mexicana, pero la trascendencia del poema radica en que, además, se expande a una interpretación de la cultura latinoamericana, relacionando hechos, imágenes, proyecciones culturales y hasta sentimientos, haciendo un alarde de amplia cultura y un exquisito manejo del lenguaje.
Cuando Octavio Paz (México, 1914) escribe el poema ya tenía un amplio conocimiento de la cultura de su país y de América Latina, y también había tenido una experiencia cosmopolita muy provechosa y había conocido a los más importantes escritores, artistas e intelectuales de la época, tanto de nuestro continente como de Europa y Asia, aparte de estar en plena madurez intelectual. Con el tiempo, “Piedra de Sol” marcaría un antes y después de su producción poética, la que tendría otro punto alto con “Vuelta”, publicado en 1975.
Cabe recordar el intento de Octavio Paz de posicionarse artísticamente en la vanguardia de su generación, que logra con “Piedra de Sol” pero no supera con “Blanco” (1966), a pesar de su formato editorial, que a la misma manera del puneño Carlos Oquendo de Amat, presenta un poema sobre una hoja única, que se despliega mientras se sucede el texto que, a su vez, expresa diferentes voces y temas. Oquendo había hecho este ejercicio casi cuarenta años antes y tampoco fue superado por Paz.
Volviendo a “Piedra de Sol”, el texto refleja el tránsito del poeta a través de un mundo de símbolos, que se conjugan, intercalan y fusionan con la violencia, el amor, el erotismo y la magia, sin perder su riqueza alegórica y mitológica en un proceso circular, ya que el poema inicia y culmina con los mismos versos, como el tiempo circular andino, maya o azteca: “un caminar entre las espesuras/ de los días futuros y el aciago/ fulgor de la desdicha…”, dice en sus primeras estrofas.
Pronto el poeta se interna en los insospechados caminos del erotismo, sin abandonar su condición terrenal: “voy por tu cuerpo como por el mundo/ tu vientre es una plaza soleada,/ tus pechos dos iglesias donde oficia/ la sangre sus misterios paralelos,/ mis miradas te cubren como yedra,/ eres una ciudad que el mar asedia…/ voy por tu talle como por un río,/ voy por tu cuerpo como por un bosque…”.
Más adelante aparecerán imágenes desgarradoras, dioses y diosas occidentales y americanos se encuentran en los mismos caminos de los mortales, ciudades, calles y fechas serán recordados por el poeta en medio de un delirio de ceremonias y rituales de los que no se puede sustraer y en los que la propia poesía se convierte en ofrenda, sacrificio y deidad.
En medio de uno de los párrafos donde la tensión poética crece gracias a la fuerza de las metáforas, Paz alcanza a dibujar sus mejores imágenes: “…enredadera, planta venenosa,/ flor de resurrección, uva de vida,/ señora de la flauta y del relámpago,/ terraza del jazmín, sal en la herida,/ ramo de rosas para el fusilado,/ nieve en agosto, luna en el patíbulo,/ escritura del mar sobre el basalto…”.
Hacia el final del poema, el poeta confiesa su frustración frente al infinito camino, porque sencillamente vuelve al principio: “… quiero seguir, ir más allá, y no puedo:/ se despeñó el instante en otro y otro,/ dormí sueños de piedra que no sueña/ y al cabo de los años como piedras/ oí cantar mi sangre encarcelada…”y unas líneas después vuelve a los versos del principio, seis versos que culminan con dos puntos (:) los que por el ritmo que tienen casi obligan al lector a volver sobre el mismo texto, una y otra vez, como hace Venus cada 584 días, o como la Tierra, cada 365 días.Es cierto que el poema “Piedra de Sol” sigue siendo una rica cantera de interpretaciones y análisis, pero un acercamiento basta para entender el amplísimo mundo de elucidaciones que aún guardan nuestras culturas, las antiguas y las contemporáneas, aquellas que han formado nuestro espíritu e identidad y se manifiestan a través de la palabra, la música, la danza, el color, las imágenes y nuestra propia forma de mirar.

viernes 11 de septiembre de 2009

Un poema de Lezama Lima


VII

Bajaba las escaleras
del poniente,
como una rosa olvidada.
Ceñía el blancor y la áurea hoja,
batidos por espumas no impulsadas,
en lentas bien medidas
calmas siderales.
Se escuchaba, borraba,
el milagro de alta esfera
que mueven sus pisadas.
Bajaba las escaleras del poniente
y nadie la miraba.
Pactaba en lentas hojas
sus milagros,
temprano redoradas.
Y ahora pasa a nuestro lado
y nos golpea
como viento hechizado.
Caía del poniente
bien quemada,
la afirmación de la hoja
sin presente
que nos trae sus pisadas.
Lo que cae ahora del poniente
crujiendo en rósea gruta
mal mirada,
su misma fuga helada
que baja del poniente
por altas neverías
y nubes de mastines
en su gloria
-blancura-
tenazmente adormilados.

Figuras del sueño, en Enemigo Rumor (1941)

martes 8 de septiembre de 2009

Toda, o casi toda, la poesía en Cusco


Este miércoles 9 de setiembre se reúnen varios poetas cusqueños en la Capilla San Bernardo, del INC, con el auspicio de la Municipalidad del Cusco, para celebrar la poesía. La cita es a las siete de la noche.

viernes 4 de septiembre de 2009

Cuentos de Gabriela Caballero

Afiche de presentación del libro de Gabriela Caballero

Gabriela Caballero Delgado es una escritora cusqueña radicada en Tacna, donde ha estudiado y ha iniciado su carrera literaria con un libro de relatos que sorprende por su intensidad, unidad temática y lenguaje concreto y directo. “Los relojes de Adela” (Cuadernos del sur, Tacna, 2009) reúne diez relatos cortos, algunos de ellos premiados en concursos regionales, que reflejan un trabajo serio y una imaginación novedosa, que se han ido manifestando en sus primeras entregas ya sea en revistas locales como en páginas electrónicas.
Los personajes de Gabriela Caballero son hombres y mujeres que no resuelven cambiar su realidad, a pesar del extremo de su condición en que se encuentran y la necesidad de hacerlo y pasar a la otra orilla. En un pueblo extraviado en el tiempo, donde no hay niños, un maestro de escuela levanta obsesivamente una escuela hasta ser sacrificado por los propios pobladores; un hombre se siente perseguido por tres hombres misteriosos que solo se preocupan por devolverle un libro; una mujer que a lo largo de su vida ha recibido relojes como regalo no puede acabar con su vida porque ninguno de esos relojes, que suenan enloquecedoramente en su cuarto, marcan la hora de su muerte.
Así, personajes marginales o marginados, pueblan espacios reducidos, comprimidos, oscuros, y buscan escapar de sí mismos sin saber si la liberación está adentro o afuera de esos lugares adonde han llegado empujados por extrañas fuerzas o circunstancias. En algunas historias, el tiempo va hacia atrás, conforme avanza la trama se descubren las razones de la tragedia, la desdicha o el desamparo, y el desenlace es una sorpresa para el personaje y el lector.
En “Los relojes de Adela”, cuento que da título al libro, “Olvido” y “Luciana”, por ejemplo, los personajes toman una decisión que no podrán concretar porque ya se ha cumplido. La muerte está siempre presente, ya ha hecho su tarea, mientras que los personajes, una mujer desequilibrada, un anciano y un marido asesino, respectivamente, creen que podrán evitar la fatalidad por sus propias manos. Desventura e ingenuidad, inocencia y locura, van de la mano en la intimidad de los personajes, sin ninguna esperanza de alcanzar la felicidad.
De otro lado, estos cuentos no podrían estar escritos de otra manera. Lenguaje directo, frases y oraciones cortas y contundentes, se van desenvolviendo a través de voces en primera y segunda persona, saltando del presente al pasado y viceversa, dándoles un aire de ambigüedad que alimenta la tensión de las historias. Este es, tal vez, el mayor mérito de la primera obra de Gabriela Caballero, quien, además, no oculta su ansia de aprendizaje y madurez, tratando de cumplir algunas de las fórmulas para mejor lograr un cuento.
Anoto algunos ejemplos. El relato “En este pueblo no hay niños” comienza con una frase trágica y contradictoria: “Esa mañana hallamos muerto al profesor y no pudimos derramar una sola lágrima por él.” En el transcurso de la historia se descubre que el protagonista no es el profesor sino los habitantes del pueblo que lo matan, representados por una voz imprecisa pero en primera persona del plural, que justifica su acto luego de descubrirse una posible violación en serie o una debilidad de las mujeres al entregarse sexualmente al profesor recién llegado. La voz de la narración sigue siendo directa al final de la historia, aceptando además lo que vendrá en el futuro: “Entonces nos llevamos su corazón y lo enterramos en el patio de la escuela que se llenaría con todos sus hijos.”
En otro cuento, “La espera”, un párrafo intermedio concentra el nudo de la historia: “Tu hijo se ha marchado. Pensaste pedirle su corazón. Que te lo dejara como su padre para no perder nunca el camino de regreso a casa. Pero sabes que de entregártelo, también él se olvidaría de ti.” Este es un ejemplo de cómo Gabriela Caballero puede asociar varias ideas en pocas frases, las que a su vez ahorran aderezos o digresiones, para no darle al lector oportunidades de divagar en la historia.
Los diez cuentos que publica Caballero están fechados desde el año 2000, lo que nos da una idea de un proceso de más de diez años de trabajo y ejercicio literario, que se ha ido combinado con el análisis literario, la docencia, la promoción cultural por medio de revistas y eventos y la asistencia a reuniones de escritores, en los que ha demostrado la seriedad con que ha asumido el oficio de escribidora, y a quien hay que tomarle la debida atención.