martes 25 de agosto de 2009

Don Pepe Ruiz Rosas: Así escribo el poema


Así escribo el poema. Doy un paso,

duermo, sonrío, lloro en mis adentros,

mastico la ancha hiel de los instintos

puestos a galopar, protones lúdicos

flotando sus latentes emociones;

miro la luz, que es el mirar más último

antes de penetrar en cada arcano;

oigo no sé qué cosas en los cantos

de las aves por un momento libres

y se me empuña el corazón sabiendo

su final de cautivas o de víctimas;

aspiro el aire altísimo que baja

a decorar de oxígeno mis huesos;

llego, me voy, distante en todo tiempo

de la meta final que no he fijado;

pulso la hora intacta que ha parido

el otoño de un ramo, atrapo el claro

destello de unos ojos fraternales,

miro los flujos que soporta el mundo

por pasos con sus callos melancólicos,

torno, vuelvo a mirar y abro los ojos

como un insomne búho en medio día

y fijo las pupilas como el gato

que pretendiera caza de aeroplanos,

subo la cuesta, bajo, y subo, y bajo

y conservo el imán del pavimento;

llego, con mi codicia a manos llenas

a regalarle el sol a todo el mundo

y la sombra, la luna y los luceros

como si todo yo fuera raíces,

hojas y savia para estar callado

como un laboratorio del abrazo;

así escribo el poema. Doy un paso.

viernes 21 de agosto de 2009

Boris Espezúa sobre "El Laberinto"


El poeta lampeño Alfredo Herrera Flores nuevamente nos sorprende como con sus anteriores textos: “Elogio a la nostalgia”, “Montaña de Jade” y “Mares” donde es indiscutible la calidad poética que muestra y que es fruto de una exigencia disciplinada y una constancia responsable como creador que ha encontrado la plenitud de su madurez, un equilibrio entre en la estructuración del texto poético en la metáfora, ritmo, y elocuencia que ha permitido abrirle un espacio importante en el flujo de las poéticas que se practican en nuestro país, para orgullo nuestro. Ahora Alfredo trae en edición atípica y sugestiva El Laberinto, una línea distinta en la búsqueda de nuevas fronteras en el laborioso trabajo de los versos, cuya temática está centrada en la presencia de la mitología y tragedia griega, como es el caso del mito del Minotauro y el Laberinto, a donde se ha añadido elementos propios de nuestra cultura andina, este acercamiento a una de las grandes fuentes de la sabiduría y la fundamentación, como fue llamado por Carlos Marx como la criatura del conocimiento occidental a la cultura griega, abre a todo creador el demiurgo de toda gran creación, así tenemos a muchos poetas griegos como Cavafis, a Odysseus Elystis, poeta que ganó el premio nobel de literatura en 1979 que enriquecen la poesía en versos como: “De un olivo místico, y de un sueño helénico estabas hecha para el fuego descubierto y para la liturgia del centauro y del dios del trueno, sobre la lluvia del escarabajo y el amor encendido”, y es que versos de este tipo siempre desde Grecia y oriente nos seguirán iluminando, dando razón a expresiones que como Hegel señalaba que la fundamentación de la poesía viene del aporte de los griegos, con clara alusión al trabajo ineludible de Aristóteles sobre Poética y también al movimiento del agua de Heráclito, o la simbiosis del hombre con La Naturaleza de Tales de Mileto, que es la poesía de raíz, que rompe los cielos de majestuosidad lúdica con Homero o cruza los arcoiris metafóricos con Píndaro.
Por otro lado, “El Laberinto” se acerca a la mitología andina, el propio título hace alusión a los muros y extramuros donde nos encontramos los peruanos en una confusión e incertidumbre de donde tratamos de salir y a la vez de entrar, es una clara referencia al periodo del caos que clama un Pachacutec, para el equilibrio, desde ésta perspectiva Alfredo Herrera se acerca a la dualidad del mito y del simbolismo andino donde la cultura andina ha encontrado a uno de su picapedreros más dotados que perfilará con su cincel de desbrozar y desbastar en rosas las piedras de nuestra memoria colectiva y nuestra lacerante identidad. Considero que es anunciativo en ésta línea las ilustraciones de los muros incas, de los arcos, y de las piedras silentes de donde también subyacen nuestros dioses andinos. El Laberinto es un mural hablado donde se muestra al País en sus estertores, en su violencia, en su lucha por la sobrevivencia, y existe imprecaciones a dioses andinos y dioses griegos, como Wiracocha y Antígona, donde el poder es la causa y razón de ser de esta pugna visceral, a lo que Alfredo Herrera pone como alternativa la calma y el remanso de la vida andina, después del llanto del Minotauro y cuando éste duerme para dar paso a la reflexión a un nuevo orden. Esta muestra del Perú sufriente y ebulleciente, tiene incrustaciones de modernidad y de cotidianidad cuando se hace alusión al Rock de Santana o a la Salsa de Tito Puente o el remoto resonar de los Ayarichis.
Compartamos ahora algunos versos de El Laberinto: “Soy el ojo que observa. Un guardia derrotado se consuela haciendo rodar un dado huérfano”. Aquí percibimos al sujeto poético en búsqueda de ubicuidad, cuando la inseguridad se desmorona, y es echada a la suerte la vida o el convivir. “Un hombre camina solo, camina sin ser visto entre la multitud, al final de su propio combate “este verso nos muestra la escisión social que produce el individualismo de nuestros días, la vida cotidiana fragmentada e indiferente donde a pesar de la multitud a una soledad tórrida donde cada quien libra su propio combate de sobrevivencia. Hay otro verso propio de nuestros días donde se describe los límites del atropello a los derechos humanos, o los límites del abuso del poder, en esa imagen del joven chino que evitó mayor matanza en la plaza de Tihananmen: “Un joven está en medio de la calle, frente a un tanque militar con los brazos abiertos y el corazón en calma. Ahora los funerales son una gran fiesta”, La incertidumbre de la misma razón, el sórdido mundo que nos caracteriza a nuestro tiempo se vé reflejado en versos como los descritos. El poeta ante todo ello hace llorar al Minotauro, devela la noche para traer la luz, donde habla Creonte de los jóvenes universitarios que no volvieron, recoge sus cuerpos y sus sonrisas desparramadas en el asfalto, y donde se impreca que se acabe el laberinto o se tenga que salir o entrar hacia un nuevo orden o era redimida, ello expresado en poesía donde la palabra poética es a la vez muerte y resurrección del lenguaje.
La poesía de Alfredo Herrera es una poesía propositiva, sugestiva, de llamado a la conciencia y a la recreación, es un amante de la belleza de la palabra, un voyeurista de la metáfora y en su última entrega tiene el uso de varias tendencias poéticas que buscan ser consolidadas en su sello personal, en su propio estilo donde está presente por ejemplo el coloquialismo de Verástegui o Benedetti, parte de un sentido épico social de Romualdo o Gonzalo Rose y ahora la poesía mítica, comunitarista que lo acerca en parte a Vallejo y a nuestros escritores del altiplano como Gamaliel Churata, ¿Este será el nuevo rumbo de la poesía de Alfredo? Un reencuentro con la maestría de su lenguaje y la majestuosidad de nuestro acervo ancestral? Ojalá fuera así, ganaríamos todos, pero sobre todo la poesía. Finalmente, en el libro de Jorge Luis Borges sobre los seres imaginarios, hay una narración fantástica sobre el Minotauro, sobre el ser que es medio toro y medio hombre, que construye el laberinto destinado a encerrar y ocultar al hijo monstruoso, que comía carne humana como su alimento, entonces Teseo el héroe valiente mata al Minotauro y se salva del laberinto, concluye Borges señalando que el Minotauro es la sombra de otros sueños aún más horribles que tenemos en la humanidad. Parodiando a lo hecho por Alfredo diríamos que la nueva versión del Minotauro que tiene al respecto se asemeja a la realidad peruana, y a esas sombras que se encuentran en la memoria colectiva para ser transformadas en la nueva era que espera conjuncionarse entre el mito y la realidad, que en buena cuenta es el espiral de nuestra historia donde discurre nuestro laberinto y nuestro reencuentro.

Doscientos (200)

Brevísimas palabras para darme cuenta que se han publicado doscientas (200) entradas, que así se llama en este sistema. Un alto obligado por problemas que no vienen al caso y a recomenzar, otras doscientas. A veces no nos damos cuenta de ciertos números, y se nos vienen de pronto algunas culpas, especialmente por omisión de responsabilidades, pero también hay esperanzas, más allá del cielo azúl, el calor sofocante, la lluvia generosa y el olor a tierra húmeda, y sobre ellas nos lanzamos. Entonces seguimos.

miércoles 5 de agosto de 2009

Ocho haikus a la muerte



Adiós.

Paso como todas las cosas:

rocío sobre la hierba.

Banzan



De viaje, enfermo:

mi sueño vaga

por lo eriales.

Basho



Se enciende

tan tenuemente como se apaga:

una luciérnaga.

Chine



Hoy, pues, es el día

en que el muñeco de nieve que se derrite

es un hombre.

Fusen



Sólo un punto

brilla en la oscuridad:

mi nariz mocosa.

Gaki



Cielo claro.

Por el camino por el que vine

vuelvo.

Gitoku


Asqueado

del mundo, me retiro

a la mosquitera.

Goshu



Venas de agua

sombrean los arrozales con distintos

matices de verde.

Seiju


De: Selección de Yoel Hoffmann

martes 4 de agosto de 2009

Verástegui vuelve



Ha llegado la invitación para la presentación del nuevo libro de Enrique Verástegui, gracias a Cascahuesos Editores & Sol negro editores.
Vuelve Verástegui con nueva teoría bajo el brazo.
TEORÍA DE LOS CAMBIOS será hecho público con los comentarios de los poetas José Pancorvo y Miguel Ildefonso
Todo será el día 5 de agosto a las 5:30 p.m. en la Sala José María Arguedas de la XIV Feria Internacional del Libro de Lima (Vértice del Museo de la Nación (cruce de las Avenidas Javier Prado y Aviación - San Borja).
Firman la invitación:
Paul Guillén - Sol negro editores
José Córdova - Cascahuesos Editores

lunes 3 de agosto de 2009

Feliciano Padilla sobre "El Laberinto"



En los últimos meses, Alfredo Herrera Flores, nos ha hecho llegar un poemario con el título de “El Laberinto” editado por Impresiones Orión, Lampa 2008. Se trata de un poemario que viene dentro de un sobre tamaño oficio, en el que puede leerse el título del poemario y el nombre del autor, además del lugar de donde viene la comunicación y, dentro del sobre, un texto poético de catorce estrofas. Este sobre es parte del libro y funciona a guisa de portada formando una unidad indisoluble con el texto; de modo que el libro, aparte de darnos la ocasión de disfrutar con el significado del texto, nos permite un gozo sensitivo táctil por medio del paratexto.
Hay ocasiones en las que se acostumbra utilizar la frase “poeta consagrado” a fin de llamar la atención del lector, no tanto por la importancia del texto a comentarse, sino, por subrayar el significado del comentario. En el caso de Herrera Flores esa frase no constituye parte de ninguna motivación porque es la expresión de una referencia real, ya que el escritor lampeño Alfredo Herrera Flores es un poeta consagrado, el único poeta puneño que ha ganado el Premio Copé de Oro de Poesía en 1996 y finalista de este mismo Premio en las versiones de 1988 y el 2001. Bueno, sea esta una oportunidad para informar, que también, Luis Rodríguez Castillo (Filonilo Catalina) fue Premio Copé de Bronce en el 2005 y, finalistas de este mismo Premio: Boris Espezúa Salmón en los noventas del siglo pasado y Eddy Oliver Sairitupa Flores en el 2007.
Luego de este preámbulo tratemos de aproximarnos al mismo libro. Con este propósito es necesario recordar el mito de “El Minotauro” que, en síntesis, es como sigue: “El Dios Poseidón donó al rey de Creta llamado Minos un precioso toro blanco para que este lo sacrificará en su honor. Minos quedó prendado del toro y en su lugar sacrificó a otro. El Dios del mar, furioso por este engaño hizo que la bella Parsifae, esposa de Minos, se enamorara perdidamente del toro. Para cumplir con su pasión carnal obligó a Dédalo para que le hiciera un disfraz. Dédalo lo diseñó de forma tan perfecta que fruto de la cópula entre Parsifae y el toro blanco nació el Minotauro, un monstruo de cuerpo humano con cabeza y rabo de toro. Minos, al saberse burlado ordenó a Dédalo para que construya el Laberinto (un edificio con calles internas iguales y pasajes de apariencia interminable) donde viviría para siempre el Minotauro. Este monstruo se alimentaba solo de carne humana y cada siete años debían ofrecerle 14 vírgenes: 7 varones y siete damas, con los que el monstruo saciaba su apetito. Un joven llamado Teseo quiso terminar con el monstruo para cuyo fin se ofreció como uno de los destinados al sacrificado y, de esa manera, tener la oportunidad de matar el Minotauro: Luego de cumplir con aquel plan, salió del Laberinto gracias al apoyo de Ariadna, hija de Minos y hermanastra del monstruo, quien le proporcionó un hilo para que llevara consigo y que luego de matar al Minotauro saliera de aquel lugar imposible siguiendo el recorrido del hilo”.
Proporciono esta información, porque según mi punto de vista, sustentado en un análisis intertextual, Alfredo Herrera, utiliza en las 14 estrofas de su poemario, los elementos de este mito de “El Minotauro” e, incluso, los de la tragedia “Antígona” de Sófocles, para explicarnos simbólicamente la angustia existencial de la humanidad, que se encuentra atrapada entre las argucias del proceso de globalización. Sostengo que es necesario leer todo el texto para comprender el sentido de mi interpretación en vista de que, en este artículo, por razones de espacio, utilizaré solo algunos versos de estrofas sucesivas para fundamentar mi hipótesis. “Agoniza/ el alto día más/ solitario que el primer grito/ Quedan el olor a sangre y a la masa informe/ de los cadáveres, el pálido brillo de las armas/ los pasos abandonados/ y algunos abrazos/. Soy el ojo que observa/”, dice el poeta en la primera estrofa y de hecho nos ubica en la angustia existencial de la humanidad, la que puede empezar por interrogantes muy simples como: qué hago en este mundo, para qué sirvo, qué he hecho de mi vida, quién soy, a dónde voy, etc., que significa enfrentarse con la dimensión agónica de nuestra existencia, ante la comprobación de que nos encontramos más solitarios de cuando irrumpió en el mundo el primer grito humano.
En la estrofa III, cuando habla la hermana mayor, exclama: “Ha pasado el tiempo,/un hombre camina sin ser visto/ da un paso y luego/ otro y no avanza/ nada hay delante suyo nada/ hay atrás/. Un silencio mortal acompaña su/ pensamiento, su rostro/ de trueno, de lluvia, de espanto/; no tenemos más que retroceder en el tiempo y pensar en ese peregrino que ha caminado todos los senderos desde el mundo antiguo hasta la modernidad, con el signo de una culpa que no sabe exactamente por qué la carga. Los etapas de su largo camino saturadas de sosiego, fusionaron victorias efímeras y derrotas dolorosas, rasgos que pensó abandonarlos al llegar a la modernización, porque la modernidad es la antípoda de la quietud y placidez del mundo no moderno.
El hombre vivió la modernidad tomando por asalto sus sueños y fue feliz aun cuando aquella epopeya le implicó sufrimientos, porque la modernidad es sobrepasar lo cotidiano, transgredir los límites, es sufrir y saltar las vallas, es movimiento, es actuar para conquistar ideales; pero, la modernidad conquistada por el hombre llegó a su fin debido al proceso de globalización y, otra vez, el hombre se encuentra atrapado en sus propias contradicciones, moviéndose sin moverse y saliendo sin poder salir como el Minotauro que, ahora, solitario y en vano recorre desquiciado por todos las sendas del Laberinto construido por Dédalo.
El Laberinto del siglo XXI es la “sociedad global” en que se ha convertido el mundo. /El monstruo no/ renuncia a sus dominios/ ni a sus demonios, y no cede/ aún ronda entre los pasadizos/ del Laberinto/ su respiración agitada lo delata/. El Minotauro/ lee en el periódico del día/ la larga lista fúnebre de amigos y/ enemigos/” (cuarta estrofa). Y ahí está el hombre, al parecer, resignado, sin renunciar a sus dominios ni a sus demonios, pero todavía incapaz de ver el infinito que se extiende tras las murallas de este edificio y, sin poder percibir que al norte de nuestro Laberinto gobierna el nuevo Minos, el único rey de Creta gozando del orden social por él establecido.
/Un hombre es un hombre y/ muchos hombres/ nadie camina solo/, dice el poeta, lo cual nos conduce a pensar que no es un hombre, sino la humanidad la que está viviendo en el Laberinto, su propia tragedia: Los hombres pugnan, luchan y se destruyen entre sí y aun se dan tiempo para velar a sus hermanos, como en “Antígona”, la tragedia de Sófocles. “/Más tarde/ irán a velar a Polinices/ aún hay tiempo/. En realidad, podían los hombres haber vivido en paz y en armonía con la naturaleza, pero Minos, el rey de Creta ha extremado las contradicciones humanas y viene propiciando combates inútiles, porque nadie sabe cómo salir del Laberinto. Y ahora “/Nadie recuerda las batallas/ Nadie sabe de esta sangre caliente/ Nadie ha visto los ojos de la muerte/ Nadie respira como antes/ Nadie recuerda el cáncer/ ¿Qué mecanismos utiliza el nuevo Minos para asfixiar al hombre en medio de la soledad hasta despojarle la memoria a fin de que no pueda salir del Laberinto? /El sol está nuevamente en lo alto/ solo, como en el primer grito/ sol solo/ y habremos de lamentar probablemente alguna muerte sobre el asfalto/, se lamenta el poeta en la séptima estrofa y se interroga a sí mismo “/¿Qué dirá Antígona/ sobre la tragedia/ … /Pero allá están todas/ llorando/ en las puertas del Laberinto a un muerto ajeno/”.
El concepto sofocleano de Antígona sobre la realidad humana está por encima de las leyes humanas, e incluso por sobre la de los dioses representado por el nuevo Minos, pero en la obra Antígona de Sófocles no se conoció ley alguna si no es para burlarla. El poemario que comentamos, en las estrofas VII, VIII y IX signado por el espíritu de Antígona está penetrado por la noción de "muerte"; las acciones de los vivos están condicionadas por la presencia de los muertos. Recordemos que la base de la tragedia de Sófocles es la prohibición de Creonte de dar sepultura al cadáver de Polinices. La muerte no es solo el punto de partida de la obra, sino también el final de la misma. En “Antígona” no hay asesinatos, sino suicidios de vivos que ya no desean seguir siéndolo, tal como Antígona y su bello amante Hemón, que desobedecieron las órdenes del rey Creonte y devolvieron así, al acto de morir, su dignidad ancestral.
Alfredo Herrera, con su reconocido talento inserta el sentido de la tragedia “Antígona” al interior de El Laberinto. El Minotauro que representa a la humanidad anda a tropezones, sin rumbo, sin encontrar solución para su encierro material y espiritual, porque ha perdido la memoria y no recuerda el punto de entrada que es al mismo tiempo el punto de salida. Qué mundo es este donde se tienen batallas entre hermanos y hay Antígonas que velan a los muertos y mueren a causa de la solidaridad con los suyos. La vida en esta etapa continúa su curso dramático signado por las cadenas de la “aldea global” que pretende arrasar todo rastro y rostro cultural para construir al ciudadano universal consumista y deshumanizado. Oigamos, en todo caso, al mismo poeta cuando dice en la estrofa XII: /La iluminada plaza revienta/ de voces/ y música, nadie/ recuerda que hubo alguna vez/ una multitud que pugnaba en las puertas del/ Laberinto/ que hubo una batalla de/ la que los hermanos mayores/ jóvenes universitarios/ no volvieron/.
El poeta está dentro del Laberinto y, a veces, es un ojo que observa desde la distancia, pero, que le duele lo que pasa en el Laberinto. Por eso, en la estrofa XIII dice con voz quebrada y sentimiento plenamente andino: “/¿Con qué voz/ se podrá decir que/ hemos sobrevivido? Ariadna/ Megube, Miranda, Imillita/ con qué ojos habremos de mirar/ lo que queda de la hecatombe?/ El Minotauro aún duerme/ El Laberinto/ será nuestro hogar desde ahora/.
No obstante la tragedia que nos engloba, podemos aún enarbolar el estandarte de la esperanza. Ha de llegar la hora en que la amnesia sea derrotada. Ha de llegar una generación mejor que la nuestra; se avizoran nuevos tiempos para salir de esta “aldea global” en que nos ha reducido las circunstancias. El poeta lo percibe: /Alguien recorre/ el Laberinto sin dejar guías ni signos/ va en busca de un latido poderoso/ de un ronquido sobrenatural/. Debe entenderse que alguien es alguien y muchos, así como el hombre es un hombre y muchos hombres. Ese alguien será Teseo, el del mito griego, el joven heroico que, apoyado por Ariadna, vencerá al Minotauro y destruirá el Laberinto para que todos vivamos libres como en el primer grito del hombre. La expresión simbólica de El Laberinto representa, sin duda, tanto al cerco de las coacciones que aprisionan al hombre contemporáneo, como el esfuerzo del hombre por desentrañar un destino que se le escaparía de las manos si no se convierte él mismo en el Teseo liberador de la humanidad.
El laberinto es la paradoja de la vida misma, con sus oportunidades, sus peligros y sus contradicciones, para cuyo tránsito cuenta el hombre con los escasos hilos de Ariadna. En resumen, el Laberinto ha sido construido por ese ser humano poderoso que representa a Minos, -y hay que reconocerlo- también, por nosotros mismos, que hemos convertido a la vida en un gran teatro, cuyo centro esconde la respuesta que espera que la develemos. Y la descubriremos si somos capaces de convertirnos en el nuevo Teseo del siglo XXI. Así sea.
Publicado en Los Andes.
Foto: Padilla en el Titicaca.

sábado 1 de agosto de 2009

Samuel Beckett: Letanías


al llegar la noche en que el alma

iba a serle reclamada

he aquí que al no aguantarse

la entregó una hora antes


escúchalas

sumarse

las palabras

a las palabras

sin palabra

los pasos

a los pasos

uno a

uno


imagina si esto

si un día esto

un día feliz

imagina

si un día

un día feliz esto

se acabara

imagina


las ganas cada día

de estar vivo un día más

claro que no sin el pesar

de haber nacido un día


noche que tanto haces

que imploremos el al

bapor favor noche

cae


sábado un respiro

no reír más

desde la medianoche

hasta la medianoche

no llorar


silencio como el que existió

antes ya nunca más existirá

por el murmullo desgarrado

de una palabra sin pasado

por haber dicho demasiado no pudiendo más

jurando no volver a callar


viejo ir

viejas paradas

ir

ausente

ausente

detenerse


De: Letanías, 1976 - 1978